El peligro de la connivencia

Nadie puede cambiar un país sin ayuda. Lo contrario también debe ser cierto. Nadie puede mantener un orden social sin ayuda. Nadie puede hacer nada socialmente trascendente sin contar con la ayuda de los otros. Nadie puede causar una catástrofe como la que está viviendo Venezuela sin esa mínima cooperación que facilita a un régimen practicar la represión política y el desmadre económico. Puede ser que la colaboración venga por la vía de la indiferencia, o que tenga como supuesto la militancia. Se puede militar en el error, y puede hacerse desde el flanco del apoyo más descarado a una situación repugnante e insostenible, o ser parte de la comparsa connivente, que tolera e incluso ve ganancias en el desastre de los otros.

Nadie puede cambiar un país de un día para otro. Cualquier promesa de ese tipo suele ser un fraude. El país no será mejor aduciendo razones metafísicas, ni percolando consecuencias inviables de las decisiones que se tomen. Nadie puede creer que en un país centralista, presidencialista, autoritario y poco respetuoso de la ley, termine transformado de repente porque, ahora si, el cambio viene por la vía de unas elecciones regionales. Tampoco es cierto que cualquier otra opción sea mejor si antes no ha sido bien pensada, y transformada en una poderosa estrategia, capaz de articular y de promover acciones determinantes para el desgaste del régimen. Por lo general, los regímenes totalitarios, precisamente por su condición, ni saben, ni quieren compartir el poder. En el caso que nos atañe, además ha perfeccionado sus esquemas de expoliación y chantaje del poder atribuido a sus adversarios.

Nadie puede pretenderse eterno. No hay orden social que no esté constantemente expuesto a las leyes de la entropía y de los rendimientos decrecientes. Todo sistema está condenado irremisiblemente a su destrucción, con el agravante de que, llegado el momento, necesitará aplicar recursos crecientes para lograr resultados menguantes, hasta que topa con el colapso. El régimen no tiene como negociar algo más que tiempo de mala calidad para intentar sobrevivir y sortear los peligros que traen consigo el mal desempeño y la violación de los derechos humanos. Y por supuesto, esa asociación con el mal, con los villanos del mundo y los enemigos de occidente. La calidad del régimen se nota en el tipo de alianzas que le quedan, y en el silencio de muchas de sus viejas alianzas. Nadie es amigo del fracaso, y el que se ufanaba de usar a los demás para después descartarlos, ha terminado como el condón usado de toda América Latina.

Nadie puede ganar si intenta combatir a ciegas. Identificar la naturaleza del problema es esencial para resolverlo. No caben disquisiciones metafísicas, ni asociaciones indebidas con el realismo mágico. Hay dos reglas que hay que seguir para sortear las dificultades asociadas al pensamiento ilusorio. Comprender primero que la batalla es ante todo intelectual, reflexiva, inquisitiva, suspicaz, sin conceder el beneficio de la duda, sin pretender saltos cuánticos, ni ofrecer que viene el cambio como si se tratara del paso de una estación de tren a otra. Y a despecho del falso pragmatismo, o sea, de lo que algunos andan diciendo por allí, que no es cuestión de reflexión ética, ni asociación de la realidad con valores, la verdad es que los problemas políticos exigen, de suyo, una posición ética desde donde valorar lo que está ocurriendo. ¿Le interesa la corrupción? ¿Le parece importante el respeto por los DDHH? ¿Cree usted que puede convivir con un régimen como este y salir indemne? ¿Le parece que la política es el “agarrando aunque sea fallo” de los espacios? ¿Le da lo mismo el uso eficiente del tiempo o su derroche impúdico? ¿Le parece que la gente está para seguir soportando hambre, represión, inseguridad y miseria, mientras los políticos siguen enredados en ese laberinto de apuestas incrementalistas y desarticuladas? ¿Cree usted que va a sobrevivir la república bajo los dictámenes del “así como va viniendo, vamos viendo?

Nadie puede producir soluciones de calidad en ausencia de principios. Algunos creen que la acción política y sus cursos de acción operan independientemente del diagnóstico que hagamos y de los principios y valores que tengamos. Es todo lo contrario, tal y como lo sugiere Ayn Rand, “la política es la consecuencia final, la puesta en práctica de las ideas fundamentales”. Lo que algunos proponen, por ejemplo, sigamos este curso de acción, aunque no sepamos bien a donde nos lleva. O aceptemos estas condiciones, y después vemos. O cualquiera de las variaciones argumentales a la misma intención, por ejemplo, copemos los espacios, no sea que los otros lo ocupen. Todas esas afirmaciones lo único que indican es que el talante moral de sus proponentes es el más desesperado pragmatismo, o peor aún, que nos falta información sobre las verdaderas intenciones que los mueven. Nadie ha podido explicar aun qué viene después, cuál es la carambola que tienen prevista, donde está el truco que justifica el desvío. Todo parece reducirse al uso patético del viejo proverbio “cuando lleguemos a ese río, cruzaremos ese puente”.

Nadie puede luchar o cambiar las consecuencias sin luchar y modificar las causas. La causa raíz es una ideología, un régimen y una ética de resultados. El socialismo del siglo XXI se ha convertido en un sistema de justificaciones para la exclusión y la represión de las libertades. En eso consiste este régimen, una dictadura radical, cívico militar, pero esencialmente militarista, que quiere implantar el comunismo como sistema de servidumbre, que piensa bajo los parámetros del marxismo, que pretende que su revolución sea inapelable y, por lo tanto, defendida contra cualquier intento de derrocarla. No se puede convivir con este esquema de dominación, sin caer en sus fauces y terminar colaborando por acción u omisión. Cambiar este orden social por otro, republicano, democrático y de mercado, supone romper con la esencia, implica renunciar a gravitar alrededor de sus instituciones, exige renunciar a la convivencia. No hay coraje alguno en una cohabitación indigna con el gato autoritario.

