El Síndrome

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Patología (y sus muchos derivados) nos llega del griego, de pathos que es sufrir o sufrimiento. Y apático es sin-dolor, es decir, alguien incapaz de sentir, de entender el dolor, generalmente el ajeno. Indolente, si llevado al latín.  “La opinión pública occidental es apática ante el sufrimiento del pueblo norcoreano” Lo contrario es la empatía que es proyectarse en el dolor ajeno cuyo concepto se diluye hasta simpatía, que es la condición del apego. Luego está patológico que es originador (o genes) de sufrimiento o enfermedad, y por último la palabra patético que se deforma en su esencia cuando la utilizamos para caracterizar lo ridículo o lo estúpido, conmovedor, enternecedor o lo irremediablemente inútil. Porque ¿qué puede ser más patético que alguien adepto, predispuesto o inclinado al sufrimiento propio?

Es verdaderamente patético y se merece exigua empatía y menos simpatía quien se hace apático ante el daño o el dolor propio. O su amenaza. Fumar es patético.

De la larga lista de condiciones patéticas, probablemente la más dramática sea el “síndrome de la mujer apaleada”. La mujer que permanece en una relación tóxica y hasta letal es probablemente uno de los efectos o herencias del pasado más cargados de estupidez. Es patético.

Pero este síndrome no afecta solo a las mujeres. Cualquier persona, una comunidad o una nación pueden ingresar en relaciones perversas con el poder. Cuando el poder se vuelve abusivo, se ingresa en un laberinto de negaciones absurdas. Se racionalizan los abusos como sucesos pasajeros, circunstanciales, accidentales y hasta cambios necesarios. De nada sirven las advertencias o la racionalidad porque cualquier intento de ayuda externa no es escuchado. El patrón se delata temprano aunque la víctima no haya calculado lo que le depara el futuro. La “mente mágica” les anuncia que todo abuso es para que las cosas mejoren.

El tiempo de Dios es perfecto. La víctima aprende a no escuchar su propio instinto de supervivencia –que, sea dicho, se puede desconocer pero no se puede callar del todo. Cuando, inevitablemente, el abuso y la violencia se hacen más intensos o constantes, finalmente la victima reconoce que hay un “problema”.

Que un rehén se vuelva cooperante y hasta muestre solidaridad o empatía con su captor es entendible. Aumenta las probabilidades de supervivencia. Los individuos y las sociedades aprendemos a tolerar el abuso de poder por las mismas razones. Posponemos la decencia porque pareciera aumentar nuestras posibilidades de supervivencia. Y cuando nos acostumbramos a tolerar el abuso, aun sin quererlo, lo avalamos. Lo hacemos perpetuarse. La mujer que es golpeada continuamente hereda el comportamiento sumiso de los esclavos, o de los judíos que resignadamente hacían colas para entrar a las cámaras de gas en los campos de exterminio, o de las mujeres y niños tomados cautivos luego de un saqueo de una tribu enemiga, o de los homosexuales siendo llevados a la plaza para ser decapitados por jihadistas o del restaurante que es cerrado por la Guardia Nacional porque la noche anterior algún comensal le gritó algún improperio a un Ministro enchufado. En diferentes grados, son herencias nefastas—de sumisión en nombre de la supervivencia. Y hay una enorme diferencia entre el acatamiento y la sumisión. El acatamiento al menos es un acto racional. La sumisión es patéticamente instintiva.

Isaías 53:7

Maltratado y humillado,
ni siquiera abrió su boca;
como cordero, fue llevado al matadero;

como oveja, enmudeció ante su trasquilador;
y ni siquiera abrió su boca.

 

Las estadísticas suministraran alguna esperanza aunque no vislumbran algún nivel de mejora. El abuso a nivel personal, grupal y estadal persiste. Pero la esperanza surge, si acaso, porque las estadísticas HOY hacen algo que deberían hacer las personas apenas reciben el primer golpe que debuta una relación abusiva. Las estadísticas sinceran el asunto, lo que puede ser un instrumento muy valioso. Hoy sabemos más porque tenemos más data confiable y la tenemos más pronto que cualquier generación precedente. Esa data nos advierten que –como sociedad—hemos tolerado y hasta avalado el abuso, y que tenemos un problema serio que no se va a reparar solo.

Tampoco se mejora invirtiendo el asunto. Cuando se abren las puertas del infierno, sea para hacer sufrir a los inocentes o vengarse de los tiranos, igual se abren las puertas del infierno. La reacción visceral de la sociedad puede que se centre en aumentar la omnisciencia del estado, extender los castigos, y ese tipo de cosa. El fuego no se aplaca con fuego. Es un problema heredado, impreso no solo en la configuración psicológica individual sino en la genética social. Lo que hagamos con estas estadísticas estructurará los tiempos por venir.

Necesitamos, como especie, una nueva mente. Es hora que el lenguaje, que nos separa de las bestias, deje de ser utilizado por bestias para satisfacer o perpetuar sus primitivas patologías y complejos. Patético, en efecto, es darles poder. Es hora de aislar al populista, al demagogo y a quienes tienen el perverso don de animar el lado bestial de nuestras mentes, que está lleno de emotividad, particularmente miedo, susceptible a volverse odios. Y este fenómeno se está dando. El despotismo está como nunca en la historia, retrocediendo. Dios mediante, está librando su última batalla. Que los abusos y las atrocidades (desde los que perpetran en medio oriente hasta en nuestras calles) nos inunden el día y lleguen hasta a nuestros hogares y bolsillos, no significa que el mundo esté barbarizándose. Las estadísticas lo demuestran.

