La melodiosa historia del padre Sojo

Pedro Ramón Palacios y Sojo, mejor conocido como el padre Sojo, nació en Santa Cruz de Paicarigua en 1739. Desde temprana edad dio incesantes demostraciones de entusiasta cultivador de campo, amante de la naturaleza, e inclinación por el sacerdocio. A los veintitrés años de edad, el mozo solicitó del Provisor y Vicario General, Licenciado Presbítero don Lorenzo José Fernández de León, autorización para iniciar su carrera eclesiástica. 

En su petición declara: -Pretendo para más bien servir a Dios Nuestro Señor según el Estado Eclesiástico a lo que me hallo inclinado con fervorosos deseos que me asisten para su profesión hasta el sacerdocio, y para dar principio a ello se ha de servir Vuestra Señoría concederme licencia para vestir hábitos clericales, para lo cual y necesitando justificar mi legitimidad, limpieza de sangre, buena vida y costumbres, ruego se admita mi información que ofrezco y mandar que los testigos que presentare digan lo que supieren y le contestaren sobre lo referido.-

Los testigos elegidos fueron tres presbíteros, Lorenzo Blanco de Herrera, Francisco Chacón, y Francisco de Ponte y Monasterios. Todos manifestaron que Pedro Ramón era hijo legítimo y, por lo que, a limpieza de sangre, buena vida y costumbres se refiere, certificaron, de acuerdo con la fórmula usual en tales casos, que sus antepasados han sido y son personas blancas, limpias de toda mala raza de judíos, mulatos, negros, nuevos convertidos a la Santa Fe Católica, ni penitenciados por el Santo Tribunal de la Inquisición. Eran personas de la mayor distinción en esta ciudad que desempeñaron empleos honoríficos, tanto en lo político, como en lo militar.

Ingresó en el Colegio Real y Seminario de Santa Rosa para cursar Prima de Sagrados Cánones, cuyo catedrático era el doctor Francisco Ibarra, Rector de la Universidad. No aspiró alcanzar doctorado en ninguna materia. Siempre fue contrario al encierro y perder tiempo discurriendo sobre divinas y humanas ciencias. El silencio, soledad conventual, rigor de las reglas, y excesiva disciplina, eran factores que no cuadraban con un temperamento emotivo como el suyo, siempre dinámico, a veces hasta impulsivo.

Viajó a Roma y a los pocos años de su ordenación sacerdotal, fundó en Caracas la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri, satisfaciendo necesidad colectiva de orden espiritual en una ciudad tan devotamente entregada a la vida religiosa. Con ello lograría también hallar un ambiente adecuado y medio propicio para desarrollar devota y libremente los rasgos más originales de su personalidad.

Sojo se enamoró de la teoría del santo y su orden, cuya característica principal era la libertad. Sacerdotes y seglares oratorianos no estaban atados por ningún voto o promesa que implicase compromiso distinto a llevar una vida moderada, de buenas costumbres, honesta disciplina, haciendo uso modesto y virtuoso de las cosas de este mundo en aras de caminar al fin eterno por las sendas de Dios. 

Lo que realmente embelesó al padre Sojo del sistema de la congregación del oratorio, era que al final del día, terminados los discursos y la misa, se cantaba, puesto San Felipe Neri consideró siempre la música como vehículo eficaz de propagación religiosa, predicando el evangelio no estaba reñido con la cultura ni las artes, por el contrario, las hacía más gozosas y accesibles. 

Bajo estos preceptos el padre Sojo inició trabajos de construcción del Oratorio de San Felipe Neri en Caracas. Él mismo se encargo de trazar los planos de la edificación, dotada de una capilla, refectorio, habitaciones para los congregantes y el huerto. El padre Sojo interrumpió su participación en la dirección y vigilancia de los trabajos en 1764, cuando estalló una epidemia de viruela que lo obligó a retirarse al campo. En el pueblo de Nuestra Señora de Copacabana de los Guarenas, encomendó al doctor José Gabriel Lindo, colega ilustrado, todo aspecto relativo a la dirección y administración de la obra.

Durante la temporada calamitosa del brote de pústula, Lindo estuvo cercano a sacrificar su vida y caudal de rentas patrimoniales empeñado en cimentar el bendito edificio, sin impedirle la faena seguir cumpliendo, de modo abnegado, con los deberes caritativos y de asistencia al prójimo impuestos por su ministerio.

En diciembre de 1771, una semana antes de navidad, Monseñor Mariano Martí erigió canónicamente la congregación, cristalizando el sueño del padre Sojo al inaugurar el Oratorio de San Felipe Neri, recinto donde se dedicó, además de ejecutar sus cristianas labores, al cultivo de la música sacra, dándole uso a las adquisiciones realizadas en su peregrinaje a Roma, un buen archivo de partituras, textos de enseñanza de teoría y solfeo, instrumentos de cuerda y los primeros metales de viento que se conocieron en Caracas. 

En una de sus propiedades llamada “La Floresta”, ubicada en el pequeño pueblo de Chacao, fundó en 1784 una escuela de música, dirigida por él y Juan Manuel Olivares, institución en la cual pasaron a estudiar músicos de gran envergadura de finales del siglo XVIII como José Ángel Lamas, Lino Gallardo, Juan Meserón, Anastasio Bello, Cayetano Carreño, Mateo Villalobos, Pedro Pereira, Dionisio Montero y Juan José Landaeta, compositor de la melodía del Himno Nacional.

Por la misma época que el padre Sojo instaló la escuela en “La Floresta”, llegaron a Caracas dos naturalistas austriacos apellidados Bredemeyer y Schultz, comisionados por el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, José II, para realizar estudios científicos en la región. Provenientes de Viena, hogar de Joseph Haydn y Wolfgang Amadeus Mozart, compositores que deleitaban al resto de Europa con sus sinfonías, eran, por supuesto, amantes de la buena música.

Por ello los extranjeros fueron invitados a pasear por las haciendas de Chacao, cuyos propietarios eran don Bartolomé Blandín, el padre Sojo y el padre José Antonio Mohedano, primer visionario en introducir la siembra del café en el valle frente al Ávila.

Además de admirar las hermosas plantaciones de cafeto, los austriacos disfrutaron al enterarse que, en medio de aquella bien cultivada campiña, un grupo de aficionados se dedicaba, colmado de entusiasmo, a tocar conciertos, día y noche, bajo la sombra de los cafetales. Les parecía milagroso el hecho que en tan apartado rincón del globo pudiesen encontrar jóvenes con verdadero talento musical y tan afanosamente dedicados al divino arte. 

Agradecidos, prometieron interceder ante su monarca para que éste enviase nuevas partituras de Bach, Haydn, Mozart y algunos instrumentos. El envío del material sirvió como galante y útil gesto, modo de retribuir las numerosas atenciones recibidas durante su estadía en la Capitanía General de Venezuela. Se trataba de una muestra de cuan apreciable fueron para ellos las tareas filarmónicas realizadas por el padre Sojo, sus hermanos neristas y el grupo de músicos colaboradores, integrado por blancos, pardos y mulatos. Esa donación incrementó la calidad de las ejecuciones musicales en los templos caraqueños.

La fundación del oratorio y escuela de música dio inicio a los estudios organizados de esta expresión artística en Venezuela. Por ello el nombre del padre Sojo ocupa uno de los podios más altos y llenos de gloria. Es sinónimo de cultura, gracias a su labor invaluable, una que quizás no tenga comparación en nuestra historia. Todo una sinfonía.  

Jimeno Hernández
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