La envidia de Vladimir el Pequeño

Podríamos estar peor. Podría estar Trump en la Casa Blanca y tendríamos a dos locos en vez de uno al mando de los cohetes del apocalipsis. Quizá sea una herejía buscar el lado menos malo de la vida mientras el anticristo crucifica a Ucrania, pero hay más. Bueno, una cosa más, una cosa por la que los ciudadanos de los países democráticos deberíamos dar las gracias diez veces al día: no tuvimos la mala suerte de haber nacido en Rusia.

Nos hemos pasado la edad de las redes sociales quejándonos de lo mediocres, frívolos e irresponsables que son nuestros políticos, de lo desgastada que está la democracia. No me excluyo, en absoluto. Pero, la verdad, visto lo visto en estos días de sangre y fuego: ¡qué lujo vivir en un país como España, o Japón, o Estados Unidos o, sí, Argentina en el que pese a tantas frustraciones podemos decir lo que nos dé la santa gana de los gobernantes y gozamos del derecho de sacarlos del poder si nos disgustan!

Por historia, cultura y situación geográfica Rusia podría haber sido uno de los nuestros. Vean el caso de Estonia, parte de Rusia durante dos siglos hasta 1918, parte de la Unión Soviética hasta la independencia en 1990. Hoy es miembro de la Unión Europea, es tan democrático como Francia y tiene un PIB por habitante dos veces y medio mayor que el de Rusia. En tres décadas Estonia se ha convertido en un país plenamente europeo, haciendo realidad el sueño fracasado ruso desde tiempos del zar Pedro el Grande, a principios del siglo XVIII.

Hubo un avance en Rusia en 1861 cuando abolieron la esclavitud, pero los zares siguieron en el poder medio siglo más. Tuvieron su oportunidad con la revolución de 1917, y otra vez, con mayores posibilidades, tras la caída del muro de Berlín. ¿Pero hoy qué? Marcha atrás a la Unión Soviética: Rusia se ha vuelto a convertir en un gulag del que la gente no puede salir, donde la libre expresión se penaliza con cárcel.

Su líder concentra el mismo poder en sus manos que Stalin, pero no es el genocida soviético con quien el dictador actual se quiere comparar. Su ídolo es Pedro el Grande, como confesó en una entrevista con el Financial Times en 2019. “Vivirá mientras su causa siga viva”, declaró Putin.

Pedro el Grande hizo una gira por Europa occidental para aprender cómo modernizar su país. Pero esta no es la causa con la que Putin prefiere asociarle. Tuvo otra causa más eficaz: la expansión del territorio ruso. Durante los 43 años que Pedro el Grande permaneció en el poder conquistó tierras desde Finlandia al norte hasta el Mar Negro, incluyendo lo que hoy es Ucrania, al sur. Hoy Putin aspira a imitar su legado.

Hay dos tipos de envidia. La sana y la mala. La sana es la que ve a un competidor superior y, a base de esfuerzo, intenta emularlo. La mala es la que responde al éxito del otro con el deseo de romperle las piernas. La envidia de Putin es la segunda. Pena para Rusia que no fue la primera. Mala suerte que les haya tocado Putin. Mala suerte para el mundo entero que Putin nació.

Fue lo que llamaron en su día “un bebé milagro”. Su padre era un lisiado de guerra y su madre tenía más de 40 años cuando Vladimir emergió de su vientre en Leningrado en 1952. La ciudad aún se recuperaba del asedio nazi que mató de hambre a un millón de personas. La madre, raquítica, apenas sobrevivió; el que hubiera sido su hermano mayor, no.

Casi medio siglo después fue por una sucesión de casualidades que un tipo tan poco carismático como Putin, un gris agente de la KGB, llegó a ser el elegido del borracho Boris Yeltsin. Otro día, quizá con menos vodkas en la barriga, el primer presidente ruso post soviético hubiese elegido a otro como sucesor, posiblemente alguien cuya prioridad hubiera sido la paz y la prosperidad y no, como Putin, remilitarizar el país, apostarlo todo a la fuerza de la jungla.

Las antiguas ansias rusas de aspirar a la modernidad de Occidente se vieron con burda desnudez en 1990 cuando se abrió el primer restaurante McDonald’s en Moscú. Más de 30.000 personas hicieron cola, emergiendo horas después hamburguesas en mano como si hubiesen vaciado las minas del rey Salomón. Un país con tanta gente de altísimo nivel educativo, con tan grandes figuras históricas en la ciencia y la literatura, tenía más que abundante potencial para convertirse rápidamente en una potencia económica mundial, o al menos para duplicar su PIB, como la vecina Estonia.

Pero no. ¿Hay alguna marca internacional rusa remotamente tan conocida como McDonald’s? Ninguna. Las marcas rusas más reconocibles son las de los venenos que utiliza Putin para asesinar a sus enemigos, polonio y Novichok.

¿Tendrá Rusia otra oportunidad de pasar de ser un país fallido a uno en el que sus ciudadanos puedan sentirse orgullosos de algo más que su poderío destructivo? El día en el que se vaya el criminal que los ha sumergido en la miseria económica y moral, quizá. Sigue en el poder 22 años después debido a la mano de hierro con la que controla la población pero también -no hay que exculpar a los súbditos- porque encarna sentimientos de envidia y resentimiento que demasiados comparten.

Como Donald Trump, con la diferencia de que en Estados Unidos hay libertad de expresión y elecciones libres, Putin apela a lo peor de la naturaleza humana. El resultado es un pueblo moralmente castrado y un desperdicio terrible del talento que posee Rusia, un país cuya grandeza se podría medir en sus aportaciones a la humanidad en vez de su afán medieval de conquista.

Rusia sigue desfilando a ciegas al compás de un hombre fuerte. Eso no cambiará de un día al otro. Pero con suerte el sucesor de Putin sea un hombre fuerte de verdad, sin complejos, capaz de conducirlos hacia la tierra prometida con la que soñaba Pedro el Grande. Vladimir el Pequeño está condenado a que su legado sea la ruina, la vergüenza y la más pura maldad.

Fuente: Clarin

John Carlin
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