Los gobiernos de coalición

En la normalidad institucional de las democracias occidentales, existen los gobiernos
monopartidistas y gobiernos de coalición (bipartidistas o multipartidistas). Los gobiernos de
coalición son poco frecuentes y poco estudiados en regímenes presidencialistas frente a la
amplia experiencia de los regímenes parlamentarios, sin embargo, esos ensayos
gubernamentales no son un terreno vedado. De hecho, en momentos de crisis, un gobierno de
coalición puede significar la diferencia clave entre la estabilidad y el caos.

En Venezuela existe cierta experiencia, por ejemplo, tras la firma del Pacto de Puntofijo, bajo
el cual el gobierno de Rómulo Betancourt fue decididamente de coalición dado que miembros
de distintos partidos integraron el Consejo de Ministros y el “Programa Mínimo Común” era la
agenda compartida por los tres partidos coaligados (AD, Copei y URD). En los primeros años
del gobierno de Hugo Chávez, al menos en el papel, se dio un gobierno de coalición integrado
por los partidos que conformaban el “Polo Patriótico”, aunque partidos como el PCV se
sintieron estafados, según la opinión de sus propios militantes, porque en dicha alianza sus
pareceres no tenían el más mínimo peso.

No obstante, conformar un gobierno de coalición no es una tarea sencilla. En principio porque
los coaligados vienen de partidos políticos distintos e, incluso, con agendas antagónicas hasta
la víspera. Muchas veces son enemigos declarados antes, durante y después de formar
gobierno juntos, por tanto, un requisito de la conformación de un gobierno de coalición, antes
que un escrito desesperado de un diplomático fuera de nuestras fronteras, es el
establecimiento de normas formales que permitan delimitar funciones y dirimir controversias
para preservar, como fin lógico, el “Programa Mínimo Común” por encima del interés
partidario.

Debe entenderse que hay, al menos, tres principios en tensión permanente dentro de los
gobiernos de coalición: 1) Principio de Dirección Presidencial, 2) Principio Colegial y 3) Principio
Departamental. El primero alude a las atribuciones exclusivas del Presidente o Jefe de
Gobierno como aquella de establecer el orden del día en el Consejo de Ministros, la de
designar ministros o decidir crear o suprimir ministerios, el segundo, a aquellas competencias
que constitucionalmente se reserva, al menos conjuntamente con el Presidente, al Consejo de
Ministros. Allí debe existir cierto delicado equilibrio que evite convertir el Consejo de Ministros
en un pequeño parlamento y, al tiempo, que el Presidente asuma un prudente papel de
primero entre iguales. El tercero, quizá el más importante a los fines de garantizar la eficiencia
administrativa, se refiere a la responsabilidad personal del ministro sobre su cartera y su
gestión lo cual implica no reproducir la repartición partidaria del gobierno en sus dependencias
y departamentos adscritos. Un ministerio, una cadena de mando.

Un gobierno de coalición implica, por su propia naturaleza, una excepcionalidad destinada a
responder a un escenario complejo: una crisis, una guerra o evitar una guerra. Sus miembros

no están obligados a quererse, pero si están obligados, por las circunstancias de emergencia, a
respetar normas, acuerdos y buenas prácticas de transparencia y contraloría pública para que
en la gestión gubernamental la rendición de cuentas se abra paso frente a las siempre
despreciables complicidades y solidaridades automáticas.

Conformar un gobierno de coalición o mantener un gobierno de monopartido es una decisión
que tiene como protagonista al Presidente. Mucho más en regímenes presidencialistas. Aún
con más énfasis en los regímenes hiperpresidencialistas como el de Venezuela. Si existe una
crisis humanitaria compleja, si padecemos el aislamiento internacional, si no hay efectivo
control civil sobre las fuerzas armadas, si no hay efectivo control sobre el territorio nacional y
si hay serios cuestionamientos sobre la legitimidad de nuestras instituciones, este sería el
momento preciso para un gobierno de coalición. Pero, es obvio, que quién designa ministros
es el Presidente. Es él, personalmente, el que puede decidir que Venezuela salga del caos o se
pueda hundir, aún más, en el foso de la inviabilidad.

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