Un militar desconocido

Afuera de su hogar, en el número 667 de la calle Saint-Florentin en París, la Revolución Francesa toma nuevo curso el cinco de octubre de 1795, o 13 de Vendimiario del año IV, cuando un militar desconocido, por orden del vizconde de Barras, dirige una improvisada tropa para defender la Convención Nacional en el Palacio de las Tullerías de un asalto por parte de los realistas.

Con cuarenta cañones y ayuda de un joven oficial del cuerpo de caballería, llamado Joaquim Murat, el oficial nacido en Córcega desata el poder de su batería contra el tumulto. Al abrir fuego caen los primeros muertos del día, al igual que sus cuerpos destrozados por la metralla sobre los adoquines de la calzada, tiñéndolos de rojo escarlata.

Quienes sobreviven a las primeras ráfagas se reagrupan en los peldaños de la iglesia de Saint-Roche, pensando que no se atreverán a disparar en dirección al templo. Ahí, en los escalones y el umbral del santuario, pasan a reposar sus cadáveres, desmembrados a punta de gruesas balas y bayonetazos. Aquello es una verdadera carnicería, todo un episodio dantesco. Un par de horas bastan y son más que suficientes para reducir la masa dirigida por Richier de Sérizy, asfixiando los gritos de “Viva el rey”, así como el intento de acabar con la Convención Nacional.

Uno de los conspiradores que ha sido prometido título nobiliario, tierra y fortuna con la restauración de la monarquía en manos del duque de Orleans, prefiere mantenerse alejado del disturbio y la balacera. No desea mostrarse como partidario de los realistas antes de que aseguren el poder. Únicamente ha confiado su secreto a Helen María Williams, amiga inglesa y esposa de uno de sus principales benefactores, John Hurford Stone. Ella, dado el afecto y admiración mutua, no se atreverá a decir absolutamente nada a nadie. Sin embargo, apenas es apresado e interrogado Richier de Sérizy, teme que pueda salir a flote su nombre como uno de los implicados en la intentona del 13 de Vendimiario. Así que esa misma tarde sale a celebrar la victoria del ejército en defensa de la Convención Nacional, para que lo vean en las calles aplaudiendo al bando vencedor.  

Le intriga saber si las autoridades poseen información sobre los conjurados y nómina de los mismos. Por ello, unas semanas después del golpe fallido, organiza una cena en su lujosa residencia de la calle Saint-Florentin. Según dice, quiere conocer en persona al soldado de la patria que, con entereza y valentía, logra hacer que prevalezca la ley frente a quienes pretendían reinstaurar el antiguo y nefasto régimen que todavía cree en eso del derecho divino y enviados de Dios en la tierra luciendo coronas.

El invitado de honor, aunque no conozca a su anfitrión más allá de haber escuchado su nombre y saber que se trata de un extranjero, nacido en un lugar cerca del Perú, llega con puntualidad a la cita. Al ser el único desconocido entre los concurrentes, su anfitrión, un tal Francisco de Miranda, embutido en sus más finas fachas, derrochando elegancia y haciendo alarde de modales cortesanos, se acerca para a darle la bienvenida. 

-Señoras y señores, Napoleón Bonaparte, general de brigada que defendió Tullerías contra la turba perversa de realistas que aspiraba derrocar la Convención y terminar con la república, para convertirla otra vez en reino… Os agradecemos todos sus buenos oficios.

Todos aplauden. El huésped, mostrando humildad casi campechana, inclina su cabeza en ademán de saludo. Como deferencia, el agasajado recibe una copa de vino que se lleva a los labios para paladear el elíxir de Baco cuando brindan por él. Su expresión taciturna no muta con el ambiente jovial de la velada, mostrándose gélido ante alabanzas o zalamerías.  

