Ha llegado la hora

0 ha llegado la hora - renuncia

Lo ideal es la paz. Calma y cordura, es decir, más tiempo. Pero como eso es poco probable, y hasta innatural, la pandilla mafiosa de la dictadura debe estar deseando que las fuerzas de la oposición decidan que los caminos sean, o la enmienda constitucional o el referendo revocatorio.

Luego de la IIGM, la tensión ente algunas facciones árabes amenazaba con escalar rápida y ferozmente a una guerra tribal que consumiría toda la península. El gobierno y los intereses de Gran Bretaña se verían seriamente afectados, por lo que un acreditado Almirante fue enviado para tratar de evitar el conflicto en la región. Sus instrucciones eran claras y precisas. De ninguna manera debía parecer partidario de alguna facción, prometerles algo u ofrecer consejos siquiera.

El Alto Oficial británico les informó a los Jeques—“Como Almirante de las Fuerzas Navales Imperiales, estoy aquí bajo estricto mandato del Gobierno de su Majestad y, como tal, tengo solo dos instrucciones, dos directivas precisas, innegociables e inalterables. Mi primera ordenanza es que todas las facciones deben sentarse de inmediato a dialogar, negociar y resolver sus diferencias. De no ser exitosa esta primera orden entonces me veré obligado a ejecutar la segunda.”—dijo y volteó hacia la bahía donde estaba anclado su gigantesco navío.

Sin cuestionar sus órdenes, este Almirante se apoyaba en la trayectoria histórica de Gran Bretaña que con ayuda de las facciones árabes habían retirado a los otomanos de la región. Pero también sabía que el agotamiento “imperial” era patente y pudiere ser visto como debilidad. Una oportunidad para todo tipo de jugadas, intrigas y hasta insurrecciones. Pero también sabía con quienes estaba tratando y que quienes lo escuchaban sabían del enorme poderío del Imperio británico y en particular el poder destructivo del barco de guerra anclado en la bahía, aunque no supieran sus limitaciones. Por supuesto que el mayor aliado del Almirante era la guerra mundial que acababa de concluir dejando al mundo lacerado, hediondo a sangre y pólvora.

En efecto, el Almirante logró que los Jeques se sentaran en torno a una mesa a negociar sus diferencias y al cabo de unos días las facciones habían derogado sus argumentos belicosos. El Almirante no tuvo que pasar a ejecutar su segunda orden. Si la mesa de negociación no lograba que se impusiese el entendimiento y la cordura, el segundo mandato del Almirante era retirarse y zarpar sin demora.

No está claro si el enorme poder que representa la ciudadanía es comprendido por la oposición empoderada, electa para guiarnos. Y esa autoridad no aflora del hastío intensivo ante tanta corrupción y despotismo sino del instinto más poderoso y antiguo de la raza humana. El instinto de supervivencia. Cierto que este enorme poder no es efectivo sin visión y liderazgo. De lo contrario, las multitudes sirias no estarían muriendo o huyendo de sus hogares por millones. Ya hubiesen detenido a los agentes de al-Assad y a los autómatas fanatizados del DAESH.

Enrique Capriles, candidato perpetuo, explica que pedirle la renuncia a Maduro no es el camino porque la renuncia es un acto voluntario. La cual aceptó. En efecto, este tipo de lógica simplona perturba. En parte repica y explica porqué un puñado de delincuentes han tenido esclavizado a todo un país por tanto tiempo. POR SUPUESTO que la renuncia es un acto voluntario. Toda renuncia, sea de facto o formal, sea para un cargo público, electo, heredado o privado, es un acto de voluntad.  Llámese dimisión entrega del mando, abdicación, deserción del puesto, jubilación o lo que se quiera. Por supuesto que forzar al Presidente, sea de una empresa o de una nación, a ejercer su voluntad y renunciar, requiere presión. Quisiera saber si los directivos de la FIFA se despertaron un buen día y renunciaron sobrecogidos con cargos de conciencia.

Cuando los ciudadanos salimos por cientos de miles a exigirle la renuncia a Chávez en abril del 2002, lo hicimos para compeler su voluntad. Lo logramos. La cual aceptó. Y esa manifestación del poder ciudadano debería ser vista como uno de los actos más heroicos de la historia. Nadie salió a dar un golpe, matar o destruir. La marejada humana era sociedad CIVIL y sus armas eran pitos, banderas y consignas. Lo que sucedió después es otro tema y dibuja por un lado la imbecilidad de la eterna oposición, su falta de memoria y su jactancia.

