La vorágine

En la espesura verde del Amazonas impera la ley del más fuerte, que suele ser la propia naturaleza. Desde los remotos tiempos de la conquista, seducidos por el mito de la ciudad perdida del Dorado, muchos hidalgos castellanos enloquecieron al internarse en sus profundidades y jamás volvieron a ser vistos. Imaginando salir con sacos repletos de piedras preciosas, no hallaron más que miseria y desgracias, dejando para la posteridad relatos tan insólitos y desastrosos como el del Tirano Aguirre. 

Del bosque no sacaron oro ni riquezas, pero, con el transcurso de los siglos, descubrieron una sustancia líquida, blanca y espesa, lágrimas que lloraban ciertos arboles al rasgarles la corteza. Los indígenas surcaban el tronco en espiral hasta acumularla en totumas. Al secarse quedaba una plasta nívea dotada de solidez maleable que utilizaban como especie de pegamento. 

Durante el régimen colonial español hasta más o menos el año 1817, a mediados de la guerra de Independencia, en el espacio conformado por Amazonas, llamado entonces Cantón de Río Negro, no existía distinta forma política o acuerdo social que aquel establecido por misioneros observantes, quienes fundaron casi todos los diminutos poblados que hoy permanecen marcados en el mapa. La bondad del predicador de turno, dada la insuficiencia de recursos, al igual que precario nivel cultural de las tribus pululando la zona, a su manera y en muy poco, se esmeraba por satisfacer minúsculas necesitades.

Alcanzada la emancipación de la corona muchos misioneros huyeron del país rumbo a Brasil. Desde Angostura arribaron las autoridades civiles republicanas para fungir de comisarios. El objetivo consistía en traer fin a la tradición colonial de apartar al indio de todo trato y contacto con la población española. Sin embargo, todo quien buscó fortuna en las remotas soledades de la selva no supo, ni quiso, cumplir con el cometido.

Para marzo de 1838, cuando el general Carlos Soublette era presidente, el coronel Agustín Codazzi, luego de visitar aquellos dominios, redactó informe dirigido al gobernador de la provincia de Guayana, dejando testimonio sobre la situación de los territorios donde las antiguas misiones ya no existían. Sus palabras dibujan un panorama de desolación, azotado por el atraso e involución social. Predios cuyo señor explota, comercia y enriquece, mientras el débil es castigado por el trabajo forzoso, o, mejor dicho, el vasallaje. 

Según Codazzi: -El Cantón de Río Negro se puede llamar una república distinta a la de Venezuela. Allí no impera la ley, sólo el capricho del jefe político y de sus subalternos. Los alcaldes que se llaman racionales, criaturas suyas y que son otros tantos satélites que fielmente cumplen sus disparatadas órdenes, siempre opresivas para la raza indígena, a fin de favorecer a tres personas que se creen las únicas que allí deben mandar y aquel territorio es su patrimonio y los indios sus esclavos… Peor que esclavos, sirven de peones en la misma casa del jefe o de los demás criollos, los cuales los emplean sea en la pesca, en la caza, en ir a la montaña, a la sarrapia, a buscar zarzas, o cortar madera para hacerles lanchas u otras embarcaciones.

El negocio que movía las ambiciones de los gobernantes de la zona, haciendo presa de los indios, sobre quienes los nuevos amos cebaban la rapacidad, era la “goma”. Esas gotas níveas extraídas del “árbol de la fortuna” originaron lo que pasó a conocerse como la “fiebre del caucho”, material cotizado a buen precio en el mercado internacional y que podía exportarse con un jugoso margen de ganancia. Esa vorágine desembocó en los más bajos y perniciosos instintos humanos.   

En su historia de Río Negro, el doctor Bartolomé Tavera Acosta, hace recuento pormenorizado de los gobernadores del Territorio Federal de Amazonas durante la era republicana, comprendida entre 1818 y 1913. Del medio centenar de individuos que ocuparon el cargo, seis de ellos resultaron enjuiciados, nueve murieron trágicamente, diez fallecieron a causa de enfermedades, y veinticuatro fueron derrocados o renunciaron para salvar sus vidas ante el estallido de movimientos revolucionarios, asonadas y motines. 

El último nombre de la lista es el del general Roberto Pulido Briceño, uno de los más devotos partidarios del general Juan Vicente Gómez. Al Demostrar su apoyo incondicional después de colaborar en el derrocamiento de Cipriano Castro, pidió el favor de ser nombrado gobernador del Territorio Amazonas y el título le fue otorgado. En octubre de 1912 arribó a San Fernando de Atabapo acompañado de su esposa e hijos, además de una gran corte compuesta por hermanos, cuñados, familiares y amigos. 

