Muérganos en Maracaibo 

La tierra del sol amada, fue de las ciudades más atacadas por piratas durante el siglo XVII en Venezuela. Se salvó del Draque en 1595 gracias al Catatumbo, pero no demoró en caer bajo la mira del catalejo de otros filibusteros.   

En las navidades de 1643, once buques al mando del capitán William Jackson penetraron al lago saqueando todo cuanto hallaron a su paso. Sus mil piratas sometieron la ciudad, haciendo desastres, dedicados a robar, quemar, violar y asesinar, dejando cuerpos colgados en todo árbol. Fueron dos meses en los que desató el terror entre los marabinos. 

Las incursiones del Draque y William Jackson obligaron a terminar de construir un fortín que llamaron San Carlos de la Barra, así como un torreón en la isla de Zapara, dándole a Maracaibo una tregua de dos décadas hasta que fue atacada en 1666 por el francés Jean David Nau, también conocido como “El Olonés”.

Ayudado por Miguel el Vasco, luego de una batalla de tres horas, tomó el Castillo de San Carlos de la Barra y el torreón de Zapara. Apoderado de los cañones, su piquete avanzó contra la ciudad. Parecía un pueblo fantasma, los sobrevivientes de la caída del fuerte corrieron pregonando la llegada del pirata. 

Ocupó las mejores casas e iglesia del Cristo de Aranza para establecer su cuartel, acto solemne celebrado con el robo de la campana y relicarios. Acumuló alimento, animales de granja, pieles, tabaco, cacao y barricas de vino. Durante cuatro semanas propagó el horror por costas del lago, solicitando rescate por no incendiar Maracaibo.

Torturó a los pocos que pudo ponerle manos encima, asaltó los cuatro conventos, el hospital, calcinó la villa, hundió todo barco en el puerto, y escapó con un botín de veinte mil pesos, para despilfarrar el contenido de sus baúles en prostíbulos y cantinas en la Tortuga. Justo antes de marcharse ordenó ejecutar a los cautivos mediante un método de crueldad infernal, abriéndoles el pecho para sacar sus corazones, que aún palpitando eran devorados por algunos de aquellos bárbaros.

Tres años después de las atrocidades cometidas por el Olonés, en marzo de 1669, el capitán Henry Morgan, al mando de quince navíos y unos seiscientos hombres, siguió el mismo guion ejecutado por Jean David Nau, aunque tardó un día entero en hacerse con el castillo de San Carlos de la Barra, así como polvorín, municiones, mosquetes y piezas de artillería.

Bombardeó Maracaibo previo al desembarco para encontrarla desierta. El estruendoso combate y encarnizada defensa ganó tiempo necesario para que los habitantes pusiesen a salvo sus vidas y pertenencias. El inglés despachó una patrulla por los alrededores, rastreando trillos donde hallaron decenas de hombres, mujeres, ancianos y niños, arreando mulas cargadas. 

Los remolcaron amarrados a las bestias para interrogarlos, obligando a descubrir el escondite de sus riquezas. Todos se confesaron pobres, jurando los ricos ya estaban atrincherados en Gibraltar, población al Sur del lago, donde había gran cantidad de ganado y plantaciones, además de un puerto para exportar multitud de frutos como el cacao.

Él, con aires de gran señor, camisa de encaje, traje de seda y sable con puño de plata, impartió las ordenes de someterlos a tormentos inimaginables como quemar extremidades con antorchas, dislocar brazos, guindar por los testículos, moler huesos a palazos, cortar narices y orejas, o agarrotar mecates en cráneos hasta ver los ojos abandonar las cuencas y escuchar el sonido de fractura. Permitió a sus salvajes, o “muérganos”, realizar las peores fechorías concebidas por mentes perversas, regando incendios y cuerpos decapitados a lo largo y ancho de sus calles. Mismo destino sufrieron los vecinos de Gibraltar.  

El capitán Alonso del Campo y Espinoza, bloqueó la salida al Golfo, a poca distancia de aquel archipiélago arenoso de aguas bajas que filtran hacia las aguas del Caribe. En el estrecho del lago estaban fondeados tres navíos, “La Magdalena”, “San Luis”, y “La Marquesa”. 

Decidido a huir con vida, pues de ser prendidos terminarían todos en el patíbulo, Morgan concibió la ingeniosa estratagema de sacrificar uno de sus barcos, atestando su bodega de material inflamable y poblando cubierta y puente de mando con monigotes parecidos a espantapájaros, para utilizarlo como brulote.

Cargado de barriles llenos de pólvora y piloteado por un puñado de marineros que se lanzaron al agua luego de prender mecha de la bomba flotante, el navío siguió directo contra la línea española. Atrás, separada por una distancia prudencial, siguió la escuadra del muérgano. El capitán Alonso del Campo y Espinoza, presto a librar batalla, ordenó levar anclas y acercar sus naos.

