El accidente

El domingo 29 de junio de 1919 amaneció lluvioso. Él se levantó de madrugada, escuchando el plácido sonido de las gotas pegando contra el tejado. Hombre de rutina, repetida en lo cotidiano durante años, rezó el rosario, tomó un baño, se peinó el bigote, vistió su traje negro con chaleco, corbata, y se puso el sombrero. Bendijo los alimentos, comió el desayuno, bebió una taza de café, y leyó el titular de primera página en la prensa. 

La firma del Tratado de Versalles por más de 50 países consolidó la paz luego de finalizar la guerra mundial. Alabado sea Cristo, murmuró al persignarse, agradeciendo al Todopoderoso por ver el final de tanta locura y desgracia, sabiendo que el conflicto bélico acabó con la vida de unos diez millones de personas. 

Esa luz esperanzadora de un mundo mejor brilló en su imaginario mientras agarraba su maletín dispuesto a salir de la casa. Quienes lo vieron abandonar la Nº 3, entre las esquinas de San Andrés y Desbarrancados, lo saludaron con respeto y un clásico “buenos días doctor”. Él se quitaba el sombrero para corresponder el gesto, acompañado de una leve sonrisa.

Siendo día de San Pedro y San Pablo, al igual que muchos feligreses, acudió a la Iglesia de La Pastora para rendir tributo a los santos apóstoles. Escuchó misa, comulgó y, al culminar el servicio eclesiástico, efectuó una ronda de visitas domiciliarias a los pacientes que vivían por los alrededores, pues los médicos no tienen días libres al ejercer su profesión.

Caminando por las calles de Caracas, recordó que un 29 de junio, pero de 1888, recibió su diploma en la Universidad Central de Venezuela. Tenía tres décadas dedicando su vida a sanar enfermos en un país azotado por la tuberculosis, disentería, bilharzia, tifus, fiebre amarilla, peste bubónica, y leishmaniosis, padecimientos frecuentes y endémicos, sobre todo en los campos, pero que también azotaban las ciudades.

Al mediodía, pasando por la Plaza Bolívar, decidió visitar la basílica de Santa Capilla para orar un rato. En silencio, con los ojos cerrados, dio gracias a Dios por gozar de buena salud para prestar ayuda a quienes más lo necesitaban.

Luego de su ronda matutina regresó a casa, donde su hermana, María Isolina del Carmen, tenía preparado el almuerzo, siempre sano y frugal. Endulzó el paladar con dos vasos de carato de guanábana, una de sus frutas preferidas, o dulce milagro tropical, como la llamaba, gracias a sus cualidades hidratantes, antioxidantes, alto contenido de potasio y poder divino para disminuir la tensión arterial. 

Adormecido por el calor, frente a una imagen de San José, cerca de la ventana, se recostó en la mecedora para leer y tomar una siesta. El sueño fue interrumpido cerca de la una y media, cuando alguien tocó la puerta. Era el nieto de una humilde anciana, quien, bastante avergonzado, dijo ser vecino de las esquinas de Amadores y Cardones. Necesitaba que visitara su casa para atender a la abuela, que estaba muy malita. 

No demoró en arreglarse y salir en ayuda de la señora. Una vez revisada y diagnosticada, como la doñita no tenía dinero suficiente para costear los medicamentos, acudió a la botica más cercana y compró los remedios, comportamiento habitual con sus pacientes de escasos recursos. Manera de prestar auxilio inmediato a las urgencias. 

Hecho aquello quería dirigirse de regreso a su casa, pues César Benigno, uno de sus hermanos menores, solía visitarlo los domingos acompañado de los hijos para que pudiera disfrutar de un rato con los sobrinos. Era el día más divertido de la semana. Les daba la bendición, trazando con el pulgar la señal de la cruz en la frente, que luego besaba, antes de escuchar sus relatos y reír. La presencia de los niños lo colmaba de felicidad. Le causaban gracia sus ocurrencias o travesuras, y siempre los aconsejaba sobre lo mucho que debían aplicarse en la escuela para ingresar en la universidad. 

A las dos y media debían estar en casa. Quería estar allí para recibirlos. Lo primero que hacían era pedir el estetoscopio, se lo ponían en los oídos y por el otro extremo le daban con el índice al tamborcito, o gritaban. Eso no es un juguete. Explicaba, antes de ponerlos a escuchar latidos del corazón. Nada deseaba más que cumplir con ese ritual sagrado de compartir unas horas con ellos. 

