Simón Rodríguez, una luz en la oscuridad

El 28 de octubre de 1769, nació en Caracas Simón Narciso de Jesús Carreño Rodríguez, de él podemos destacar seguramente algo más que atribuirle ser el maestro de Simón Bolívar. Enaltecemos sus dotes de educador, filósofo y escritor. No queremos mencionar su filiación con Simón Bolívar porque la objetividad histórica no permite fabular una supuesta influencia que lo haya convertido en su mentor. Aunque del mito se haya liberado tinta desmedidamente, acá queremos pertenecer a los prudentes y rigurosos trabajadores de la musa Clío. Primero, porque para el niño Simón la estadía en casa de su maestro fue más un castigo que una estancia complaciente, pagaba las penas de su mal comportamiento y fuga del hogar de su tutor don Carlos Palacios y Blanco; segundo, porque fueron solo tres meses en estatus de aprendiz hasta que Rodríguez renuncia y se va a Europa (1895); tercero, de 1806 a 1823 no hay registro de contacto entre ellos, la historiografía romántica resalta el juramento en el Monte Sacro hoy sabemos que realmente fue en el Monte Aventino y basta ver si fue tan sublime como lo menciona la épica bolivariana, le adicionamos a ello la coronación de Napoleón, en ambos casos coincidieron pero posteriormente no hay manera de juntarlos en el tiempo y; cuarto, hay de nuevo contacto entre ellos pero la relación es poco fructífera, ante el conflicto entre Sucre y Rodríguez en Pativilca el 19 de enero de 1824, este último requiere la intervención de Bolívar el cual prefiere ser cauto y mantener la neutralidad. Viene el distanciamiento y rematamos el asunto cuando Colombia asume el método Landcaster, claramente objetado por Rodríguez porque lo consideraba memorístico y poco enseñaba al alumno a aprender realmente.

Lo anteriormente expuesto, creo puede servir para dejar por sentado que los atributos de Simón Rodríguez hay buscarlos fuera de Bolívar. Subsidiariamente los de Roscio, los de Vargas, los de Cristóbal Mendoza y toda la pléyade de notables civiles. Las universidades venezolanas, los centros de investigación y profesionales de la historia se han encargado de limpiar el pasado. Han mostrado la nacionalidad venezolana con el rostro de la civilidad. Sin embargo, hay un empeño desde el discurso oficial en seguir cultivando el rostro de un personaje único como centro que sirve de eje para el constructo de la historia patria.

La piedra angular de la historia venezolana se ha cimentado sobre la épica del guerrero. El caballo, la lanza y la autoridad del mandamás son lugares comunes que definen la personalidad del país. La hipocresía social la viste de fémina envuelta, delicadamente, en un manto tricolor pero, la verdad verdadera es que si tenemos que humanizarla basta con quedarnos con la figura de Doña Bárbara. Y, es que no puede ser menos, la guerra de independencia, que es nuestro orgullo altivo, estuvo caracterizada por el pillaje, el saqueo, la viveza y oportunismo. No quiere decir que no hubo luces, sería una exageración de mi parte tomar solo la ruindad, más si es incuestionable, por lo menos desde el constructo histórico oficialista, que el discurso se ha estructurado bajo el ritornelo de la independencia.

El periodo que va del 19 de abril de 1810, con la conformación de un gobierno autónomo, hasta la conclusión de un ciclo que no termina el 24 de junio, como banalmente se cree, sino con la disolución de Colombia, la Constitución de 1830 y la ascensión de Paéz a la primera magistratura porque se rompe un ciclo donde no hay manera de seguir destacando la autoridad y liderazgo de Bolívar. Se fue creando el sentido histórico del venezolano, el contenido se focalizó en el ideario bolivariano hasta convertirlo en un canon, el evangelio según Simón Bolívar. De un solo tajo se diluyeron los personajes notables que pensaron la República, que es hechura civil y, hasta Bolívar se convirtió para esta historiografía en particular en un gendarme necesario para un pueblo inculto, incivilizado que no entendía las formas de la modernidad.

La independencia venezolana fue la guerra. Juan Germán Roscio es solo una anécdota para el maestro de escuela que pasa presuroso a narrar las campañas del grande hombre. Los debates del 3, 4 y 5 de julio antes de declarar la independencia no ven luz salvo para estudiantes de historia en universidades venezolanas. El preámbulo al combate, la conjura de los mantuanos y el 19 de abril rozan peligrosamente el mito, la fabula, la leyenda, la historia fantástica. Y, en todos ellos también está Simón Rodríguez, extraviado, diluido, difuso, la sombra de un hombre lo arropa hasta desaparecerlo en la oscuridad.

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