La mentira es la verdad

“El espíritu de Rusia es el espíritu del cinismo”. “El inerradicable, casi sublime desdén por la verdad del funcionario ruso”. Estas dos joyas son del escritor polaco Joseph Conrad. Aparecen en una novela llamada ‘Bajo la mirada de Occidente’ cuyo escenario es San Petersburgo, la ciudad de Vladímir Putin.

Pero este no es el dato relevante. El dato relevante es que Conrad escribió estas palabras en 1910 y siguen igual de vigentes hoy. Esté el zar en el poder, esté el comunismo, esté el Putinismo, la consigna es la misma: miento ergo sum.

Las mentiras de Putin y su gente no son las mentiras de Donald Trump. En este sentido Trump tiene razón cuando dice que Putin es “un genio”. En comparación, Trump es un bebé que da pataditas en una silla alta, mete los puños en la papilla y, con una carcajada, tira el plato al suelo. Se comporta según su naturaleza infantil. Carece de la madurez necesaria para ser un cínico profesional. Y afortunadamente hay adultos en la habitación; se llaman jueces.

Putin, juez y verdugo único en su país, es lo que Trump quiere ser cuando sea mayor. Tan frío en su casi sublime cinismo, tan calculado, que sus mentiras son de una precisión geométrica, 180 grados al otro extremo de la verdad. Y, como leí esta semana en un artículo del Financial Times, sus secuaces están en perfecta armonía con él.

El periodista Gideon Rachman cuenta que durante los primeros años del reino de Putin conoció en el Kremlin a Dmitry Peskov, hoy su secretario de prensa.

El salvapantallas en la computadora de Peskov lucía una serie de citas en permanente rotación, todas extraídas de la novela ‘1984’ de George Orwell. Entre ellas, «Guerra es paz» y «Libertad es esclavitud». «1984» imagina una sociedad vigilada por «el Gran Hermano» y presidida por el «Ministerio de la Verdad», un organismo dedicado a atontar a la población para mantenerla bajo control.

La pesadilla orwelliana ya existía en la Rusia comunista de Stalin ─fue la inspiración del autor cuando escribió el libro en 1948-y sigue existiendo hoy en la Rusia fascista de Putin. Existen ejemplos para llenar otro libro, en este caso de no ficción.

Limitémonos a la guerra de Ucrania, que no olvidemos no es una “guerra”, según Putin, sino “una operación especial militar” (broma que está dando vueltas por internet: el libro de Tolstoi habrá que renombrarlo “Operación especial militar y paz”).

Primero, antes de que las tropas cruzaran la frontera Estados Unidos advirtió que Rusia estaba a punto de invadir.El ministerio de la verdad de Putin no solo lo negó, sino que se mofó de Washington. Una portavoz del Kremlin pidió entre risas que le informaran de la fecha exacta “para así poder planear mis vacaciones”.

Segundo, que Ucrania no es “un país real”, es parte de Rusia. Tercero, cuando se inició el ataque el 24 de febrero, Putin anunció que sus tropas iban en una misión de paz. Cuarto, que la operación era necesaria para frenar la amenaza de una invasión de la OTAN, organismo al que Ucrania no pertenece. Quinto, que el propósito era “desnazificar” Ucrania, cuyo parlamento electo tiene un porcentaje de representantes de la extrema derecha (1,6%), más bajo que España o Francia. Sexto, las ejecuciones de civiles en la ciudad de Bucha, al norte de Kyiv, no ocurrieron; fue todo “un montaje”.

Las mentiras son tan burdas ─norte es sur, el sol sale por el oeste─ que darían risa si no hubiese tanto horror de por medio. Tengo un amigo en Estados Unidos que ha estado correspondiendo hace un par de semanas con una mujer rusa, residente en Moscú, víctima perfecta de lo que Orwell llama “control de pensamiento”. Tatiana tiene 57 años, es culta y trabaja de traductora.

En un mail enviado el lunes en perfecto inglés comenzó repitiendo a mi amigo la justificación putiniana de que “los ucranianos veneran el nazismo” y Rusia se ha embarcada en una noble tarea de “purificación». Y luego, esto: “En cuanto a la provocación en Bucha, es un caso escandaloso de fake news. El ejército ruso abandonó la ciudad hace cuatro días. El día siguiente llegaron las tropas ucranianas y comenzaron a ‘limpiar’ el territorio… Estos residentes de Bucha se convirtieron en las víctimas de la SBU (Servicio de Seguridad Ucraniano). Sus cuerpos aparecieron en las calles cuatro días después de la retirada rusa”.

“No será la última provocación”, concluyó Tatiana, repitiendo la palabra con la que le bombardean los medios rusos. “Seguramente veremos otra muy pronto. Es el estilo de los servicios de inteligencia británicos”. Traducción al mundo real: “Muy pronto veremos más casos de atrocidades contra civiles. Es el estilo de las fuerzas de ocupación rusas”.

El caso anecdótico de Tatiana, sumado a los resultados de repetidas encuestas, sugieren que la mayoría de los rusos han optado por creerse la propaganda de Putin. ¿Se la creen de verdad? Dificil descifrar los procesos mentales de gente que, como sus padres y abuelos y bisabuelos, habita un mundo resbaladizo en el que nadie confía en nadie y nada es verdad salvo lo que no lo es.

Convivir con aquella mezcla de mentira y miedo que caracteriza el universo de ‘1984’ tiene que generar un estado mental en el que uno se cree lo que conviene creer para vivir tranquilo o para hacer la vida menos inaguantable. Salvo en casos excepcionalmente heroicos como el del disidente preso Alexéi Navlany, defender la verdad es un lujo que un ruso no se puede dar. La mejor defensa es el cinismo, hermano de la resignación.

Conrad escribió esto hace 112 años: “Cuando dos rusos se juntan la sombra de la autocracia les acompaña, tiñe sus pensamientos, sus puntos de vista, sus sentimientos más íntimos, sus vidas privadas, sus declaraciones públicas”. Algo así tiene que ser la vida de un súbdito de Putin hoy. Qué horror. Qué mala suerte haber nacido en Rusia.

Fuente: Clarin

John Carlin
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