El falso alquimista

El régimen está apostando a un milagro que no se va a dar. Los seguidores del régimen están apostando a las destrezas de un mago fraudulento, sin suerte, desprovisto de gracia, y acumulador de fracasos y vergüenzas.  No hay prodigio posible en el plano de la realidad. O se hacen bien las cosas, o cualquier intentona fracasa estruendosamente. Eso es lo que va a ocurrir con las últimas ocurrencias del régimen, aplicadas a una economía maltratada, vejada por años de intervencionismo, expoliación de la propiedad y cepos colocados a la innovación, el mercado y la confianza.

La tragedia del régimen es que la realidad es recalcitrante, desobediente y desafiante. Ellos, que prometieron la máxima felicidad han transformado un país relativamente grato en un infierno de penurias. Por más que insistan en que ellos son los garantes de nuestro bienestar, en carne propia se vive un desmentido sistemático que pesa cada vez más sobre la cordura de los que dirigen este desafuero. Ellos que dijeron amar a los pobres y haberse consustanciado con el pueblo, no pueden rebatir el saqueo que han practicado a los recursos del país. Dijeron, por ejemplo, que PDVSA en sus manos era del pueblo, para luego asaltar el fondo de jubilación, y posteriormente transformar esa empresa en un mecanismo asociado a los peores manejos. Ellos salieron ricos de la charada, y ahora los venezolanos no tienen renta suficiente para sortear todos los obstáculos que suponen vivir en un país desprovisto de los mínimos indispensables para vivir en la modernidad. El pueblo fue para ellos el eufemismo primordial, la excusa perfecta, el aliciente constante para depredar hasta dejar en el hueso los activos y la reputación de la que alguna vez fue modelo y orgullo. Pero lo mismo podríamos decir de cada empresa, servicio o iniciativa que propusieron, y que no pasó de ser propaganda y oportunidad para cobrar una comisión indebida.

¿Qué les salió mal? Que la propaganda te puede engañar un rato, pero al final ocurre una crisis de disonancia. Dicho de otra forma, cada uno comienza a sentir un escozor, una incomodidad, porque no hay correlación entre lo que te dicen en cadena nacional, y lo que perciben tus sentidos. No ves los alimentos que ellos dicen cosechar por toneladas. Tampoco consigues en ningún lado las medicinas que ellos aseguran están disponibles. Si vas a uno de sus “hospitales modelos” consigues escombros y carencias. Si buscas trenes, autopistas, túneles, empresas que dijeron haber inaugurado alguna vez, te confrontas con un vacío que ninguna palabra puede llenar de realidad. Y no hablemos del nauseabundo escándalo de las plantas termoeléctricas y el engendro de “bolichicos” que parió la más pavorosa corrupción. Ellos dicen una cosa, pero la realidad, brutal y descarnada, te hace vivir otra. ¿Dónde quedó el país potencia? ¿Dónde las reservas transformadas en riqueza y progreso? ¿Cuántos planes de seguridad ciudadana dicen haber instrumentado, y sin embargo llevamos a cuestas el dolor por la pérdida de más de 300 mil venezolanos caídos por hechos violentos? ¿Y la paz? ¿Y el amor por el país? ¿Y el lema “eficiencia o nada”?

El régimen se convirtió en un mentiroso patológico. Y en un mitómano. Dice muchas cosas, promete incesantemente, pero no hace. Es como el fatal adicto incapaz de regenerarse, y que cae una y otra vez en el vicio que hace solo un rato prometió dejar. Mentira, mitomanía e inconstancia son parte de un síndrome fatal que se llama “socialismo del siglo XXI”. Pero ojalá el diagnóstico fuera suficiente. No es así. El régimen se consiguió con dos herramientas tenebrosas que no ha dejado de usar con obsesión extrema. La represión de la disidencia, sin escrúpulos ni peso de conciencia. Todo vale a la hora de silenciar a todo aquel que sea capaz de develar la farsa. La segunda es el gasto público irresponsable, “inorgánico”, fantasioso, y por supuesto, fraudulento. Decidió escindir la renta petrolera del ingreso de los venezolanos. Ellos se quedaron con los dólares hasta dejarnos sin reservas, y para el resto dispusieron de una moneda que ni es canjeable, ni tiene capacidad adquisitiva alguna. En otras palabras, a la represión se le sumó la condena a una feroz pobreza. Acabadas las reservas, destrozada la industria petrolera, se enfocaron en saltear el oro y otras riquezas minerales, aprovechando también para cometer el crimen ecológico más doloroso en nuestra Amazonía, y de paso conceder indebidamente la soberanía territorial al consorcio de los peores, que ahora asesinan y asedian a los que allá viven. Si se hacen mal las cosas, no hay magia posible, los resultados siempre van a ser funestos.

