No hay más palabras

Palabras

El jueves siete de agosto no había despertado con la intención de buscarte; la vida sin ti era normal, incluyendo los grandes torbellinos emocionales a los que me enfrentaba de vez en cuando y de los que lograba salir decididamente.

Te deseaba, pero aún no era el momento para que vinieras. Durante esa espera llené cada espacio con artificios: mis días eran como cajas musicales a las que daba cuerda una y otra vez cuando la melodía acababa hasta que cerraba la tapa y al día siguiente la volvía a levantar dándole cuerda de nuevo. Subí montañas, me bañé en el verde oscuro y frío del mar, caminé por la calle y hablé con extraños de sus vidas que no me importaban, inventé la felicidad y subí más montañas, me bañé en ríos de agua turbia y me despedí de los extraños de la calle una vez más hasta que al final de ese día, una tarde fresca a mitad de año, él te trajo a mí.

Fueron breves los minutos de aquel encuentro inesperado. Breves como la brisa que pasaba entre los árboles y entraba por la ventana. Breves como la duda al soltar el botón y como esto que ahora mismo digo porque no hay más palabras. Fueron breves el acto y la concepción, la razón y la estadía de tus horas en mí. Infinito el duelo que nueve meses más tarde me sigue a todas partes y largo y creciente el lamento por haberte perdido antes de saber que habías llegado.

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