Un día en la vida del artista

Resulta compleja la tarea de internarse en la cabeza del artista. Son seres sensibles, constantes observadores del ambiente que los rodea y cuyo talento sirve para plasmar en pintura, prosa, verso, o melodía, la realidad de la que forman parte. Su proceso de pensamiento resulta efecto de su época, revelando pasiones a flor de piel en sus títulos y estilos.  

Lo cierto es que suele saberse algo sobre sus obras, poco menos de lo deseado en cuanto a su vida personal o intimidades, que son las que terminan por definir el carácter del hombre, proporcionando relieve, dándole vida al individuo que no conocemos un poco más allá de su labor o leyenda.   

En 1888, recién terminado el bienio y tercer mandato del general Antonio Guzmán Blanco, tomó posesión del gobierno el doctor Juan Pablo Rojas Paúl, abogado, hijo de educadores, personaje que supo labrarse su camino a la cima de la política nacional a punta de estudios y esmero. Digamos que era del tipo culto, de caligrafía impecable, así como esos que apreciaba el arte y sabía distinguir entre los tres tipos de columnas de la arquitectura griega, que si ésta es del dórico, el jónico, o el corintio, y esas cosas. 

El magistrado tenía buen gusto, por no decir más. Le gustaban mucho las pinturas de un tal Cristóbal Rojas, oriundo del poblado de Cúa, en los valles del Tuy. El joven plasmaba en sus lienzos imágenes realistas, cargadas de sentimiento, en sano balance entre luces y sombras. 

Según cuenta la historia, su abuelo, José Luis Rojas, fue quien lo enseñó a delinear sus primeras figuras con carboncillo durante su infancia. En tiempos de la guerra federal lo ponía a dibujar naturalezas muertas, como canastas de fruta o edificios en ruinas. En todo momento le sirvió de crítico diciendo que podía hacerlo mejor y debía repetir el ejercicio una y mil veces, hasta que lo hiciera perfecto. Ese fue su primer maestro. 

El joven Cristóbal cursó estudios en la Universidad Central, donde se convirtió en pupilo de José Manuel Maucó, distinguido profesor de dibujo. Desde el primer instante que ingresó al aula, comenzó el personaje a escribir, o, mejor dicho, trazar su propia historia con las cerdas del pincel. 

Para entender el tema debe uno trasladarse hasta el año mencionado sin esa famosa máquina de tiempo. Se tiene que imaginar, en un parpadeo, aterrizar en la Caracas de aquella época. Entonces a eso vamos.

En diciembre las horas de luz diurna son muy pocas. Debe Rojas levantarse temprano y en plena oscuridad para poder hallarse frente al caballete de pintura a las siete y media en punto, justo cuando la claridad del día, y el brillo de los colores reflejados en el horizonte, le permitan sentirse acomodado para empuñar la paleta de pintura y sus distintas brochas. 

Siempre le ha resultado arduo pararse temprano, pues suele quedarse trabajando hasta pasada la medianoche. Por ello se levanta malhumorado, pero más que pronto se despereza, enciende una vela, abandona su cama, bebe un pocillo de café negro y se alista para la faena. Ya de madrugada se oye bulla en la calle. El pregonero del tranvía de caballos, el rebuzno de las mulas y las conversaciones entre arrieros, el paso de los obreros que gozan de la suerte de poder trabajar. Los rumores emanados de pequeños comercios abriendo sus puertas, a los que se añaden los alaridos de los primeros vendedores ambulantes. Pájaro madrugador se queda con el gusano, como reza el refrán. Él no se queda atrás. Ha llegado la hora de trabajar. 

Cristóbal viste una túnica vieja y manchada, hopalanda de paño grueso cuya tela le llega hasta los pies, uniforme de trabajo policromado que utiliza desde que comenzó a trabajar con oleos. El atuendo es cómodo, lo ayuda a preservarse del clima gélido previo a la víspera de navidad.   

Baja por las escaleras hasta el estudio, prende la lámpara de gas y la deja a media luz. Esa casa en la que vive dispone de la instalación del fluido, lujo privilegiado en el vecindario, puesto resulta sumamente caro. Son pocos los afortunados que gozan de semejante privilegio, uno que se economiza casi de modo avaro.

Aunque es artista cuyo nombre arrastra cierta fama, recuerda sus días de extrema penuria, cuando las cosas no eran como ahora. Existió una vez que antes de pensar en poner pan en la mesa tan solo se preocupaba por obtener un poco de carbón para alimentar la estufa de hierro que caldeaba sus aposentos. 

Gracias a Dios, esos tiempos quedaron atrás luego que la gente comenzara a valorar obras como “La muerte de Girardot en Bárbula”, “La Miseria”, “El violinista enfermo”, o “La primera y última comunión”. Ha conseguido un trabajo que paga unos buenos cobres. Por lo menos, los suficientes para cumplir su sueño de marcharse a París, cuna de la cultura, hogar de los pintores, escritores y músicos. 

Es por ello que, con la iluminación de esa llama azul, el pintor presenta una traza singular, la silueta de un hombre flaco vestido en traje negro sentado en un sillón del despacho. Su cabello es del mismo color que sus ropas, cejas pobladas, nariz prominente, casi aguileña, ojos oscuros y de mirada profunda, frente amplia, orejas inmensas, cara de severo que no logra disimularse detrás de sus largos bigotes afilados y chiva frondosa. En sus manos enormes se pueden observar las venas y el paso de los años, reflejando la sabiduría curtida en la piel.

Se trata del retrato que ha encomendado pintar el presidente Juan Pablo Rojas Paúl, obra que será colgada en el salón de la Casa Amarilla para rendir tributo a su nombre para siempre en la memoria del pueblo venezolano. La imagen perfecta de un personaje preocupado por el hecho que pronto le quitarán la silla. 

Jimeno Hernández
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