El duelo

Siempre imaginé a los ilustres nacidos durante la Guerra Federal, madurados en el guzmancismo y envejecidos con el gomecismo, tales como César Zumeta, Pedro Manuel Arcaya, Laureano Vallenilla Lanz y Victorino Márquez Bustillos como individuos regidos por un carácter tranquilo, aunque de aquellos que nadie deseaba ver entrar en cólera o explotar irascibles, razón por la cual no debían tocarle determinadas teclas con interrupciones a la hora de trabajar en sus escritos.

Todos, sin excepción, se molestaban al rebosar la copa de su paciencia gracias a ruidos, murmullos, o incidencia capaz de truncar ideas, pensamientos y vocablos adecuados para encajar en párrafos. Vaya frustración. Cualquiera se ofusca cuando ciertos detallitos, por minúsculos o insignificantes que sean, entorpecen la inspiración, espantando musas. Sin embargo, ninguno de los anteriores borboteó con la furia vesubiana que caracterizaba a don José, quien, cuando perdía sus cabales, como buen toro de lidia, soltaba humo por las narices y hacía desastres, corneando al más recio e intrépido matador.         

Su peluquín engominado, peinado con raya en la mitad como libro abierto, frente amplia y ojos grandes, diminutos al comparase con la prominencia de su nariz y orejas, traje claro, rosa en la solapa del mismo color de la corbata, monóculo y pipa humeante, reflejan a la perfección lo que uno imagina como perfecto prototipo del intelectual decimonónico. El retrato es viva representación de un hombre apacible. De esos que aparentan ser incapaces de matar una mosca. 

La imagen es de 1932, a sus 71 años de edad. La seriedad de su rostro avejentado rinde tributo al elevado nivel cultural que lo llevó a convertirse en notable hombre de letras. En 1880, graduado de Bachiller en filosofía del colegio La Concordancia en el Tocuyo, dirigido por el profesor Egidio Montesinos, pasó a Caracas para estudiar derecho en la Universidad Central, donde, un lustro después, recibió doctorado en Ciencias Políticas. Así comenzó el doctor José Gil Fortoul a escribir su propia historia, carrera plagada de méritos y obras importantes que lo condujeron a ser miembro de la Academia Nacional de la Historia, así como uno de los fundadores de la Academia de Ciencias Políticas de Venezuela. 

En 1886, a principios de la “Aclamación”, último período del general Antonio Guzmán Blanco, fue nombrado cónsul de Venezuela en Burdeos. Su estadía en Francia duró diez años, para luego regresar a Caracas, urbe donde trabajó escribiendo en la revista “El Cojo Ilustrado”, e impartiendo conferencias en su Alma Mater sobre temas sociológicos y antropológicos. A finales de 1898, el entonces presidente Ignacio Andrade, firmó decreto suministrando honorarios profesionales para escribir “La Historia Constitucional de Venezuela”. 

Apenas rumiaba en cómo iniciar el proyecto y tomaba sus primeras notas, cuando, de repente, Cipriano Castro invadió Táchira por la frontera colombiana. Luego de cinco meses librando combates con sus guerrilleros, entró triunfante a la capital después de la huida de Andrade para incrustarse en el poder. En 1900, el propio Castro, sabiendo que Gil Fortoul era uno de los cerebros más brillantes entre la nómina, lo despachó en misión diplomática como cónsul, título que desempeñó en Trinidad, Liverpool y París.

Para ocupar los cargos de cónsul o embajador son requisitos la seriedad, agudeza mental, voluntad de conocer diversas sociedades y culturas, así como habilidades intrapersonales capaces de fecundar lazos de amistad, siempre orientados a posibilitar acuerdos. Don José poseía toda cualidad mencionada. Noble, jovial y sincero, era modelo adecuado de personalidad digna de ocupar tan importante puesto, especialmente cuando, gracias a la deuda externa, la planta insolente del extranjero amenazaba con profanar el sagrado suelo de la patria, bloqueando los principales puertos nacionales con el propósito de cobrar a la fuerza sus acreencias.  