Su discurso al iniciar el mandato es, probablemente, el mismo que uno puede imaginar de sus antecesores en el despacho. Eso de vengo a trabajar por el Amazonas, trayendo misión de paz, unión y progreso, dispuesto a hacer cumplir las leyes. Pero una cosa son las palabras y otras las acciones, que se liaron contradictorias cuando en diciembre apareció entre las casas comerciales del poblado “Pulido Hermanos”, siendo don Roberto su socio principal. Eso significó, en la práctica, un monopolio en cuanto a la explotación de recursos naturales y venta de sus productos para ser fletados hasta Trinidad. 

El propio negocio redondo, pues todo quien produjese bolones de caucho debía entregar la mitad de cada quintal como tributo a la gobernación, y la otra mitad tenía que venderla obligatoriamente a “Pulido Hermanos”. A cambio de las esféricas obtenían crédito en su bodega para comprar vituallas, licores, fósforos, cigarrillos, herramientas y utensilios, por supuesto, a precios desorbitados. Como si eso fuera poco, también decretó una serie de impuestos y alcabalas para hinchar aún más sus bolsillos.

Por eso no extraña que luego de un semestre ocupando el cargo administrativo y manejar el comercio absoluto de la comarca, sus habitantes tramaran contra el modelo tiránico implantado por el general Pulido, quien se ganó el odio de los caucheros, personas que trabajaban en circunstancias precarias, en todo momento expuestos a los azares de la jungla. Ninguno de ellos poseía experiencia bélica para enfrentar al afamado militar. Entonces el descontento reinante comenzó a girar en torno a la figura del único colega que había peleado en dos guerras. El temido sexagenario participó en la Revolución Legalista estribando a Joaquín Crespo en 1892, así como en favor Manuel Antonio Matos y su fracasada Revolución Libertadora de 1902. 

Así fue postulado el viejo como caudillo del levantamiento popular para remover al enquistado. Ocho meses del nefando régimen bastaron para que los incontables enemigos del gobernador, liderados por Tomás Funes, concibieran un plan destinado a culminar con su existencia de una buena vez por todas. La primera semana de mayo sus adversarios estaban más que prestos para exterminarlo. En calendas de aguaceros torrenciales, calor húmedo y fangales, la selva de la ambición sirvió como escenario a lo que se convirtió en el propio cuento de terror.  

Mientras en las principales ciudades de Venezuela las catedrales tañían las doce campanadas de medianoche, en San Fernando de Atabapo, sonaban con estridencia chaparrón y relámpagos, haciendo fulgurar pistolas, puñales, hoces y machetes. Las pisadas de Funes y sus tercios chapotearon en el barro, empapándoles un jeme de los pantalones. Lo seguían tres secuaces, Balbino Ruiz, “Picure” y “Avispa”, aventureros del monte adentro trasformados por los flagelos de la madre natura en animales. Salvajes desprovistos de corazón y sentimientos, quienes, al igual que su jefe, ganaban el pan de cada día expuestos al aturdimiento de fiebres, mosquitos, alimañas ponzoñosas como escolopendras y serpientes, o la posibilidad de ser escabechados por colmillos y garras de un jaguar.

Escoltado por sus espalderos, además de una columna conformada por trescientos hombres, caminaron descalzos, con las alpargatas amarradas en la cintura. Uno a uno, protegiéndose del diluvio, marcharon recostando sus hombros de las paredes de ranchos, amparados por la oscuridad que brindaban los prolongados aleros de techos de paja. Si el croar de las ranas, chirrido de grillos, o aullidos de los araguatos no se escuchan gracias al sonoro aguacero, tampoco eran perceptibles al oído los pasos de los acechadores que avanzaban en silencio hasta la morada del gobernador.

Una centella iluminó el paisaje, haciendo resplandecer los hierros. El centinela apostado en la puerta dormía en la silla. De lo contrario hubiese pegado grito de alarma a todo pulmón y abierto fuego. Funes, levantando un brazo con palma abierta, dio señal a sus hombres para preparase antes de propinar la primera estocada. Se acercó sigiloso, le puso una mano sobre la boca y con la otra deslizó el filo de su cuchillo para cortarle la garganta, dando inició al episodio de una carnicería que algunos recuerdan como “la noche de los machetes”.