No se puede intentar un cambio político sin saber qué cambio se quiere. Algunos pretenden ser los heraldos de un socialismo benevolente. Son ellos los que creen que pueden manejar, para bien, la impunidad presidencialista, una nómina de casi tres millones de empleados, el control de todos los recursos del país mediante el mantenimiento del estado patrimonialista, unas FFAA convertidas ahora en un holding económico, un sistema nacional de policía, y todos los otros mecanismos institucionales para la represión económica y ciudadana. La alternativa no debería ser la otra cara de la misma moneda, ni ser una silenciosa y artera trampa programática. Mientras los políticos no se comprometan con una agenda sustantiva de cambios, mientras esos políticos aplaudan el deslinde entre la ética y la política, mientras apelen a la “conducta ilógica e incomprensible”, pidiendo que no se afanen, que esperen un poquito, que en el momento debido les explicamos, que aprieten los dientes, porque hay que aguantarse, no habrá foco alguno en dos preguntas cruciales: ¿de qué cambio estás hablando? ¿cómo y con qué lo vas a implementar?

No se puede seguir insistiendo en “una unidad a juro y contingente”. Que no ha dado resultados concretos, ni permite la renovación de la conducción política y de los liderazgos. En el altar de la unidad supuesta se han sacrificado muchas de las mejores expectativas de los venezolanos. Por otra parte, en el contexto de todas las oposiciones que existen en el país, la de los partidos es una porción, y no necesariamente la más grande o representativa, con la ventaja, eso sí, que, en los momentos electorales, hacia ella fluyen, por necesidad y no por virtud, la intención de voto de todos los sufragantes. Hay una confusión atroz entre los resultados electorales que se obtienen por la vía de la imposición de una tarjeta única, y lo que significa una conducción política unitaria, o lo que podría implicar la institucionalización de una alianza supra-partidos. Pero hablemos de la conducción política y de sus consecuencias estratégicas. La unidad se ha convertido en un bozal, en un chantaje inaceptable que se ha vuelto contra los ciudadanos que disienten, ahora presas de la persecución y la descalificación del establishment.  El intentar hablarle a todo el mundo hace que los políticos terminen siendo indefectiblemente demagogos, incongruentes y populistas. Si la política es una batalla intelectual, entonces se deben presentar propuestas para que la gente las compare en un mercado político competitivo. No es preciso convertir a todo el mundo, lo único preciso es hablar claro, ser congruentes, y tener -como dice Ayn Rand- ideas claras y consistentes.

No se puede seguir actuando primero y pensando después. Una opción política no se mueve primero y argumenta cuando las consecuencias se vienen encima. Se comienza por la batalla de las ideas, se convoca a la gente que las comprenda, y si, la labor del político profesional es generar comprensiones y convicciones. Un político sin compromisos firmes con sus convicciones y sus acciones termina siendo poco confiable y menos creíble. No podemos acostumbrarnos a los brincos y repliegues argumentales, a que hoy digan una cosa y mañana otra. Hay que tener cuidado con la confusión entre un alegato (para justificar casi cualquier cosa) con una idea. Hay que tener igual prevención con la confusión entre una justificación (que elude cualquier responsabilidad) con una argumentación estratégica. El que justifica, evade su responsabilidad. El que argumenta asume y arriesga. No se puede seguir siendo parte de un circo, donde todo se aplaude, donde todo se aúpa. Frente al discurso político todo

No podemos caer en el sofisma populista. Ante la avalancha que muchos ciudadanos están sufriendo por parte de un establishment comunicacional, que no tiene ningún pudor en usar intelectuales, rectores, escritores, poetas, periodistas e “influencers” para imponer una tendencia, cabe recordar que, de acuerdo con el argumento que da por bueno y verdadero lo que impone una mayoría, entonces “un millón de moscas no pueden estar equivocadas”. Dicho de otra manera, no podemos seguir manipulando a los ciudadanos, evitando que razonen, imponiendo falacias y sofismas a la fuerza, y pretendiendo que, si no concuerdan con lo que ellos, la mayoría proponen, son enemigos, tarifados del gobierno, y gestores de su agenda. No siempre la mayoría tiene razón.

Este momento político encierra el gran peligro de la connivencia, el aceptar y dar como buenos, acuerdos, complicidades y faltas que se van presentando como inevitables. Algunos lo plantean con descaro, diciendo, esto es lo que hay, esto es lo único que es posible, negándole a la política esa capacidad de innovar y sorprender que todos intuimos. Debemos evitar que la política se convierta en una dictadura basada en la utilización de la emotividad de las masas, y que como también lo sostiene Max Weber, contenga tres cualidades decisivas: pasión para mantenerse al servicio responsable de una causa; sentido de la responsabilidad para asumir las consecuencias de actos y decisiones, sin escamoteos, evasiones o búsqueda de chivos expiatorios; mesura, esa capacidad para dejar que la realidad actúe sobre uno sin perder el recogimiento y la tranquilidad, es decir, para guardar la distancia con los hombres y las cosas, sin transformarlos en nuestros enemigos olímpicos. Usando la razón para que no desborde la pasión, y evitando la vanidad, enemigo mortal de cualquier causa.

Víctor Maldonado
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