Complot en la Escuela Militar

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El día que lo iban a tumbar, el general Isaías Medina Angarita se levantó de madrugada y llamó por teléfono al coronel Delfín Becerra, Ministro de Guerra y Marina, para ordenarle convocase al Palacio de Miraflores a los jefes militares de la Guarnición de Caracas.

Después de tomar el desayuno y leer la prensa, dio la bendición a sus hijas, besó a su esposa y abordó el automóvil presidencial acompañado de su edecán de guardia, capitán Rodolfo León Portillo.

Aprovechó el silencio del edecán y el trayecto desde su residencia hasta la sede del Ejecutivo para observar lo que sucedía en Caracas. Vio como hombres y mujeres iban y venían en dirección a sus trabajos, y como la juventud, luciendo uniformes escolares y bultos llenos de libros, se reunía frente a los liceos.

Aunque se trataba en su mayoría de gente pobre, se les podía ver bien vestidos y alimentados. Entre la población del valleno deambulaban harapientos o malnutridos como aquellos que le rogaron por limosna en su gira por Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia. Los caraqueños parecían tranquilos y hasta felices pues con oficio y salario podían vivir dignamente y levantar una familia.

Le costaba asimilar la información llegada a sus oídos la noche anterior. Era inconcebible la idea que un grupo de jóvenes de la Escuela Militar, donde él había pasado 17 años de su vida como estudiante y profesor, estuviese conspirando para derrocarlo.

Mucho había cambiado Venezuela desde la muerte del general Gómez pues las puertas de la libertad se abrieron de par en par durante el gobierno de López Contreras. Al mar se arrojaron los grillos y se demolió “La Rotunda”, se fundaron partidos, los asuntos nacionales se discutían libremente, en las cárceles no se encontraba recluido ningún preso político y a nadie se le negaba entrada o salida del territorio.

-Yo no seré el culpable del retorno de las persecuciones, los presos políticos y las torturas. Eso es un triste capítulo del pasado y en el pasado debe quedarse. –pensaba el Presidente antes de llegar a Palacio.

Cuando el vehículo entró a Miraflores sonó la corneta, los oficiales presentaron armas y la banda interpretó las notas del “Gloria al Bravo Pueblo”. Frente al asta de la bandera lo esperaban el coronel Becerra y los jefes militares de Caracas.

Su primera orden fue dar inicio a las investigaciones pertinentes y enviar al general Andrónico Rojas hacia Maracay pues allá se concentraban las fuerzas de la aviación, así como también el mayor grupo de tropas del Ejercito dotado de modernas unidades blindadas y piezas de artillería.

Una vez impartidas instrucciones al alto mando militar y despejado su despacho, procedió a reunirse con el Ministro de Relaciones Interiores, Arturo Uslar Pietri. Este le informó que, mientras ambos hablaban, ya se tomaban medidas para detener e interrogar a los sospechosos. El Presidente le comunicó que, como medida de precaución, había ordenado el acuartelamiento de las guarniciones de Caracas, La Victoria y Maracay.

Al mediodía volvió a reunirse con Becerra, quien venía con los primeros resultados de sus averiguaciones.Marcos Pérez Jiménez y Julio Cesar Vargas se encontraban detenidos y bajo interrogatorio en el cuartel “Ambrosio Plaza”. Los rumores que señalaban a Carlos Delgado Chalbaud como líder de la conjura parecían ser falsos. Las autoridades de la Escuela Militar aseguraron que eran producto de la envidia de sus compañeros, quienes, intimidados por su preparación y resentidos por sus vínculos con la aristocracia, no perdían la oportunidad de recordarle su condición de “ingeniero asimilado” oburlarse del hecho que se comunicara en francés con su esposa.

A su casa se fue a almorzar el magistrado y aquel viaje le pareció más grato que el matutino. Se sentía aliviado de la tensión que lo atormentaba y agradecido con la Providencia pues los rumores de un Golpe de Estado no parecían ser más que eso, puros rumores.

Fue al terminar de comer, mientras esperaba su taza de café, que se le apareció el capitán Elio Quintero y, evidentemente nervioso, le anunció que lo llamaba por teléfono, con carácter de urgencia, el capitán Simón Arenas Revenga, Profesor de Armas y Explosivos de la Escuela Militar.

El Presidente tomó el auricular y, apenas dijo aló, pudo escuchar la voz del profesor:

Mi general: el mayor Carlos Delgado Chalbaud, tras enterarse de la detención de Pérez Jiménez y Vargas, desenfundó su revolver, arrestó a las autoridades de la Escuela Militar y dio orden de movilización a cadetes y oficiales. Abrieron el deposito de armas y municiones, se apertrecharon como para entrar en acción y están en pie de guerra.-

La jornada apenas estaba comenzando.

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Jimeno Hernández

Jimeno Hernández

Abogado (Universidad Monteavila) Máster en dirección de entidades deportivas (Universidad Europea de Madrid) Conocedor de la historia de Venezuela, escritor y columnista.
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