El plan frustrado

Como si de una obra de teatro se tratase, aparece, en el centro de una escena oscura, un camastro de paja en un diminuto calabozo, iluminado por la tenue luz de un par de velas derretidas. El prisionero que debe ocupar la celda, un viejo de cabellera larga, nevada y revuelta, vestido con raído uniforme militar, brilla por su ausencia en escena. Entre la sombra impenetrable surgen distintas voces de centinelas, sobreponiéndose a la sordina ocasionada por las olas y su impacto contra las rocas oscuras del castillo.

Un carcelero, llevando un farol y aro de llaves se percata que la celda está vacía. -¡Alerta!… ¡Alerta!… ¡Alerta!- pregona, e inicia el ajetreo en la prisión de las Cuatro Torres del Arsenal de La Carraca. 

En las garitas se asoman los custodios de aquellos presos de alta peligrosidad confinados entre sus muros. Uno de los reclusos se ha fugado, informa, con su característico e inconfundible acento gaditano, a uno de sus colegas. Pobre infeliz, de aquí no escapan sino almas de los muertos, y sus cuerpos a la fosa común. 

No muy lejos de la costa, una fragata inglesa aguarda por el afamado reo. Su capitán tiene como orden, apenas al tenerlo abordo, zarpar en dirección al Caribe, buscando hacer una parada en Margarita y luego desembarcar en La Guaira, donde el generalísimo piensa retomar funciones como líder de la revolución y ejecutar al traidor Simón Bolívar, mocito insolente que perdió el castillo de Puerto Cabello y luego lo entregó a las autoridades reales en manos del capitán Domingo de Monteverde, a cambio de un pasaporte para salvar el pescuezo. 

Igual que todo sabio, debate sus ideas. Por qué llevar al patíbulo a un joven talentoso, enamorado del movimiento emancipador, dueño de inmenso bolsillo. Tal vez se arrepienta al verlo regresar y preste pleitesía, poniéndose a sus ordenes.  Mejor tener al muchacho de amigo que de enemigo. Pero, de no acatar su autoridad piensa colgarlo entre los tres palos. Muerto el perro se acaba la rabia, como dicen.  

Minutos antes que comenzara el griterío de los carceleros, Pedro Morán, criado de Francisco de Miranda, dialogaba con uno de ellos, sobornándolo con promesas de fortuna y pasaje al nuevo mundo. Nadie puede escucharnos, nadie quiere oírnos. Entre estas murallas no hay quien advierta un sonido. Las paredes son de piedra gruesa, podemos gritar y no sucedería nada. Ni alaridos de los torturados, el rezo de agonizantes, el graznar de gaviotas ni e rumor del océano, son suficiente escándalo para interrumpir el sueño de los guardias a estas horas.   

Al fin, después de tanta charla, pudo convencerlo de abrir la puerta del calabozo. Ponte delante y guíanos, ordenó el general, entusiasmado, presto para otra de sus acciones capaces de agigantar su leyenda. Por pasajes sin puertas, rondas desguarnecidas, esquinas oscuras, huecos sin rejas, se movieron sigilosos. Cada vez que el vigilante intentaba explicar los vericuetos por los cuales conducía, rogaba silencio, llevándose el índice a los labios. Calla y guíanos. Esta es la noche, esta es la hora, el barco nos espera, susurraba el cautivo. 

De pronto, el centinela se rebeló. Cuando volvió a pronunciar palabra, y, en vez del gesto del dedo, recibió de modo antipático la respuesta: -Calla carcelero y guíanos.- montó en cólera y le importó un pepino alertar el escape. Se hallaban en una posición del recinto donde podían arrinconarlos fácilmente. Apuntando al general con su pistola y desenvainando la espada, volviendo la vista hacía el criado, luego de observarlos de pies a cabeza, amenazante, pegó silbido canario a todo pulmón, eco que retumbó entre los muros rocosos en el único punto donde podía escucharse sobre rumores ocasionados por la brisa costera, el mar y las aves. 

El bando de alerta, o el pitido, mejor dicho, fue seguido por una serie de palabras por parte del carcelero. Algunas que para entonces podían considerarse como epítetos bastante groseros en el idioma castellano.

Insurgente, masón, libertino, afrancesado, británico, judas, parece un pirata con esa argolla dorada en la oreja. Después de vestir la casaca del ejército de su majestad se unió a los gabachos con su revolución cuando invadieron España, ahora es aliado de los malditos ingleses. Todos le conocen en Indias como un rebelde contra el Rey, Nuestro Señor. Yo no creo sus mentiras. Además, quién es usted para mandarme.

-Calla. Esta es mi última noche en prisión.- 

No mi señor, esta es la última noche en su vida si no cierra la boca. El reo, al percatarse había caído en la trampa del ratón, sin importar escucharan sus gritos al otro lado del océano, estalló en respuesta frenética. 

-¿No sabes quién soy yo?… Cómo vas a saberlo. Eres un simple carcelero, no lo saben las piedras del castillo, no lo sabe el alcaide, tampoco los guardias o el monarca, menos tú. Ignaro. Soy dueño del más grande de los destinos.-   

Traficante, general de Francia, coronel de Rusia, emigrado a Londres, conspirador, filibustero. Eso es usted, un insidioso fracasado. De aquí escapará con vida sobre mi cadáver. Esta no es su fuga, será su muerte de no obedecerme.

No puede ser, no tenemos sino este momento para salvarnos, murmuró frustrado a Morán. El pulso comenzó a temblarle de la rabia. Todavía faltan pasos por dar, tropas por comandar, batallas que pelear, párrafos por escribir, libros que leer, pensó melancólico Miranda, mientras un enjambre de guardias lo rodeaba por cuatro costados.

Ese plan frustrado sería su último, estaba vencido. La muerte lo hallaría al poco tiempo, encerrado en su mazmorra de La Carraca.  

Jimeno Hernández
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