Impuesto al béisbol

Quizás no sepa de qué le estoy hablando, pero se trata de un impuesto que en algún momento hemos pagado yo, tú, él, nosotros, vosotros y ellos cada vez que un muchachito parte un vidrio de un pelotazo. Con lo cual entendemos que los verdaderos patrocinantes de la carrera de un peloterito no son sus familias, sino los vecinos. Por eso propongo que dicho gasto sea formalmente reconocido mediante una ley llamada “Impuesto al Béisbol”.

Pues si usted saca la cuenta, el gasto por reponer ventanas, tejas, materos, adornos, parabrisas y bombillos quebrados por niños jugando béisbol, representa el 99 % del PIB anual en sitios como La Sabana o San Pedro de Macorís. Una cifra que además avala la ANVPU (Asociación Nacional de Vecinos de los Pisos Uno).

¿Cuántas madres de peloteritos no se verían beneficiadas descontando de sus impuestos la cantidad de vidrios que tienen que pagar por culpa de sus hijos? ¿Cuánto dinero no se ahorrarían los vecinos de los pisos uno si en su declaración anual presentasen las facturas de esos vidrios que terminaron pagando porque “nadie fue”?

Así mismo propongo que, en dicha ley, todo pelotero recién firmado reparta su bono de miles de dólares de la siguiente manera: 5 % al entrenador que lo formó, 5 % a la madre que lo parió y 35 % al vecino que lo padeció. Y en caso de llegar al Salón de la Fama, que nombre a todos los vecinos en su discurso.

Incluso podría considerarse que los scouts no solo firmen a los peloteros basándose en esas cinco herramientas clásicas de fildeo, brazo, contacto, poder y velocidad, sino también en otras nuevas como:

  • Número de batazos que partieron cosas en el vecindario.
  • Porcentaje de rabia de sus vecinos.
  • Promedio de abaratamiento de los inmuebles que rodean el sitio de las partidas.
  • El WAR (o “Windows Almost Replaced”).
  • Velocidad de pique al oír el “¡Plan!” de un vidrio quebrándose.

Eso nos permitiría entender que el primer cazatalentos de un beisbolista no es el scout de un equipo de Grandes Ligas, sino ese vecino que ha tenido que reponer todas sus ventanas por culpa del peloterito.

Aunque nunca falta un extremista que diga: “¿Y por qué no hacemos una ley que prohíba jugar pelota en la calle?”. Una medida práctica, sin duda, pero que también podría dejar en la quiebra a vidrierías, fabricantes de parabrisas, vendedores de tejas, jardineros que arreglan materos, toderos que pintan paredes manchadas por pelotas y psicólogos especializados en personas con instintos asesinos hacia carajitos que juegan béisbol.

Por eso, la próxima vez que usted sea víctima de un vecinito que le rompa algo por estar jugando pelota, alégrese: podría estar ante la próxima estrella mundial de las Grandes Ligas… (o ante el hijo del dueño de una vidriería que busca enriquecer a su papá).

Reuben Morales
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