La Virgen de Chiquinquirá

Los frailes dominicos desembarcaron en la costa norte del Nuevo Reino de Granada cuando el Emperador Carlos V otorgó a García de Lerma el título de gobernador y capitán general de Santa Marta. Fue unos años después de la muerte de este hidalgo castellano, cuando aquellos monjes trajeron desde España una estatua de la Virgen del Rosario, que fue llevada a Santa Fe de Bogotá y recibida con grandes homenajes en muestra de veneración, convirtiéndose en figura impulsora de la prédica misionera, patrona de los rezos del Santo Rosario. 

Fue don Antonio de Santana, encomendero de Suta, en el valle de Zaquencipá, cerca de Tunja, quien pidió a un fraile dominico imagen de la Virgen del Rosario para colocar en la capilla del poblado conocido como Chiquinquirá. Fray Andrés encomendó al pintor hispano Alonso de Narváez, quien la dibujó en lienzo de algodón tejido por indios, utilizando mezcla de tierra de diferentes matices, así como tintes extraídos de hierbas y flores, para darle forma a la santa madre y el niño en sus brazos. Los acompañan San Antonio de Padua, por ser el nombre del encomendero, y San Andrés, nombre del fraile que agenció la elaboración de la obra de arte.

El tiempo, condiciones climáticas y acumulación de polvo ensombrecieron la pintura, que fue descolgada para quedar arrumada durante años en una esquina de la ermita, donde, según cuentan, el 26 de diciembre de 1586, fue hallada por una andaluza de nombre María Ramos, quien la regresó a su sitio, rezando para que la Virgen se manifestara, pues la gente comenzaba a olvidarla.

Un rayo de luz se filtró entre una grieta del techo, iluminando el cuadro. Frente a sus ojos, los pocos segundos que alumbró el sol sobre la tela bastaron para renovar colores, detallando siluetas de aquellos personajes que parecían haber desaparecido para siempre. Tal prodigio hizo eco en toda Nueva Granada, convirtiendo el cuadro elaborado por Alonso de Narváez en poderoso y sagrado símbolo de la evangelización, hoy día expuesto en la Basílica Santuario Mariano Nacional de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, departamento de Boyacá, Colombia.

Un siglo después, la fama de la milagrosa imagen terminó por afianzarse con la publicación en 1691, una vez aprobada por el Vaticano, de la obra literaria de fray Pedro de Tobar y Buendía, titulada “Verdadera histórica relación de origen, manifestación y prodigiosa renovación por sí misma y milagros de la Imagen de la Sacratísima Virgen María, Madre de Dios, Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá”. 

Con lo escrito por fray Pedro Tobar y Buendía comenzó a reproducirse el cuadro, que fue adornando capillas en Tunja, Barrancabermeja, Bucaramanga y Cúcuta, cerca de la frontera con Venezuela. Entonces surge la curiosidad al investigador de averiguar por qué hoy en día es tan importante para el pueblo zuliano. 

Según cuenta otra historia, que ha pasado de generación en generación hasta nuestros días, la mañanadel 17 de noviembre de 1709, una anciana lavandera llamada María Cárdenas, se acercó a orillas del lago de Maracaibo para limpiar un lote de ropa. Tenía horas empapando telas y restregándolas contra la piedra para sacar mugre, cuando, de repente, algo la distrajo. Era una tabla cuadrada que fue acercándose a ella, impulsada por las diminutas y suaves olas, como si estuviese buscando llegar a sus manos.

Sonrió al agarrarla, tratando de imaginar de dónde habría venido. Tal vez desecho del taller de un carpintero, o cayó al agua de un barco en el puerto, pensó. Sin darle importancia al origen de aquel objeto, lo volteó para ver sus dos caras, marrón oscuro, como cualquier pedazo de madera que tiene demasiado tiempo mojado. Algunas compañeras de oficio preguntaron qué haría con esa tablita inútil. No supo responder. La dejó al sol un rato para secarla junto a la ropa. Esa misma tarde sirvió para llevar prendas limpias y dobladas hasta su casa, luego la puso como tapa del tinajero.

Al día siguiente, con el primer canto de los gallos, se levantó, coló café y preparó desayuno frugal, antes de acercarse hasta la orilla del lago, lista para su rutina diaria de sumergir telas, restregarlas contra la batea, exprimir y dejarlas secar. Disfrutaba del aroma de su infusión y primer sorbo, cuando sintió un ruido ligero, alguien tocando la puerta.

Se acercó para abrir, pero no había nadie afuera. Al cerrarla, volvió a escuchar el mismo sonido, percatándose que no venía de la puerta, sino de la tapa del tinajero, cuyos bordes habían cambiado de aquel castaño parduzco a un amarillo fulgurante. Ciertamente no se trataba de la misma tabla recogida el día anterior. Desconcertada, pasó sus dedos por los bordes, cuya textura parecía distinta al tacto.  

Con cierta solemnidad, la tomó con ambas manos, y, al levantarla, no pudo creer lo que vieron sus ojos. Lágrimas de felicidad corrieron por las mejillas de aquella señora, que no pudo evitar abandonar su morada con el objeto, para mostrarlo a sus vecinos, mientras gritaba enloquecida.

-¡Milagro!… ¡Milagro!… ¡Es un milagro! 

