Cumbre histórica con desenlace incierto

Por Armando Durán

@aduran111

 

 

 

En la sesión inaugural de la VII Cumbre de las Américas, el pasado viernes al caer la noche, se esperaba lo mejor: Barack Obama y Raúl Castro, sonrientes aunque vagamente recelosos, se estrechaban la mano ante las cámaras de los reporteros gráficos en un gesto histórico, algo así como el anuncio de grandes cambios por venir. Las fotos de ese saludo ocupaban el sábado por la mañana las primeras páginas de todos los periódicos del planeta. Horas más tarde, con la tanda de discursos de la primera sesión plenaria, sin embargo, una duda ensombreció ese optimismo. A pesar de que la solución del conflicto entre Estados Unidos y Cuba no tiene vuelta atrás, la cumbre puede en realidad tener, en el mejor de los casos, un desenlace incierto.

 

Es lógico pensar que Obama quería aprovechar el escenario de la cumbre, con todos los jefes de Estado y de Gobierno del hemisferio como testigos excepcionales de su decisión de ponerle punto final a una crisis excesivamente antigua, último y anacrónico vestigio de una guerra fría que terminó hace 26 años, pero tal vez se equivocó. En su intervención de ocho minutos, quizá con el propósito de convencer a dirigentes políticos de su país que no comparten su decisión, Obama advirtió que él no era prisionero de la ideología ni del pasado, que a él sólo le interesan las cosas “tangibles.” 

 

Por muy estadounidense que sea el utilitarismo como principio esencial de la filosofía dominante en Estados Unidos tal como la desarrolló William James, cabe preguntarse si por muy pragmático que se sea es posible ser jefe político de una superpotencia como Estados Unidos sin amparar sus acciones en la historia y en el pensamiento político. Peor aún, al seleccionar la cumbre como espacio para emprender su decisión de normalizar la relación de Washington con La Habana, Obama perdió de vista el hecho de que, al hacerlo, entraba en un terreno ajeno por completo a su confesada preferencia por las realidades prácticas sobre las intangibles especulaciones retóricas, tan típicas de los políticos latinoamericanos, especialmente de los que se mueven como peces en las aguas del dominante antiimperialismo tercermundista.

 

El segundo error de Obama fue firmar, apenas unos días antes de la cumbre, el explosivo decreto que, para poder sancionar a 7 funcionarios del régimen madurista por corrupción y violación de los derechos humanos durante la represión de las protestas callejeras del año pasado, tuvo que recurrir al protocolo de denunciar al gobierno venezolano como una amenaza extraordinaria a la seguridad interna de Estados Unidos. ¿Debió esperar a que terminara la cumbre para introducir un ingrediente altamente controversial que bien podría perturbar su objetivo de hacer finalmente las paces con la revolución cubana? En todo caso, esa firma puso en manos de Nicolás Maduro un mecanismo mortífero, porque era fácil confundir sanciones con nombre y apellidos de 7 funcionarios con sanciones a Venezuela como nación, similares a las que hace más de 50 años se le aplicaron a Cuba, que es lo que ahora Obama pretende rectificar.

 

Rafael Correa, Dilma Rousseff, Cristina Fernández, Evo Morales, el propio Maduro y, por supuesto Raúl Castro al final de su interminable memorial de agravios porque “desde hace muchos años no me dejaban hablar”, no desperdiciaron la ocasión para cantar a coro los desmanes imperiales de Estados Unidos en América Latina. Y aunque Castro le pidió disculpas a Obama por su recuento histórico de 56 años de agresiones a Cuba y a América Latina, pues él no había tomado parte en ellas y nada le debía a la isla, lo señaló como quien a pesar de querer normalizar las relaciones con Cuba, ahora pretende repetir esas agresiones con Venezuela. Según sostuvo Evo Morales en su intervención, los pueblos de América Latina ya no son obedientes, saben lo que dicen y hacen lo que dicen. “Déjenos vivir en paz.” Y para ello, el grupo, incluyendo a Cuba, le exigió a Obama derogar el dichoso decreto, petición que pocas horas después, a nombre de su gobierno, Roberta Jacobson rechazó de manera terminante.

 

Habrá que esperar y ver si en verdad Obama puede impulsar una “nueva era de relaciones” entre las dos Américas, o tantos años después Cuba está a punto de imponer en el continente su visión revolucionaria, socialista y antiimperialista.

 

Fuente: Contra esto y aquello 

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