Chávez renunció en el 2002 porque se vio forzado a hacerlo voluntariamente. “Por ahora” No creo que lo torturaran. El Cardenal sabe. Pérez Jiménez se encaramó voluntariamente en su Vaca Sagrada dejando su Presidencia vitalicia. Nixon renunció abrumado por la amenaza del “impeachment”. Pinochet fue forzado a abandonar el poder y renunciar a su sultanato militar por un referendo. Desde Bonaparte hasta Gorbachov en un momento de salidas postradas renunciaron voluntariamente.

0 ha llegado la hora - linea 30El primero, de una larga lista de Primeros Ministros británicos en renunciar voluntariamente fue Lord Snow luego de haber sido cuestionada su actuación en la guerra que le perdió a la corona sus colonias norteamericanas. EL último Primer Ministro británico en renunciar fue probablemente el más sobresaliente del siglo XX, luego de Churchill. Margaret Thatcher, luego de 11 años en el poder, y alistándose para una nueva elección (que hubiese ganado), fue forzada a renunciar…voluntariamente. Luego de muchos conflictos referentes a la entrada del país en la Unión Europea, perdió el soporte de su gabinete y de su ala parlamentaria. Geoffrey Howe, su más confiado y reposado colega y aliado, su vice-primer ministro renunció a su cargo en el gobierno. “La hora ha llegado para que otros consideren sus propias respuestas referentes al trágico conflicto de lealtades con los que yo mismo he luchado quizás por demasiado tiempo.” La intransigente y obstinada posición de la Dama de hierro sobre la unión europea selló el desenlace que, como Howe explicó en su crónica, “La insistencia en la indivisible autonomía  de su propia opinión vestida de autonomía nacional fue su propio acabose.”

Las mociones de censura, o de no confianza de la mayoría de los parlamentos europeos deriva indudablemente a la renuncia voluntaria del gobierno vigente. Una moción de no confianza no solamente es aplicable cuando hay o se sospecha que hay actos de corrupción, violación de derechos humanos o pérdida de la legitimidad sino, como lo infiere el título, cuando la mayoría de la Diputación electa estima que no hay suficiente confianza en un gobierno para que pueda seguir dirigiendo o administrando la nación. Es una válvula de escape.

En Venezuela esa iniciativa no existe y sin embargo un Presidente constitucional electo fue forzado por las instituciones democráticas (Fiscalía, Corte Suprema, Congreso Nacional) a renunciar de su cargo voluntariamente. … “No me defenderé porque no tengo nada de que defenderme. … Tal como lo establece la Constitución Nacional, procederé inmediatamente a entregarle el cargo al Presidente del Congreso, con el fin de que el Parlamento proceda a designar a la brevedad posible a quien ha de encargarse de la Presidencia, mientras se decida el juicio contra el Presidente de la República.” Y así, Carlos Andrés Pérez no solamente fue forzado a renunciar sino que estuvo preso al Retén Judicial de El Junquito y de allí, por su edad, pagó su condena en arresto domiciliario en su residencia hasta 1999.

La memoria es corta y la imaginación dispersa. Cuando se redactó la Constitución para Chávez en 1999, se incluyó el altisonante concepto del “referendo revocatorio” y otros barnices que taparían su vocación militar, su instinto golpista y su distintivo totalitario. Así que en Venezuela no es el Parlamento electo, la Casa del Pueblo sino el pueblo mismo quien decide si un Presidente puede seguir en su cargo. Suena bonito pero es perverso. Para quienes ya olvidaron lo que significa esta papa caliente solo vale recordar las palabras de Chávez cuando en el 2003 tuvo que temblar ante el peligro que representaba el trámite creado por él … “los que firmen contra Chávez estarán firmando contra la patria, contra el futuro … quedará registrado para la historia, porque va a tener que poner su nombre, su apellido, su firma, su número de cédula y su huella digital.”

Forzar la renuncia de Maduro es un acto de voluntad, cierto que solo puede lograrse si la voluntad de millones de vidas es encausada por la voluntad de un puñado de líderes de la oposición. Es la firma de la que dependen millones de vidas. La única voluntad que es inalterable es la de Dios, cuyo tiempo es perfecto. Líderes como Leopoldo López, María Corina Machado y Antonio Ledezma han sacrificado seguridad y libertad, han bregado con coraje y sin pausa para despertar la decencia cívica por encima de la conveniencia. Pero no han sido del todo exitosos. Por ahora.

La película ganadora del Oscar de la Academia este año fue “Spotlight” que de una manera serena nos trae algo que valdría la pena recordar hoy. Es un reportaje del momento en que la prensa libre, sin amarillismos ni agendas ocultas decidió recordarle a la opinión pública que la Iglesia Católica, so pretexto de defender la integridad de la milenaria institución religiosa, utilizó todos los recursos a su disposición para encubrir a sacerdotes culpables de crímenes horrendos. Esa institución, que es un pilar moral de la comunidad, olvidó salvaguardar no solamente la legalidad sino la dignidad de las víctimas, que en este caso eran niños.