El pregón de la doñita terminó despertando a todo el vecindario. En esa calle, que ahora se conoce como avenida “El Milagro”, gracias a este episodio, la gente fue asomándose, para verla mostrar la imagen de una dama cargando un bebé, ambos luciendo coronas doradas, rodeados por un halo del mismo color. A la mujer y el niño los acompañan fraile y mártir, ambos con aureola.

Madre santísima. La virgen y el hijo de Dios, murmuraron, mientras iban llevándose índice a la frente, pecho y hombros, viendo pasar aquella tablilla, ataviada por personajes sagrados. 

Apareció de la nada en este pedazo de madera que hallamos en la orilla, explicó a las autoridades eclesiásticas. Las marabinas que pudieron verla el día anterior testificaron que no tenía imagen alguna dibujada al instante de sacarla del agua. Los sacerdotes quedaron atónitos apenas observaron los trazos en aquella tabla. Eran los pintados por Alonso de Narváez. Se trataba de Nuestra Señora del Rosario, acompañada de San Antonio de Padua y San Andrés.

Después de aquello, los fieles acudieron en multitudes a casa de la humilde lavandera para venerar la reliquia milagrosa. Al cabo de unas semanas, las autoridades de Maracaibo organizaron procesión para trasladarla hasta la Iglesia Matriz. 

Dos soldados, elegidos por el propio gobernador, don José Bernardo Sáenz de Santamaría y Angulo, cargaron sobre hombros parihuela con la imagen, sacándola de la vivienda de María Cárdenas, rodeada por una masa de creyentes arremolinados en las calles, que fue testigo de algo realmente asombroso. 

Al intentar doblar una esquina, las rodillas de los portadores comenzaron a temblar, como si en vez de una simple tablilla cargaran una piedra inmensa. Exhaustos, detuvieron su marcha, obligados a posarla en el suelo. Quienes pensaron que exageraban, se reunieron por decenas para intentar levantarla. Pero, por más brazos que se unieron al esfuerzo, resultó imposible despegarla del suelo. Todos fueron cayendo de rodillas y la señal fue clara. 

La Virgen desea que recemos el rosario, dijeron las lavanderas, elevando plegarias al cielo, suplicando a la Santa Madre que iluminara el camino hacia su nuevo hogar. Cuando terminaron las oraciones, reinó el silencio. Entonces, entre la multitud, alguien rompió el hielo al gritar que la Virgen no quería ser llevada a la Iglesia Matriz. Estallaron los aplausos, escoltados por el corear del nombre de San Juan de Dios, templo que quedaba más allá, siguiendo el trayecto, evitando doblar la esquina.

Otro milagro, pues, al decir aquello, pudieron alzarla de nuevo, tan ligera que bastó la fuerza de sus dos portadores oficiales para continuar la procesión. Sobra decir que todo incrédulo empezó a creer al santiguarse más veces que todos los sacerdotes juntos, mientras marchaban en dirección a la Iglesia San Juan de Dios.

En la actualidad el templo lleva el nombre de la Virgen expuesta con orgullo en el altar. Esa María de tono mestizo y faz indígena, bautizada como “La Chinita”, patrona del pueblo zuliano, quien devuelve a todos su mirada con semblante acogedor.

El resto es historia, como quien dice, ya que, desde hace 314 años, feligreses cumplen con el sacro ritual de congregarse en el centro y casco histórico de Maracaibo el último sábado de octubre, cuando rebosa gente en la plazoleta, animada por eso de presenciar la bajada de la Virgen Morena para reencontrarse con sus hijos en la tierra del sol amada. 

Así comienza la octavita de una de las fiestas patronales más alegres y genuinas del calendario religioso en Venezuela, que, en caso de ser breve, se prolonga, por lo menos, más de dos semanas. El primer viernes de noviembre se realiza el encendido de luces en la Avenida Bella Vista, decorando una de las principales arterias viales de la ciudad, evento seguido por elección de Reina de la Feria; gran desfile de comparsas y carrozas por la calle 5 de Julio; y el Festival de la Orquídea, premiando por aclamación del público, o estruendoso palmoteo, a músicos nacionales e internacionales en magno concierto.

Todo es música, júbilo y resplandor durante estas fechas de la Feria de La Chinita. El 17 de noviembre, en horas nocturnas, al ritmo de cuatro, maracas, charrasca, tamboras, bajo y furruco, inicia serenata de los devotos, quienes cantan popurrí de gaitas en su honor hasta el amanecer, terminando, claro está, con versión de Las Mañanitas, seguida del Cumpleaños feliz.

Al concluir la Misa Pontificia se lleva a cabo una procesión corta, que incluye recorrido lacustre por los muelles de los principales puertos del estado. Y esa noche, en el Estadio Luis Aparicio El Grande, las Águilas del Zulia juegan el “Clásico de La Chinita”, este año contra los Tigres de Aragua. A la semana siguiente vuelve a pasear en la “Procesión de la Aurora”, que arranca a las tres de la madrugada, cuando es sacada de la Basílica para ser contemplada al amanecer, admirada por los suyos, calentándose con el sol y ardor de los fervientes, antes de ser colocada el domingo de nuevo sobre el altar.

Resulta bello contarlo, pero precioso es vivirlo, escuchando rezo al unísono por ese milagro de irradiar su luz por Venezuela entera, que tanto necesita de candilejo para alumbrar el camino y salir de la oscuridad. 

Jimeno Hernández
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