Sambilódromo

Catorce años atrás la expropiación del Centro Comercial Sambil de La Candelaria fue un importante hecho noticioso,  como ocurre hoy en la ciudad capital por su devolución. Dada la cuantiosa inversión en el inmueble al que sólo faltó inaugurar, por entonces,  levantamos una polémica que tendió a banalizar muchas de las circunstancias de una construcción colosal para un sector de tan alta densidad poblacional y con una evidente precariedad en la prestación y calidad de los servicios públicos: por ejemplo, quedó en el olvido que la obra contaba con los permisos correspondientes y, si de irregularidades se trataba, el asunto debió empezar por averiguar a las autoridades públicas no menos correspondientes. 

Sentimos que serán pocos los días en los que se hablará de la devolución del inmenso palacio comercial, al parecer, en la más completa ruindad interior que sugiere otra enorme inversión para la ciudad zamuro del socialismo en marcha.  Luce demasiado obvia una expropiación inútil, ociosa como caprichosa, importando poco que haya cumplido con los extremos legales al infringir el Estado tantos daños y perjuicios para quienes dejaron los ahorros y sus maneras de andar en los locales.

Lo peor es que muchos saludan esa devolución como una señal de rectificación, pasando por alto que la propiedad privada en Venezuela es uno de los derechos más vulnerados. Las consabidas invasiones continúan a través de modalidades más sofisticadas, afectando al más modesto propietario que la engañifa oficialista lo supone y sólo lo supone, exceptuado.

Siendo numerosos y amplios, los centros comerciales de nuestros más importantes referentes urbanos lucen incapaces de sobrevivir a una economía tan artificial como la nuestra. Somalizado el país, las excepciones suelen levantar legítimas sospechas frente a las reglas de un país descomunalmente empobrecido. 

En todo caso, esa devolución es parte del esfuerzo propagandístico en el que está empeñado el régimen para crear la falsa ilusión de una mejoría, permitiéndonos medir hasta dónde es capaz de llegar el cinismo. Valga acotar, es lo que ha acostumbrado a las puertas de cada elección en la que se ha enfrascado en el XXI, nuevamente pegado contra la pared – esta vez – gracias a los acontecimientos internacionales que no logra evadir.

Luis Barragan
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