¿Por qué perdió sus piernas el soldado Bagge?

En 2005, cuatro años después de los ataques del 11S, fui a un hospital militar en San Antonio, Texas, para lisiados de las guerras de Irak y Afganistán. Recuerdo en particular a un soldado de 19 años que había sufrido quemaduras en el 97 por ciento del cuerpo. Se llamaba Merlin y observé a través de una ventana cómo le sometían a la rutina diaria de desinfectarle el cuerpo despellejado. Una enfermera y un médico le limpiaban con algo que parecía gasa y él chilaba. Su cara era una masa gelatinosa, blanca y rosada.

No hablé con Merlin pero sí con media docena de chicos menos desafortunados. Caras desfiguradas, sin narices u orejas, pero por lo demás enteros; caras bien pero faltando un brazo, una pierna, o dos. Coincidí con Christian Bagge justo el día en el que le iban a colocar un par de piernas metálicas de última tecnología, tipo Robocop. Alto, guapo e inteligente, de 23 años, tenía a su lado a su novia, Melissa. Se habían casado nueve meses antes. Tres meses después de la boda explotó el artefacto que lo dejaría mutilado.

No estoy seguro si valió la pena el precio que pagué”, me dijo, “porque los motivos para la intervención militar de Estados Unidos en esa parte del mundo han sido confusos. Primero íbamos a capturar a Bin Laden en Afganistán; luego a Sadam Husein; y luego, la libertad. Esos pueblos no tienen las libertades y derechos que tenemos nosotros así que si tengo que escoger un motivo, escogeré la libertad. Sí, eso. Por la libertad, supongo…”.

Christian escogió mal. El tiempo no le dio la razón. Bin Laden y Sadam han muerto pero Irak, tras la retirada las tropas de guerra estadounidenses en 2011, sigue siendo un maldito caos y Afganistán, bueno, ya sabemos: la libertad de los talibanes.

Mucho se habla en la izquierda del “imperialismo yanqui”. Los yanquis son pésimos imperalistas. Carecen de la convicción que tuvieron los imperios de verdad, como los de los persas, o los romanos, o los aztecas, o los zulúes, o los españoles, o los británicos. Ellos no andaban confusos. Invadieron para quedarse y para imponer su orden, a su manera. Los estadounidenses mandan tropas a apagar fuegos y luego, como en el caso de Afganistán, se proponen hacer lo que llaman “nation-building”: construir naciones a su imagen y semejanza. El problema es que no saben cómo hacerlo y lo hacen a regañadientes, con el propósito de abandonar la tarea cuanto antes.

Si se hubieran propuesto quedarse 200 años en Afganistán quizá hubieran transformado un país que está en la Edad Media en algo que se pareciera a Arizona o Nuevo México, territorios donde emprendieron su última misión imperial seria, en el siglo XIX. Veinte años no son suficientes para aprender a corregir una de las grandes debilidades de Estados Unidos en sus relaciones con el resto del mundo: la incapacidad de comprender culturas que no son como la suya. No hay ni tiempo ni ganas y parten siempre de la idea que les meten en la cabeza allá desde una temprana edad, que el “American way of life” es el mejor concepto de vida jamás inventado.

Recuerdo lo que me decía un amigo de Boston cuando sus compatriotas invadieron Afganistán en 2001 e Irak en 2003. “Seremos los misioneros de la democracia”. La diferencia entre mi amigo y la gran mayoría de sus compatriotas es que él sabría identificar a Afganistán en un mapa. Pero el sentimiento de superioridad ─hacia Europa o América Latina u Oriente Próximo─ se detecta en todos los estratos de la sociedad.

Cuando al paternalismo congénito se agrega el imperativo de buscar soluciones rápidas y fáciles a problemas ancestrales y complejos el desastre está asegurado. La prueba más contundente del fracaso de Estados Unidos en el intento de que Afganistán avanzara 800 años en veinte fue la facilidad con la que los talibanes reconquistaron el país. Si el ejército afgano y la gente afgana hubieran realmente creído en el proyecto americano, si hubieran visto los beneficios económicos y culturales de asimilarlo, hubieran luchado a muerte para defenderlo. Una vez que los alienígenas yanquis anunciaron que se iban la mayoría decidió que, bueno, a ver como nos va con nuestros viejos conocidos.

Es verdad que muchos huyeron al aeropuerto, desesperados por escaparse a países con ideas de vida más modernas. Pero estamos hablando de representantes de una elite urbana con nociones occidentalizadas ajenas al grueso de la población. Si nos ha costado medio siglo a nosotros incorporar al día a día las ideas de igualdad gestadas por las feministas de los años sesenta ¿cuánto se tardará en un país donde la norma es el feudalismo de tiempos del Cid Campeador?

Por tanto, otra pregunta: ¿Christian Bagge podrá aferrarse a algo como consuelo para la pérdida de sus piernas? Eso depende de cómo evolucione Afganistán y lo más probable es que no haya consuelo, que el país se hundirá en más caos, corrupción y sangre.

Bagge me dijo que era optimista por naturaleza y que iba a procurar seguir siéndolo. Bueno, si existe una rendija para el optimismo el escenario sería el siguiente: que tras 20 años en las cuevas los viejos líderes talibanes aspiren a la estabilidad y la paz; que destruyan el enclave del Estado Islámico en su país; que estén dispuestos a hacer ciertas concesiones a la modernidad, como quizá permitir a las niñas y a las mujeres cierto acceso a la educación y que, a cambio, reciban apoyo diplomático y dinero del Fondo Monetario Internacional.

Poco a poco los afganos y las afganas podrían llegar a ser menos pobres y vivir vidas más dignas. Pero libertad como la entiende el soldado Bagge, no. Él morirá antes de verlo. La lección más útil que podrían aprender Bagge y sus compatriotas es la de los imperialistas británicos cuando retiraron sus tropas de ocupación de Afganistán en 1880. Cuanto más lejos estemos, dijo el general derrotado, más nos querrán.

Fuente: Clarin

JOHN CARLIN
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