Lo que estamos presenciando, sea en la política, la religión y cualquier ámbito de la actividad humana, es la ferocidad con la que la iniquidad primitiva y el abuso están negándose a ceder su hegemonía. En esta, la era conceptual, se está librando una batalla contra la superchería del troglodita ególatra, mandón, supremacista, divisionista, racista, sexista y abusivo. Lo que hemos sufrido en Venezuela y en muchas naciones es el último aliento de la opresión. El despotismo levantando la vox por última vez. Hoy vemos que se niegan a regresar a las cavernas o los cuarteles o las corporaciones de las que salieron.

Estos entes, prehistóricos y patológicos para la sociedad y para el mundo, pareciera que se robustece en los Estados Unidos en el verbo de Donald Trump. El bienestar de las naciones y el destino de los individuos libres dependen de que a estos malsanos personajes, las sociedades no les entreguen voluntariamente los cetros del poder.

La única forma de detener las relaciones abusivas es contrarrestarlas. Sabemos que el abuso sexual no tiene mucho que ver con gratificación erótica. Tienen que ver con poder—superioridad, dominación, sometimiento. Así, igual que estos personajes están motivados esencialmente por patologías primitivas, hay que apelar a su sentido de persistencia haciendo el abuso inconveniente y no solamente temerle a las consecuencias si es atrapado, sino a evitar el momento.

No se detiene el abuso sancionando con otras variables del abuso (por muy merecido que parezca). Más que abandonarlos y castigarlos hay que aislarlos. Hay que detener el ciclo evidenciándolos por lo que son, y no como venganza, sino para que quede plasmado en la opinión pública que los atropellos con cualquier tipo de poder sea corporal, administrativo, sexual, financiero o político son perniciosas (obviamente para el abusado) pero también para el abusador. Y aunque este postulado suena ilusorio y hasta irrealizable, no lo es.  Las relaciones abusivas son contagiosas y exponenciales. La patología comienza en el individuo y se extiende a la sociedad, a las instituciones (públicas y privadas), a las naciones y hasta a los imperios.

De los sistemas abusivos, el más tóxico es al autoritarismo. Lo heredamos desde tiempos de la colonia pero estamos a la vuelta de librarnos de él. Es el poder ejercido sin escrutinio, sin frenos o controles. Es el— ¡exprópiese! pero también el— ¡por ahora! de Chávez.

Un ejemplo nimio, de la punta del iceberg, de esta patética condición de avasallamiento tolerado que se hace costumbre (y de cómo se puede neutralizar) son las cadenas presidenciales. Veamos que a tres meses de una nueva asamblea legislativa, nadie ha tenido la iniciativa de proponer una ley que regule las cadenas presidenciales. ¿Es que acaso regular este abuso, esta aberración, sería conculcarle la libertad de expresión al presidente? Queda claro que tenemos una traba mental grave si asumimos que la autoridad es, por raciocinio, autoritaria.

Es entendible que un gobernante quiera comunicarse con toda la población en tiempos de alguna malaventura. Ocurriría en cualquier parte del mundo. Pero eso no es ni ha sido el caso con las millones de horas de cadenas desde la llegada del despotismo chavista. ¡Así, así es que se gobierna!—. Y nos acostumbramos al punto que, repito, nadie ha propuesto limitarle ese poder al poder ejecutivo. Asumimos que abusar (y no solo de esa facultad) es una de las potestades del presidente y su infeliz gobierno.

El poder judicial HOY perfectamente puede entregarle una ley y explicarle al desesperado presidente que, a partir de HOY, para poner en cadena a todo el país, a todas las emisoras y estaciones, tiene que tener una razón de peso, sea alguna emergencia o algún anuncio ineludible (i.e. como su renuncia). Que si quiere hablar horas de la farfolla que quiera; de guerras económicas, de las maravillas de su revolución, que utilice VTV, el canal de todos los venezolanos, para aliviar su patética diarrea mental.

Igual que el cristianismo germina del, y es una herejía del judaísmo, el Islam es una mezcolanza, un  arroz con mango plagiado del judaísmo y del cristianismo; un sinnúmero de conceptos robados y ajustados a un lugar muy primitivo y un tiempo muy remoto para lograr el absoluto y completo control del individuo. El mercader-profeta-guerrero-genocida-visionario-dictador que fundó el islam, impuso un orden, quizá necesario en su tiempo, y le legó al mundo una de las religiones más absolutistas, paternalistas, crueles y feroces. Este profeta, aunque con deferencias bipolares hacia los judíos y cristianos a quienes llamaba “el pueblo del libro”, por otro lado consideraba que los adeptos de las religiones politeístas, particularmente el zoroastrismo y el hinduismo, no se merecían ni la más mínima consideración o compasión. Eran escoria y su religión bazofia. Por lo tanto, cierro esta pieza con algunos de los hermosos preceptos del zoroastrismo –ya que todas las religiones producen concepciones hermosísimas, (incluso el Islam.)

Los preceptos más importantes del zoroastrismo son: “Humata, Hukhta, Huvarshta.”

Produce… Buenos pensamientos. Buenas palabras. Buenas acciones.

Haz lo correcto solo porque es lo correcto. Todos los beneficios te llegarán posteriormente.

Solo hay un camino y ese camino es la verdad. (Yo añado que—solo hay un camino y ese camino es la búsqueda de la verdad.)

Jorge Olavarría
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