¿Qué efectos puede tener una dictadura económica? Me refiero a las secuelas de decretar la viabilidad de una tenaz contradicción. Amentar más que desproporcionadamente el salario mínimo, pero controlando costos y precios, aumentando los impuestos y para colmo, exigiendo su entrega diaria. ¿A quién se le puede ocurrir que un incremento en los factores de producción pueda dejar indemne el precio de los productos?  Solamente a los comunistas, que se solazan en sus utopías alucinógenas, y que terminan convencidos que la realidad nace de los fusiles. Ellos pretenden hacer una realidad a tiros. Con la misma aprehensión quieren convencernos de que el Petro existe (o crees o mueres) y que su “anclaje” a reservas petroleras tiene algún sentido. Todo el mundo recuerda la fábula de Esopo que habla del tesoro escondido. La moraleja es precisa: No hay tesoro sin esfuerzo y sin trabajo. Así que querer explotar ese imaginario colectivo cuyo origen es la afanosa búsqueda de El Dorado, tratar de invalidarnos por nuestra raigambre de minero y las quimeras rentistas que hemos ideado en el último siglo, tal vez resultaran vanas, porque nadie va a creer que el valor del trabajo “fluctuará” entre las aguas de dos entelequias. La realidad apunta en otro sentido: el valor del trabajo es su productividad. De todos los artilugios presentados el viernes, este es el más burdo, el que tiene menos sentido.

Las leyes que rigen la realidad plantean relaciones más simples y tajantes: mas intervención en el sistema de mercado provocan menos empresarialidad. Y sin empresas no hay empleos, y obviamente, sin empleos no tiene sentido el hablar de aumentos de salarios. La devastación continuará su curso. Hasta ahora han desaparecido más de tres cuartos de la empresa nacional. Y millones de empleos se han evaporado. Porque no es casual que los venezolanos todos los días consigan razones para irse del país, y tampoco es un espejismo el notar que las zonas comerciales son ahora menos abundantes, que las zonas industriales luzcan desoladas, y que la gente tenga que comer basura para alejar el hambre y pedirle un breve plazo a la muerte. Si ha habido alguna magia ella debe haber sido negra, asociada al mal, invocada para la destrucción, entreverada de oscuridad y malos presagios.

Porque Venezuela es un sistema en crisis terminal. El régimen luce incapaz de mantener el sistema eléctrico interconectado nacional. Incapaz de buscar honestamente soluciones a esa crisis. Incapaz de suministrar agua potable. Incapaz de garantizar el abastecimiento alimentario. Incapaz de reactivar la industria nacional. Incapaz de poner orden en sus empresas públicas. Incapaz de reducir el tamaño del gasto público. Incapaz de practicar la fatal arrogancia socialista. Incapaz de resolver la hiperinflación. Incapaz de abatir su corrupción. Incapaz de no hacer trampa. Incapaz de parar la represión. Incapaz de no pervertir la justicia. Incapaz de mostrar compasión. Y muy incapaz de volver al decoro constitucional.

Entonces ¿Tiene sentido enfocarnos en las medidas? ¡No! Porque lo importante es no perder de vista quienes las parieron. El problema sigue siendo el régimen, su comunismo intemperante, su fatal totalitarismo, su trágica jactancia, y la imposibilidad de resolver sin costos un hecho de fuerza que se nos impone como desafío histórico.

¿Queda alguien que pueda siquiera darle el beneficio de la duda a este falso alquimista?

Víctor Maldonado
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