La potencia de la precipitación y los truenos hizo que el golpe al romper la puerta pasara por desapercibido. El gobernador dormía en su pieza, junto a su mujer y los chiquillos. Despertó con el griterío adentro de la casa, saltó del chinchorro de moriche, agarró un Winchester y disparó cinco veces antes de recibir un tiro el estómago. Al caer de rodillas, fue rematado por Balbino Ruiz, quien le arrancó la cabeza con un machetazo en la nuca. Su esposa y dos hijos, al igual que los oficiales que servían de guardia, corrieron la misma suerte. Todo en cuestión de segundos.

Decapitado el general Roberto Pulido, al contar los cuerpos exánimes remojando en la sangría, el capitán de los verdugos chasqueó los dedos y levantó el índice apocalíptico, señalando a Picure, Avispa y Balbino Ruiz, esbirros que manejaban lista de todo familiar y amigo del finado que debía acompañarlo al infierno. 

El resto de los acometimientos se desarrollaron de modo simultáneo y acertadamente coordinado. En el acto, sucumbieron los tres hermanos Espinosa. Alberto y Antonio fueron acribillados a balazos. Juan intentó huir, pero le pusieron manos encima en la calle y no pudo salvarse del enjambre de sombras que lo cosió a puñaladas. A Enrique Delepiani le dieron una golpiza y a la postre lo rebanaron a tajos, mismo que sucedió con Baldomero Benítez, Jacinto Lara y Julio Capechi. En menos de media hora el número de víctimas ascendió a dos decenas. 

Con la plaza tomada, los cómplices de la masacre se arremolinaron frente a la residencia y cuartel del mandatario extinto, celebrando la victoria con algarabía férvida que condujo a saqueos y ajusticiamientos. Durante cuatro días, del 8 al 11 de mayo de 1913, San Fernando de Atabapo se tornó en escenario del horror. Tomás Funes, sin importar que muchos de los condenados fuesen ancianos, mujeres, niños o enfermos, ordenó ejecutar una centena de personas, pasándolas a cuchillo para no gastar balas. Ni perdieron tiempo en soterrar los cadáveres, arrojándolos al río para que sirvieran de banquete a las fauces insaciables de caimanes y caribes.

Apoyado en la pluma de Manuel González, su principal consejero, Tomás Funes escribió al general Juan Vicente Gómez para declarar sus respetos, además de dar su versión de los hechos, alegando que pacificó el movimiento insidioso que aniquiló a Pulido, sus familiares y adeptos. En la misiva garantiza mantener la paz en nombre del máximo jefe nacional, además de adularlo con cursilerías, derritiéndose en alabanzas al andino, afirmando que su persona estaba predestinada en la historia del mundo y una estrella guiaría sus pasos hacia la gloria de una obra extraordinaria. Firmó la misma como su “obsecuente, siempre adicto compatriota y leal amigo”.

El general Vicente Pérez Soto, gobernador del estado Bolívar, recomendó a Gómez que dejara las cosas así y no tomara represalias contra Funes. Lo cierto es que la matanza de aquellas fechas, una de las más crueles registradas en las crónicas de asonadas y conspiraciones, instauró un gobierno de facto en el territorio amazónico, sustituyendo la tiranía monopólica de un ejecutivo asesinado por un régimen político idéntico al anterior, aunque mucho más aciago y prolongado, ya que los ocho meses que permaneció Pulido en el cargo se tradujeron en ocho años de la infausta autoridad de su asesino, quien a partir de aquella fecha, manejó sus dominios a placer, anotando en un diario los nombres y apellidos de todo individuo que mandó a matar, tachándolos con crucecitas, dejando que la corriente del río borrara evidencias de sus delitos.

La hegemonía del añejo guerrillero y empresario del caucho culminó a finales de enero de 1921, cuando el general Emilio Arévalo Cedeño, férreo elemento antigomecista, después de invadir Venezuela desde Colombia por los llanos de Apure, navegó hasta el Amazonas y cayó sobre San Fernando de Atabapo, haciéndolo prisionero y confiscando el diario con los nombres de los desaparecidos. La evidencia del cuaderno, con más de cuatrocientas víctimas, bastó para amarrarlo del árbol en la plaza y ponerlo frente a un pelotón de fusilamiento.

Lo cierto es que luego de aquella noche de los machetes el monstruo se ganó el apodo “Diablo de Río Negro”, y al pronunciar ese nombre no parece mencionarse una persona en particular. Tomás Funes es un sistema, un estado del alma y mente, la sed o ambición del oro blanco, leña y fuego de la envidia, muestra inequívoca del salvajismo. Por eso ciertos eruditos no titubean al instante de afirmar que muchos en este país pecan de Funes, aunque solamente existió un atroz que cargó con ese apellido tan funesto. 

Jimeno Hernández
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