El regreso a la patria

Un claro atardecer del año 1825, la incandescente luz del despejado cielo azul delineó la sombra de un personaje flaco alto y flaco, que ligero de equipaje como cualquier náufrago, desembarcó en La Guaira. Lo único que cargaba consigo era el merecimiento del estudiante, su bondad, sabiduría y un título universitario enrollado bajo un brazo. 

El joven viajero regresaba al terruño que lo vio nacer, criarse y crecer hasta convertirse en mozo. Venía de conocer las ciudades más importantes de Europa y Norteamérica, luego de cursar estudios como médico cirujano en Edimburgo y Londres. El episodio fue momento emocionante. Cayó en cuenta de ello al resbalarle una lágrima de felicidad. Esta le atravesó una mejilla al instante de contemplar desde la borda del navío el horizonte de sus amores. Regresaba a la patria después de una década de ausencia. Zarpó al extranjero poco luego del terremoto de 1812, perdiéndose la guerra que separó lazos con España y parió la república de Colombia, proceso político que, de buenas a primeras, le plegó cambios perceptibles al comparar el pueblo abandonado con el que se topaba.

Apenas al plantar pie en tierra, se paseó lento a lo largo del malecón, sintiendo el arrullo del viento, escuchando el susurro del mar, observando el vuelo de los alcatraces en la costa. Paso a paso, intentaba recordar los rostros de sus familiares y amigos. Tanto tiempo distanciado había borrado en la memoria esas caras que añoró todas esas jornadas desde la lejanía. 

Así llegó andando a su pueblo natal, uno que le parecía distinto de algún modo, aunque igualito al de antes. Aquel sitio no había cambiado en nada. Los engranajes del reloj parecieron detenerse al instante del sismo y su partida. Las moles de los edificios desquiciados continuaban adornando el panorama, pero sin las nubes incandescentes de polvo levantadas al instante de su colapso, al son de rezos y alaridos de las víctimas, implorando por un milagro para salvarse. 

Las placas de los templos se vinieron abajo con el temblor, aplastando a los fieles que se presentaron a la misa de ese funesto Jueves Santo en horas del mediodía, agravando en gran medida la catástrofe y desasosiego entre la población, puesto que los pastores eclesiásticos fueron los primeros en alegar que aquello se trataba de un castigo divino. 

Recordaba todo el episodio como si hubiese sucedido ayer.  Los gritos clamando por ayuda de aquellas almas que agonizaban bajo los escombros, mientras el escaso número de ilesos huía despavorido por senderos que daban hasta las playas. Cuando comenzó a sacudirse el suelo, el espanto, y peligro mezclado con el sentimiento de confusión, se disipó su camino para descubrir la aptitud que devengaría en su eterna vocación.   

Fue de los primeros en hallar valor de espíritu para remover piedras entre los escombros, sacar en sus brazos a las víctimas, organizar dispensarios de emergencia, remediar a los contusos, sanar heridos, contabilizar fallecidos y, como buen católico, velar que a todos los difuntos se les diera santa sepultura. De noche, de día, bajo el sol y la lluvia, calor y frío, prestó esfuerzos, desvelándose por preservar vidas. Esa era su pasión.       

Frescos estaban aún los estragos del movimiento telúrico, así como los de la revolución emancipadora. La huella viva del sacrificio, el duelo reciente en la intimidad de los hogares, o en el frente de las antiguas murallas, testigos y escenarios de las ejecuciones, todavía salpicadas de sangre y metralla. 

Observar el hogar con la distancia concedida por el tiempo lo impactó de sobremanera, hasta el punto de una terrible angustia. Marchaba solemne, abstraído en el luto de sus pensamientos que circulaban bajo el sombrero. Comparando aquel escenario primitivo con las grandes ciudades conocidas durante su periplo. 

Mientras alcanzaba una esquina de la plaza lo reconoció una vieja.  

-¿Será él?… Se parece y todo.-

La mulata fue la voz que puso a rodar la palabra que unos cuantos vecinos comenzaron a transmitir fervorosamente. Canto que resultó en conjuro congregando gente en los callejones para saludarlo, estrechar su mano y ofrecer sus respetos. Dulce bienvenida para pasar el trago amargo del destierro. 

Serio, siempre parco, como quien no sabe sonreír, daba las gracias por tan cálido recibimiento a todo quien lo saludaba o se le acercaba para conversar. Se trata de la innata modestia del hombre que rechaza alabanza y tiene arraigado en su alma y corazón el sentido de la misión social que a todos nos incumbe satisfacer. Que no es otra más que desarrollar las facultades del individuo, o hacer que halle una labor que lo entusiasme y llene su alma, encausando su camino por la búsqueda de aportar un bien a su comunidad.

Los buenos guerreros no escaseaban en esa época, pero, en cambio, el retraso de la ciencia y la moral requerían librar batallas de otro tipo, actividades en el área del conocimiento que resultaban de incalculable alcance y valor en el tiempo.  

Fue por eso que aquellos dichosos que tuvieron el placer de ganarse un segundo de su tiempo para darle la mano, o sacarle unas palabras, decían con orgullo.

-Ese es el doctor José María Vargas.-

Jimeno Hernández
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