En Venezuela vivimos paradojas similares. De pánico y estupidez (por no decir valores invertidos). A la jerarquía de la oposición, so pretexto de mantener la paz, la institucionalidad y el tiempo de Dios, se le ha olvidado defender no solamente la dignidad de sus seguidores sino la vida misma.

No se puede decir que la oposición se ha mantenido indolente o indiferente ante los abusos y el avance del totalitarismo clientelar. El asunto es de prioridades. Todos sabemos que la oposición ha denunciado, acusado, luchado, no hay instancia que no se intentara. Pero hoy, con el país en las tinieblas, sin agua, seguridad, con niveles de carestías alimenticias y farmacológicas de post-guerra, el partido Primero Justicia (nunca sé si llamarlos Primerizos, Justicieros o pejotistas) anuncia que el revocación de Maduro es dentro de siete meses, en Octubre. Para ese entonces, habrán avanzado en las elecciones de gobernadores. Si este ejemplo de mezquindad o de prioridades invertidas no basta, me explico con  este segmento del discurso de Jorge Olavarría el 5 de julio de 1999, en tiempos en los que nos debutábamos en lo que se volvió costumbre, dejamos a un lado la democracia, el deber ser y le abríamos las puertas al caballo de Troya del despotismo:

“Ha llegado la hora señores, ha llegado. Ha llegado la hora Señor Fiscal General de la República, Señora Magistrado de la Corte Suprema de Justicia.” (Ya dicha Magistrado se había retirado de la sala, indignada y en ese momento Enrique Capriles  bajaba la cabeza avergonzado, arrepentido de quien sabe qué) … “Ha llegado la hora de recordarle al Presidente que los poderes que él ofende, que él amenaza, merecen tanto respeto como el señor Presidente tiene el derecho de esperar de ellos y de todos nosotros. Pero estos poderes, además de ser acreedores del respeto, tienen un poder y unas facultades positivas que el Presidente no debe desconocer o menospreciar. El Artículo 192 de la Constitución establece: «El Presidente de la República es responsable de sus actos de conformidad con esta Constitución y estas Leyes».

El Artículo 121 de la Constitución, advierte que el ejercicio del poder por el Presidente de la República «acarrea responsabilidad individual por abuso de poder o por violación de la Ley». El artículo 46 de la Constitución establece que si el Presidente de la República ordena o ejecuta un acto que viole o menoscabe los derechos garantizados por la Constitución «incurre en responsabilidad penal, civil y administrativa, según los casos». La responsabilidad penal del Presidente de la República no es inmune a las consecuencias de la comisión del delito de abuso de autoridad por actos arbitrarios, y del delito de incitación a la desobediencia de las leyes. La Corte Suprema de Justicia en pleno, tiene competencia para declarar si hay o no méritos para el enjuiciamiento del Presidente de la República. La Ley establece que la acusación del Presidente de la República ante la Corte Suprema de Justicia es derecho de «cualquier ciudadano». El Ministerio Público, también tiene esta facultad, según lo establece el Artículo 220, ordinal 5º de la Constitución. A la acusación deberán acompañarse «los documentos, testimonios, informaciones de nudo hecho u otros medios de prueba que acrediten los hechos sobre los cuales ha de versar el juicio». Recibida la acusación, la Corte Suprema de Justicia debe decidir si hay o no mérito para proseguir el enjuiciamiento dentro de las 10 audiencias siguientes de su presentación. Si la Corte decide que hay méritos, lo debe participar inmediatamente a la Cámara del Senado, o a la Comisión Delegada. El Senado está facultado para autorizar por el voto de la mayoría de sus miembros el enjuiciamiento del Presidente de la República. Hecho esto, el Presidente «quedará suspendido en el ejercicio de sus funciones» …tal como lo establece la constitución que está viva y está vigente … El Presidente ha dicho reiteradamente que no le importa que lo enjuicien.    A quienes me escuchan…y a quienes no me quieren escuchar…repito, quienes me escuchan… y a quienes les compete hacerlo, debe importarles. Si no lo hacen, no será por falta de causales. Antes de venir aquí medité mucho acerca de lo que en esta hora y desde esta tribuna debía decir. Un viejo y sabio amigo me había aconsejado: «Deja hablar al venezolano angustiado que tienes dentro»… Eso es lo que he hecho. Yo no sé si he acertado con lo que se debe decir en este momento. Sólo sé que he hablado como mi conciencia me lo manda. Eso me basta. “¡¡¿Qué más se puede decir para sacudir a los venezolanos que me escuchan y sacarlos de su apatía, de su conformismo,…de cobardía cívica… para alertarlos de lo que puede suceder y va a suceder si se deja pasar lo que se está diciendo y se está haciendo?!!”.

Jorge Olavarría
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