En tan álgidas circunstancias, el peor enviado podía ser un personaje iracundo, y aunque sus biógrafos Tomás Polanco Alcántara, Juan Penzini Hernández y Lucía Raynero no resalten en sus textos un rasgo de personalidad que lo hizo famoso entre contemporáneos, resulta que el doctor Gil Fortoul era un malhumorado y cascarrabias de primera. De esos quienes al hervirle la sangre solía encerrarse en su biblioteca o estudio para arrojar objetos contra las paredes, rompiendo jarrones en mil pedazos al ritmo de improperios pintorescos. 

La verdad es que fueron varios los episodios provocados por peripecias del Cabito Castro, quien siempre borracho, bufonesco, altanero, belicoso y picapleitos, acumuló mala fama que le originó el mote de “Monito de Los Andes”. En bastantes oportunidades se avergonzó de representar un gobierno como el “Restaurador”, cuyo cabecilla era objeto de burla por oficiales extranjeros, que no entendían cómo un hombre tan instruido pudiese servir a un chimpancé amaestrado en el circo. El dicho “dime con quién andas y te diré quién eres” retumbaba en su cabeza, revolviéndole los sesos. El castigo lo sufrían papeles rasgados, el escritorio a puñetazos, o cualquier objeto a su vista que pudiese devastar para sosegar rabietas. Entre aquellos arrebatos hay uno en especial digno de traer a colación, tan sólo por curioso y original.       

Para 1908, mientras residía en la “Ciudad de la Luz” y culminaba su “Historia Constitucional de Venezuela”, fue protagonista de un episodio digno de película. Por esos días leyó que un afamado escritor guatemalteco llamado Enrique Gómez Carrillo convenció a Gumersindo Rivas, director del periódico “El Constitucional”, para influir sobre los ánimos de Cipriano Castro en el nombramiento de un comerciante de apellido Brook como cónsul en Hamburgo, principal puerto alemán en la desembocadura del Rin.

Castro designó al tal Brook como enviado en Hamburgo, pero Gil Fortoul, irritado con la decisión y haciendo valer su respeto ante el tren ministerial, sospechando que el nombramiento era ingrediente de algún guiso fétido y negocio sucio, engendrado por quienes embriagaban al general, colmando su copa de brandy, u organizando orgías en las cuales perseguía feliz las putas, danzando como un fauno hasta montarlas, se negó a solicitar el exequatur. 

El propio Gómez Carrillo, quien también vivía en París, osó presentarse en su residencia para intentar disuadirlo y la cosa terminó en discusión acalorada. El asunto escaló de tono al destellar elegantes agresiones verbales de parte y parte, regresando pelota a la cancha del contrario como en un partido de tenis, dedicándose insultos dignos de su erudición, así como ser hojeados en el diccionario por orden alfabético.

-Abanto… Adufe… Alfeñique… Artabán… Baladrón… Bellaco… Berzotas… Casquivano… Carcunda… Cenutrio…  Ceporro… Coprófago… Crapuloso… Disoluto… Echacantos… Energúmeno… Esputo… Estafermo… Fariseo… Fulastre… Gandul… Gaznápiro… Gorrino… Lechuguino… Lerdo… Mandilón… Mangante… Mangarrán… Móndrigue… Pazguato… Petimetre… Ruin… Sollastre… Tiralevitas…  Zascandil… Zurumbático. 

Aquel fogoso intercambio de injurias, alcanzando punto de ebullición, hasta pudo culminar con un clásico y añejo: -Vástago de meretriz, vaya usted a zullar en el lupanar donde labora su madre, doña Concha de la Cáscara.

Y me atrevo a imaginar ese calibre de vulgaridad porque aquella misma noche, luego de tan fascinante bombardeo de insultos, pactaron batirse a duelo de espadas, tal como hacían los caballeros chapados a la antigua. Enrique Gómez Carrillo arrastraba fama de ser diestro esgrimista, pero eso no evitó que Gil Fortoul aceptara el reto con estrechón de manos, metiéndole una calada a la pipa, dibujando una sonrisa en el rostro. 

La pluma es más poderosa que la espada, reza una frase acuñada por el autor inglés Edward Buwler-Lytton, defendiendo la teoría que hace más daño un escrito bien concebido y dirigido contra un punto débil del adversario que una estocada. Sin embargo, para defender el honor a veces uno debe, por obligación, empuñar el acero y derramar sangre. 

El guatemalteco, jactándose que lo dejaría frío y tieso del primer puntillazo, brindó la oportunidad de pedir perdón por sus agravios y salvarse de una muerte segura.