Con desinterés evidente, recibe el tour de la morada, descubriendo la maravillosa escenografía de lo que parece un templo de la antigua Grecia que, tal como afirma el poeta danés Juan Manuel Baggsen, puede hacer a cualquiera sentirse en la casa de Pericles en Atenas. Se trata de un espacio fastuoso ataviado de bustos, esculturas, pinturas de distintos paisajes, paredes enteras forradas de repisas en las cuales destacan libros de todo género. Todo decorado con gusto sumamente primoroso, al mejor estilo burgués.

Cuando cualquier persona en las botas de Bonaparte aprovecharía la ocasión para alardear de su mérito al salvar la nación de regresar a los métodos añejos de la monarquía, pero éste prueba ser modelo del buen oyente, para nada del tipo parlanchín. Es de esas personas difíciles de arrancarles una sonrisa, o acotación más allá de la necesaria. Comedido en sus gestos, lenguaje e ingesta, resulta bastante aburrido en el trato. Quizá, eso de ser el agasajado y lucir vestimenta más modesta que el resto de comensales lo avergüenza, razón por la cual mantiene la boca cerrada durante gran parte de la conversación, entrando al ruedo con simples frases, monosílabos, o preguntas.

La tertulia se desarrolla sumida en el tedio hasta que algunos canalizan la charla al tópico de la política. Como buen anfitrión, Miranda se ve obligado a ser el primero en exponer su opinión sobre el tema, alabando las acciones tomadas por Napoleón para defender Tullerías de la asonada realista. 

General Bonaparte. De no ser por su valentía y arrojo ya otro borbón estuviese ocupando el trono, tal como tenía planeado el truhan de Richier de Sérizy.

Aprovecha también para presumir de sus talentos bélicos en las batallas de Briquenay o Valmy con el Ejército del Norte, así como el éxito en la campaña de Bélgica, rememorando la victoria en el asedio de Amberes. A todo ello agrega que su vasta experiencia militar y cualidades como estratega lo guiaron a concluir que la invasión de Países Bajos terminaría en desgracias, tales como terminaron siendo la traición de Dumouriez al relegarlo del cargo, enfrentar juicio frente al Tribunal Criminal Extraordinario y soportar la pena del encierro en distintas cárceles.

Al ser liberado quiso recobrar su rango militar y el salario que dejó de percibir, sin reclamar las promesas realizadas por Danton, u otros amigos que perdieron la cabeza bajo el peso de la guillotina. Después de fatigar su muñeca de tanto escribir a la Convención Nacional, solicitando integrarse nuevamente a las filas del ejército, hasta la fecha no ha recibido misiva como respuesta en cuanto a ello. Sin ánimos de molestarlo, al segundo de advertir su repentino ascenso en la esfera del poder, sugiere a Bonaparte que lo primordial radica en tomar conciencia sobre la realidad, estudiando quiénes puedan estar a favor o en contra de sus designios como célebre oficial, cuyo nombre apenas cosecha la primera zafra de su fama.

Con eso se ofrece para ponerse a sus órdenes, buscando alternativas. Pero la única réplica del invitado de honor es aclarar su garganta, como quien apetece enunciar un pensamiento, pero, por casualidad, o adrede, se inhibe de traducirlo a vocablos, eligiendo no interrumpir al hacer gesto para permitirle culminar su perorata, cuyo corolario es quejarse de lo infausto que resulta carecer de un salario para poder llevar una vida digna.  

El resto de los contertulios, tiesos, cual monigotes de madera, esperan la reacción del invitado, quien, probablemente, piensa que se trata de un chascarrillo, pues apenas dice aquello, en ese amplio comedor, mientras en la ciudad escasean los cereales, carne, legumbres, huevos y mantequilla, el propio Méot, afamado fondista de París, lee la carta, sirviendo en vajilla de plata exquisitos platillos como caracoles al perejil, quiche lorraine, buey a la borgoña, seguidos por amplia gama de quesos y pasteles para el postre. Todo majar acompañado, claro está, con vino delicioso.