La explosión envolvió en llamas La Magdalena y quemó las velas del San Luís, que hundieron a punta de cañonazos. Abordaron La Marquesa y su tripulación entregó la barca al echarse a nadar. El capitán Morgan huyó ileso con su modesta recaudación y reemplazo del brulote en la flota hasta Jamaica.  

Los detalles de la crueldad mostrada en las invasiones de Maracaibo perpetradas por el Olonés y el Muérgano fueron publicados años después en un libro titulado “Los Piratas de la América”, escrito por un tripulante de ambas expediciones. Al regresar a Europa, el cirujano francés Alexandre Olivier Exquemelin, redactó un relato verídico sobre las actividades de estos demonios de mar en las costas de Indias, narrando peripecias de corsarios, bucaneros y filibusteros radicados en Jamaica y la Tortuga. 

El galeno, radicado en Ámsterdam, plasmó sus vivencias con tinta en papel, realizando una exposición minuciosa de los usos y costumbres de los piratas, describiendo, con lujo de detalle, su modo de vivir, fidelidad y respeto que observó entre ellos, ese código de otorgar premios privilegiando a sus heridos o incapacitados, rendir tributo a sus muertos y repartir el botín de manera justa entre la tripulación. 

En las tabernas de la Tortuga y Port Royal, escuchó cuentos de jamás oídas empresas, que, por lo descabellado que pintaban sus acciones y atrevidos embates contra el poderío español en el Nuevo Mundo, parecían asunto digno de literatura. En sus apuntes dejó testimonio sobre dos de los más temidos piratas que marcaron aquella época, como fueron Jean David Nau y Henry Morgan. 

El médico acompañó al Muérgano durante sus ataques a Puerto Príncipe, Maracaibo, Gibraltar, Portobelo y el famoso asedio de Panamá en enero de 1571, retratando escenas de toda operación bélica con la calidad y precisión que necesita un pintor de batallas.

Finaliza la narración de su trajinar como miembro de aquella trenza de bandidos con último capítulo magistral. Esa épica convocatoria de cincuenta barcos y mil quinientos bucaneros que zarpó de La Tortuga y desembarcó en el estrecho, realizando todo tipo de fechorías.  

Diez días tardaron en recorrer el istmo, atravesando montes, ríos y pantanos, sobreviviendo a emboscadas de españoles e indios. Aniquilaron los piquetes en las fortalezas de San Gerónimo y San Felipe, hasta caer sobre la ciudad y montar asedio. Durante un par de semanas lucharon fuera de sus muros, hasta que, vencida su defensa, sortearon paredes e invadieron. Los criminales cobraron vidas sin distinguir edad o género, pocos tuvieron la suerte de salvarse de la furia de aquellos monstruos, que hasta colgaron sacerdotes y violaron monjas, celebrando su hazaña con festín de comida, al son de canciones de marineros y chocar de tarros colmados de aguardiente.  

Amenazó con saquear y quemar el puerto del Pacífico hasta reducir sus cimientos al carbón de no ser premiado con recompensa. Los vecinos de Panamá levantaban la cantidad exigida como rescate y habían conseguido 250.000 pesos, cuando, de repente, una deflagración, que nadie supo cuál de los bandos inició, se regó impetuosa por el poblado, envolviendo todo costado en flamas. 

Muchos bandidos, sedientos de riqueza, se sofocaron y calcinaron intentando extraer botín de casas ardiendo, en vez de conformarse con lo que ya tenían, dejando la codicia romper el saco. El Muérgano emprendió huida con el tesoro, dándole un golpe al corazón del imperio español al dejar desvalijada y arruinada una de las urbes más ricas y prósperas de la América española.

Alexandre Olivier Exquemelin acompañó a Morgan hasta Jamaica, donde fue recibido con honores, pero luego fue apresado por el gobernador Thomas Lynch. Su acometida sobre Panamá causó impacto en Europa. Una vez firmado el tratado de Madrid en 1670, también conocido como “tratado de Godolphin” por la historiografía británica, y sellado el pacto de no agresión entre flotas españolas e inglesas, aquel asalto fue considerado acto de piratería. 

El capitán Henry Morgan, quien zarpó en su expedición con patente de corso sin saber la guerra estaba por terminar, fue despachado en cadenas a Inglaterra para ser juzgado. Exquemelin optó por escapar de Port Royal y se mudó a Países Bajos, prometiendo jamás volver a mezclarse con piratas.

Cuando Morgan fue recibido como un héroe al desembarcar en Londres, pudo deambular por la ciudad libremente aguardando por una condena que nunca sancionó un tribunal, gracias a un rápido deterioro de las relaciones entre España e Inglaterra.

En 1674, el rey Carlos II, lo nombró caballero de la corte y gobernador de Jamaica, isla donde pasó a vivir hasta el último de sus días. Aquel mismo año el doctor Exquemelin comenzó a organizar notas tomadas en su diario para escribir “Piratas de la América”, libro que fue publicado en 1678, inscribiendo el nombre de Henry Morgan en las crónicas como más famoso pirata que navegó las aguas cristalinas que mojan orillas del Caribe.

Jimeno Hernández
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