-Mejor que vaya confesado.

Don José tomó aquello como chiste que no daba risa, asegurándole a su rival que lo enfrentaría a la hora y sitio que más conviniera.

Acordaron una gélida y lluviosa mañana a finales del invierno de aquel año en Bois de Boulogne, bosque cercano a París. Con las primeras luces del alba, sus testigos, o padrinos, entregaron armas al explicar las reglas. 

-Gana el primero en acertar dos punzadas, o quedar de pie al ultimar a su adversario. 

El envite se resolvió en cuestión de minutos. El guatemalteco, ávido por mostrar su pericia con el florete, atacó primero, haciendo retroceder al venezolano, quien, a pesar de tener 47 años y ser dos décadas más viejo que su adversario, se movió con agilidad felina para girar la cintura, bajar el hombro izquierdo y evitar herida en el corazón, salvándose de milagro al escuchar la tela de su camisa rasgarse, sentir el metal rozar el hombro izquierdo y el líquido tibio teñir hilos. 

La mueca guasona del joven lo indignó. El mocito altanero e inexperto se las tira del peligroso sin saber con quién se ha metido. Impulsivo y errático en su embestida, delató su técnica y mejor movimiento de buenas a primeras. Entonces, tocó recibir merecida lección del rival. Si aún no había comprendido que sabía manejar el florete, terminaría por entenderlo en el segundo desafío. Lo que Gómez Carrillo ignoraba era que Gil Fortoul manejaba espada con la misma elegancia y destreza con las cuales empuñaba la pluma, pasiones combinadas que durante su juventud lo entusiasmaron a redactar un manual de esgrima. 

Intuyó que repetiría el mismo movimiento intentando pulirlo y así lo hizo. Nuestro protagonista, con vertiginoso golpe sorteó el filo, extendiendo el brazo con lo justo para dejar que su contrario sintiera puyazo en la panza, justo arriba del ombligo. Ha podido atravesarlo, pero no quiso deleitarse con el gusto de observarlo en el suelo, chillando, revolcándose en el barro como cerdo en domingo de matanza. Ya le cayó la locha, guerra avisada no mata soldado. El tercero es el de la victoria. El odio brotaba por los poros junto al sudor frío. La suerte está echada, juzgaron al regresar a sus puestos para disputar el último punto. 

-Es a muerte- masculló el guatemalteco. Él prefirió ser dueño de su silencio que esclavo de sus palabras. Perro que ladra no muerde, más bien aúlla aterrorizado pidiendo perdón cuando un jaguar saca garra para abrirle las tripas de un zarpazo.

-En guardia- anunciaron en francés. 

Chocaron aceros con rápido y reiterado sonido estridente. Mientras el joven avanzaba irreflexivo, su oponente jugó al agotamiento ajeno, calculando pasos en retroceso hasta encontrar oportunidad capaz de brindar corolario al lance. Una cosa es arrojar objetos, otra muy distinta es enviar un hombre a su tumba por tonto y soberbio. Con golpe magistral defensivo esquivó la punta del florete sacándole chispas al hierro. El resto fue calcular fuerza de masas e inercia en el movimiento, estirar de nuevo el brazo y tocar otra vez el estómago. Todo sin la bárbara necesidad de asesinar al insolente, cuando ha podido ensartarlo y ponerle fin a sus días, que ganas no le faltaban.

-Usted no es más que un muerto en vida don Enrique.

De la intensa y escalofriante jornada, dominada por la superioridad técnica, así como su templanza o sensatez al amarrar el instinto animal que lo empujó hasta un límite cuyo abismo era sentir placer o remordimiento engendrados por observar al enemigo retorcerse hasta expirar, dejó claro al imprudente que pollino no gana carrera contra purasangre. 

Ambos salieron heridos, con camisas nubladas de manchas escarlata, pero don José precisó sus alfilerazos haciéndose con el triunfo, sin necesidad de arrancar el alma del cuerpo a su contendor. Los padrinos, o testigos del espectáculo, dieron por terminado el combate y los duelistas se alejaron el uno del otro, viéndose de pies a cabeza con gesto despectivo. 

Más nunca volvieron a dirigirse la palabra, como hacían los gentileshombres de la época. 

Jimeno Hernández
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