Napoleón es frugal en su ingesta, también parco en su actitud hasta rayar en la antipatía. El pico del desagrado llega entre los quesos y pasteles, amargando el paladar de los comensales al disfrazar acusación en forma de elogio, admitiendo que jamás ha conocido militar de su rango con gustos tan particulares y rodeado de tantos lujos. El anfitrión se limita a responder en la medida exigida por la cortesía. Sabe que hasta sus más cercanos allegados cotillean sobre el origen de los fondos que maneja y sus dispendios mensuales, pero nadie, jamás, ha tenido el descaro de decírselo a la cara, menos frente a terceros. 

Al terminar la comida, luego de unos minutos de sobremesa en la cual Napoleón únicamente aporta silencio pastoso, agradece a todos, y, luego de una lacónica despedida, alegando la excusa perfecta de un soldado, eso de tener que acostarse temprano porque debe madrugar al día siguiente, deja más claro que agua de manantial que la experiencia le ha resultado incómoda y desagradable. El sentimiento es mutuo, ya que los presentes brindan un “au revoir” al unísono, acompañado de suspiros de alivio al verlo abandonar el salón.  

La insolencia de Bonaparte le pone a hervir la sangre, ruborizando sus mejillas. Cómo es posible que un militar desconocido y de pacotilla le falte el respeto a un general de talla en su propia casa, asomando su menosprecio e indiferencia durante la ocasión especial de un banquete en su nombre. Eso se pregunta Miranda, tensando los músculos de la mandíbula y masticando la prudencia, para no espetar injuria al instante de acompañarlo hasta la puerta y verlo desaparecer a la vuelta de la esquina más próxima, fundiendo su diminuta figura entre sombras. Entonces, comprende que haber extendido invitación al tal Bonaparte será una fuente de problemas en un futuro no muy lejano, al haber cultivado un enemigo en vez de un aliado.

El mal presentimiento se vuelve realidad al ser visitado esa misma semana por su amiga inglesa. Su apreciada Helen María Williams relata que Napoleón atendió a una cena la noche siguiente del banquete. Estuvo en casa de Madame Permon, duquesa de Abrantes. Fue como ver a un hombre distinto al que había conocido pocas horas antes, en la número 667 de la calle Saint-Florentin. La impresionó eso de observarlo desenvuelto, hablando un poco de sí mismo, en tono agradable, además de resaltar lo extraño que le parecía escalar a la fama de repente y ser huésped de ciertos convites, placenteros como aquel en casa de la duquesa y no como el atendido la noche anterior, comentando sobre su invitación a comer en casa de: –un hombre notable, quizás doble agente, espía de Inglaterra y España a la vez, vendiendo información al mejor postor según su conveniencia… Vive en un tercer piso, que está amoblado como la residencia de un sátrapa. En medio de su lujo, se queja de su pobreza, y luego nos ofrece una comida preparada por Méot, servida en vajilla de plata.  

El asunto, bajo criterio del pequeño corso, despierta sospechas de corrupción. No sólo eso, también ha insistido que las autoridades deben indagar al respecto, con el propósito de dilucidar dudas en cuanto a un general cuyo nombre prefirió no mencionar. Madame Permon, por más que intentó averiguar a quién se refería, sólo obtuvo el esbozo de una mueca labial que ambicionó una sonrisa sardónica y no llegó a serlo, justo antes de soltar su respuesta.

-Es un Quijote, con la diferencia de que este no está loco… Tiene fuego sagrado en el alma.

Por aquella sencilla razón no le sorprende a Francisco de Miranda que un mes después de aquellos dos banquetes, el 27 de noviembre, para ser preciso, el Directorio dicte auto de detención preventivo, acusándolo como uno de los autores que auspiciaron al bando realista comandado Richier de Sérizy, al igual que atentar contra la Convención Nacional en la algarada de Vendimiario. 

Jimeno Hernández
Últimas entradas de Jimeno Hernández (ver todo)
(Visited 472 times, 1 visits today)

Guayoyo en Letras