Editorial #672 – Occidente en su peor momento

Todo esto es producto de una mezcla de ingenuidad y complicidad 

Afganistán es el centro de la noticia mundial desde hace algunos días. Primero, debido al retorno al poder del Talibán en pocas horas después de 20 años de ocupación de Estados Unidos y la OTAN y, también, por el criminal atentado del grupo terrorista ISIS-K que dejó más de 170 víctimas fatales, de las cuales 13 eran soldados estadounidenses. 

Estos son siempre temas complejos y por eso es difícil predecir su desarrollo. Sin embargo, podemos analizar el pasado reciente para intentar comprender mejor el rumbo que podría tomar y las devastadoras consecuencias que puede tener para esos países, para esa región y, más importante aún, para el mundo entero. 

Parece mentira que, a esta altura de la historia, seamos testigos del avance desmedido de los peores grupos en el planeta. Por eso, lo que no podemos hacer es ignorar el hecho de que lo que ocurre estos días a 15.000 kilómetros de distancia, tiene implicaciones directas en nuestra forma de vida. Sobre todo, porque evidencia -una vez más- el fracaso en el que ha terminado una lucha de Occidente que comenzó hace 20 años y que tenía como objetivo darle un poco de normalidad a millones de personas. 

No se debe desconectar esta situación de otro fracaso similar, pero local: la lucha de las fuerzas democráticas en nuestro continente. El hemisferio tiene también enemigos internos, que crecen y se fortalecen alimentados por su tibieza y su indecisión. 

Cuba y Venezuela son ejemplos claros de esto. Sin embargo, el caso más reciente y contundente que demuestra las grandes fallas de los demócratas es el de Nicaragua. En pocas semanas, el régimen de Daniel Ortega ha demostrado que puede atropellar y vulnerar cualquier derecho de sus ciudadanos sin ningún tipo de consecuencias. 

Lo que más preocupa es que hoy es innegable que todo esto es producto de una mezcla de ingenuidad, por no comprender a cabalidad a qué tipo de grupos nos enfrentamos en el mundo, y de complicidad, de aquellos países y sectores que comparten nuestros valores, pero que por intereses específicos o cálculos políticos juegan en contra. 

Nadie duda del compromiso de la mayor parte de Occidente con sus valores, como la democracia, la libertad y la defensa de los derechos humanos. Sin embargo, su mayor debilidad es que no está dispuesto a pagar el costo que preservar estos valores muchas veces demanda, como sí lo están los enemigos a los que se enfrenta, que han demostrado estar decididos a dar hasta la vida por las causas por las que luchan.

Lamentablemente, hoy ya no queda ninguna duda que nos enfrentamos a un futuro mucho más incierto y complejo de lo que estamos acostumbrados, con peligrosas amenazas en la región y en el mundo, y con Occidente atravesando su peor momento. 

Miguel Velarde
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