Pensando en reunirse con sus familiares, apuró el paso. César Benigno sufría de la vista y quería darle una sorpresa por su cumpleaños, que sería en agosto. Le tenía pasajes y dinero para viajar a Curazao, donde conocía un oftalmólogo afamado capaz de tratarlo. Tenía carta de presentación con diagnostico, así como una plata para el pago de su operación y medicamentos.  

No sólo eso. Además, en su viaje de vuelta a Venezuela tomaría un barco de la isla hasta Puerto Cabello, para pasar unos días reposando en el balneario de aguas termales de Las Trincheras. Y en Valencia abordaría el ferrocarril alemán con destino a Caracas, para estrenar esa vista mejorada, fuese gracias a una intervención quirúrgica o gruesos anteojos, los bellísimos valles de Carabobo y Aragua, paisajes que aún no conocía. 

Imaginó la alegría de César Benigno, su cuñada Dolores de Jesús y los pequeños al recibir la noticia. Que felicidad le generaba ver sonreír a otros. Sólo tenía que entregarle los remedios a la señora e irse a casa para verlos. Imaginaba la escena, llena de abrazos en momento inolvidable. En eso pensaba, justo cuando el vagón Nº 27 del tranvía de La Pastora, que subía desde la esquina del Guanábano, se detuvo al llegar a la esquina de Amadores. Siguiendo al vagón venía uno de los pocos automóviles que circulaban en Caracas.

El Hudson Essex, conducido por un chofer de nombre Fernando Bustamante, quien apenas tenía dos semanas manejando el aparato, pues le acababan de otorgar licencia de conducir, aceleró la velocidad para pasar el tranvía. El doctor, apremiado en su caminar, salió de la nada. Bustamante no advirtió la figura del ilustre José Gregorio Hernández abandonar la botica para cruzar la esquina. El automóvil lo atropelló de lado con el guardafangos izquierdo. 

-¡Virgen Santísima!- exclamó, mientras perdía el control de sus piernas fracturadas y equilibrio. Cayó de espaldas, pegando la cabeza contra el borde de la acera.  Esas fueron sus últimas palabras. Quedó tendido en la calzada mirando al cielo, exánime, rodeado de un charco de sangre que brotaba de su nariz, oídos y boca.

La escena horrorizó al conductor, quien apenas pudo reaccionar al susto cuando alguien se acercó a la esquina y los pasajeros del tranvía bajaron con el propósito de ayudar al herido. El maestro Luis Felipe Badaracco, amigo de la familia, al reconocerlo, salió corriendo para avisarle lo sucedido a María Isolina del Carmen y César Benigno.  

Bustamante, con ayuda de un carpintero de nombre Vicente Romana Palacios, testigo de los hechos, recogió al herido y lo montó en el automóvil para conducirlo al Hospital Vargas. Durante el penoso trayecto, el carpintero leyó de un librito de oraciones que sacó de su bolsillo para rezar la recomendación del alma, pues el herido no parecía respirar.

Al llegar lo colocaron en una camilla de los primeros cuartos a la izquierda de la entrada. El capellán, presbítero Tomás García Pompa, impuso santos oleos y le dio la absolución. De guardia estaban dos bachilleres de apellido Astorga y Otamendi, quienes le imploraron a Bustamante que fuese a buscar al doctor Luis Razetti en su hogar. 

Su colega y buen amigo, sobrecogido por la tragedia, entró a la habitación para constatar lo que supo el carpintero al leer de su libro de oraciones la recomendación del alma. José Gregorio Hernández había fallecido a causa de una fractura en la base del cráneo. 

María Isolina, César Benigno y Dolores de Jesús llegaron a los pocos minutos. El propio Razetti salió a recibirlos. Sin palabras, clavada su mirada al piso, bajó la cabeza, meneándola en gesto negativo, dejándoles saber que no pudieron hacer nada por él, pues ingresó al hospital sin signos vitales. 

Desconsolados, entraron a la habitación donde estaba tendido el cadáver. Tenía los ojos abiertos y brazos adosados a los lados, César Benigno, sin poder contener el llanto, limpió la sangre con un pañuelo húmedo, le cerró los párpados, besó su frente, trazó la señal de la cruz, del mismo modo que él solía hacerles a sus sobrinos, y cruzó sus brazos sobre el pecho, entrelazando los dedos como si estuviese rezando, pidiendo a Dios que recibiera en su gloria al hombre que vivió como un santo. 

Jimeno Hernández
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