Diario de un bebé milagro

24 de febrero: Mamá, soy Vladímir. Decidí escribir un diario y dirigírtelo a vos, allá en el cielo. Hoy he ordenado la invasión de Ucrania. En público digo que es una “operación especial militar” pero el propósito es que te sientas orgullosa de mí y recuperemos la Rusia Grande de la que me hablabas con papá en aquel piso que compartíamos con dos familias más en Leningrado. Yo ya soy grande, muy grande: tengo palacios y yates y una mesa de mármol muy, muy larga y miles de millones de rublos; todo el mundo tiembla en mi presencia, soy el hombre más temido de la Tierra. Nunca te lo hubieras imaginado, ¿verdad? Debés pensar en aquel chico petisito y malnutrido que llegaba a casa llorando tras las palizas que le daban los grandotes, que sacaba las peores notas de la clase, que se vengaba de sus humillaciones matando ratas en los escombros de la ciudad que los nazis destrozaron…y, ya no: hoy soy el padre, el monarca absoluto de la patria. He enviado 200.000 tropas al otro lado de la frontera sur. En tres días tomaremos Kyiv, mataremos a su presidente nazi judío y Ucrania será mía, mamá.

2 de marzo: Esto está tardando un poco más de lo previsto, gracias a los imbéciles de la FSB. Me aseguraron que los ucranianos nos recibirían con flores. Los míos me mienten. Tengo que ver la prensa extranjera para enterarme de lo que está pasando. Leo que mis tropas alrededor de Kyiv se estancan, que mis soldados se rinden y lloran frente a las cámaras. ¡Ya verán cuando vuelvan a casa! Pero no te preocupés. Tengo un Plan B: bombardear las ciudades hasta que el judío y su gente pierdan todo deseo de resistir. Nuestros misiles están aniquilando la ciudad de Mariúpol, venganza contra los nazis por lo que te hicieron a vos en el asedio de Leningrado, mamá. El decrépito presidente de Estados Unidos chilla y él y sus esbirros europeos nos imponen sanciones pero los cobardes no entran en combate, y no lo harán porque les he dicho que destruiría el mundo. ¿Qué me importa que se vayan los McDonald’s y los Pizza Hut? Los rusos lo soportamos todo. Vos comías perros y gatos durante la guerra, mamá. Por mí, por la patria, la gente los volverá a comer, feliz. Fui un bebé milagro, vos siempre lo decías, porque no se entiende cómo no te moriste de hambre durante la guerra, porque nací cuando tenías más de 40 años. Ahora lo vemos: mi destino lo decidió Dios.

11 de marzo: Veo en la BBC que Occidente sueña con que alguien de mi entorno me mate. No te aflijas mamá. Soy el héroe de la patria, los medios rusos no dejan de repetirlo. Pero hay los que me envidian y por eso no permito que nadie se me acerque. Los pongo a todos al otro extremo de mi supermesa, hasta a mi inútil ministro de Defensa. El té que estoy tomando ahora lo probó antes mi mayordomo. La pena, te diré, es que mis soldados sean unos cagones. Masacrar a niños y ancianos desde el aire tiene su valor estratégico, claro. Mirá los millones de ucranianos que han huido de su país y el problema que le van a causar a los europeos: ¡un bonus inesperado! Pero para ganar hay que tomar las ciudades con la infantería. Por eso he contratado a mercenarios chechenos y sirios. Ellos no tienen ni miedo ni piedad.

18 de marzo: Ucrania es solo el comienzo. Luego Moldava, Rumanía, Polonia, Estonia y, ¿por qué no? Alemania, o Alemania del Este, hasta que recreemos el imperio del siglo XX, el glorioso bloque soviético que serví con tanto honor. Hablé con el patriarca Kirill, el líder de nuestra Iglesia Ortodoxa Rusa. Fuimos amigos cuando los dos trabajamos para la KGB. Le confesé algo que me sorprende de mí mismo: tengo pesadillas de noche, imágenes de los 135 niños que las Naciones Unidas dice que hemos matado. Él me tranquilizó, mamá, me bendijo. Me aseguró que iría al cielo, no al infierno. Me recordó que la causa es noble y sagrada. Me repitió lo que había dicho en su sermón del domingo. Que la muerte de los niños era un precio que se había que pagar para acabar con el pecado occidental de la homosexualidad.

25 de marzo: Biden declara que soy un criminal de guerra. Los europeos dicen que me van a juzgar en La Haya. Han hundido a unos de mis barcos de guerra, mis mercenarios rodean Kyiv pero no avanzan, han muerto 10.000 de mis soldados y cinco de mis generales, y ahora leo en el New York Times que varios de los que siguen en combate y otros que están retirados dicen que esta guerra no tiene ningún sentido y que, además, no la podemos ganar. Mi gente de la FSB, los que no metí presos todavía, me dice todo lo contrario. ¿A quién creer? Te confieso, mamá, que confío más en la prensa extranjera. La nuestra no sirve para nada, ya me encargué de eso, porque si los rusos se enteran de lo que se está haciendo en su nombre y pierden su fe en mí y pierden el miedo que me sienten y no aguantan el hambre… ¡Mamá, me hago el duro, pero tengo miedo, mamá! He vuelto a ver esos videos del linchamiento de Gadafi que tanto me hipnotizaban hace unos años. Recuerdo como si fuera ayer aquella vez cuando tenía ocho años que una rata arrinconada se me lanzó a la cara…¡Sí, claro! Eso es lo que me queda. Plan C: la opción nuclear. Esa es mi última línea de defensa y el motivo por el que soy invencible. Entonces, ¿por qué siento miedo? Sé por qué. Porque la historia rusa demuestra que todo puede cambiar de un momento a otro…la caída del zar, la caída del Muro…y porque no confío en nadie. No tengo amigos. Los que me rodean me temen pero no me quieren.

Tengo otra pesadilla, mamá, la más inconfesable, pero te la cuento a vos, solo a vos. Que doy la orden de disparar los misiles nucleares y los generales no me obedecen. Y ahí se acaba todo. Ahí sí que me linchan. ¿Es una locura pensarlo, mamá? ¿O seré yo el loco? ¿Será todo esto un gigantesco delirio? ¡Ayudame, mamá! Ya no lo sé…

Fuente: Clarin

John Carlin
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