Las guerras del fin del mundo

El periodista Jimmy Barclays conoció al escritor Vargas Llosa en un restaurante de comida china, al que Vargas Llosa tuvo la gentileza de invitarlo. Barclays, con dieciocho años, publicaba una columna diaria de opinión política, «Banderillas», en el diario «La Prensa» de Lima. Vargas Llosa acababa publicar una novela, «La guerra del fin del mundo», que Barclays había leído, maravillado. García Márquez había ganado el premio Nobel de Literatura. Residente en Londres, Vargas Llosa era ya un liberal, se había sacudido de sus taras izquierdistas.

Unos meses más tarde, Barclays entrevistó a Vargas Llosa en la televisión. El escritor no esquivaba los temas políticos. Se decía que quería ser presidente de la nación. Barclays lo admiraba tanto que se puso muy nervioso. La entrevista se emitió en directo. Barclays trató de decir la palabra «recóndito» y, debido al miedo escénico que le provocaba estar con Vargas Llosa en televisión, se le enredó la lengua, se trabó y fue un momento en extremo bochornoso para él. Sintió que había fracasado, no había estado a la altura de su interlocutor. Terminada la entrevista, Vargas Llosa tuvo la elegancia de no aludir al modo hilarante en que la palabra «recóndito» se le escondió a Barclays en una zona recóndita de su lengua o su cerebro.

Poco tiempo después, Barclays se peleó en televisión con el presidente de su país, Alan García, un joven charlatán de izquierdas, a quien acusó de estar medio loco y haber sido dormido clínicamente, sometido a una «cura del sueño». Rencoroso, el presidente se enfadó tanto con Barclays que lo hizo despedir de la televisión. Barclays tuvo suerte: fue fichado de inmediato para conducir un programa sobre política internacional en Santo Domingo, República Dominicana. Los cinco años que el presidente de izquierdas destruyó al Perú con sus políticas demagógicas, Barclays pasó más tiempo en Santo Domingo, donde vivía en los mejores hoteles, que en Lima. Estando de paso en San Juan, Puerto Rico, se encontró con Vargas Llosa, quien, en un gesto extremadamente generoso, lo invitó a cenar y, enterado de que Barclays pasaría una semana en esa ciudad, le sugirió que se alojase en la casa del cónsul de España en Puerto Rico. Barclays quedó impresionado por la desmesurada amabilidad del escritor, quien habló con el cónsul español, Juan Ignacio Tena, y le pidió que recibiera en su casa al trotamundos periodista peruano. El cónsul, «Juanchín» Tena, que había sido embajador en el Perú, no dudó en invitar a Barclays a su mansión. Mejor todavía para Barclays, el cónsul y su esposa viajaron al día siguiente de recibirlo. Durante una semana, Barclays se quedó solo, atendido por el numeroso servicio doméstico, en la mansión del consulado. Se dedicó a fumar marihuana en los jardines y la piscina de la mansión. Vivió días cinematográficos, de película. Se sintió un magnate o una celebridad o un embajador decadente. La marihuana la conseguía en las calles del Condado, cerca de la playa, y solía ser de buena calidad, aunque no tan buena como la que fumaba en Lima, donde vivía también en los mejores hoteles de Miraflores, y era un proscrito o un apestado para la televisión, cuyos jefes no querían incordiar al presidente, contratando a su bestia negra, el periodista Jimmy Barclays.

Al año siguiente, el presidente Alan García tuvo la pésima idea de confiscar los bancos privados y Vargas Llosa se opuso a semejante barbaridad, dando el salto definitivo a la política. En vísperas de un mitin en el centro de Lima, donde condenaría las políticas estatistas del presidente charlatán, Vargas Llosa llamó a Barclays a su casa en Barranco y le pidió que hablase unos quince minutos en el mitin, antes de que él pronunciase el discurso estelar de la noche. Honrado, conmovido, sintiendo que pasaría a la historia con mayúsculas, Barclays aceptó la invitación y preparó un discurso virulento, atrabiliario, contra su enemigo, el presidente de izquierdas que lo había echado de la televisión. Pero, unas horas antes del mitin, Vargas Llosa volvió a llamarlo con carácter de urgencia a su casa, lo llevó a su dormitorio, donde había colgado sugerentes pinturas eróticas, y le dijo que era mejor que no hablase. Alguien le había dicho a Vargas Llosa que Barclays era un fumador habitual de marihuana y un consumidor ocasional de cocaína y que, peor aún, había abandonado sus estudios de leyes en la universidad, para irse a vivir en Santo Domingo, donde llevaba una vida disoluta, libertina, saltando de cama en cama. A pesar de que había ensayado durante horas su discurso frente al espejo, modulando la voz y agitando los brazos, y se sentía preparado para ejecutar una notable pieza oratoria, Barclays tuvo que aceptar, derrotado, que no hablaría aquella noche, anunciando el fin del mundo en la plaza pública, a la que, sin embargo, acudió de todos modos para aplaudir, trepado en una tarima, a Vargas Llosa.

Meses después, quizás ya al año siguiente, un amigo de Barclays, que escribía artículos brillantes y combativos en una revista semanal de política, textos que firmaba con seudónimo, y que años después se convertiría en el columnista más influyente de la prensa peruana, le pidió que hablase con Vargas Llosa para conseguirle una carta de recomendación, a fin de ingresar en la escuela de posgrado en periodismo del diario «El País» de España. Barclays le pidió la carta a Vargas Llosa, haciéndole saber que su amigo era el punzante y agudo articulista en las sombras de la revista política. Como Vargas Llosa leía con admiración aquellos textos furibundos contra los charlatanes de izquierdas, no dudó en escribir la carta, recomendando al joven intelectual de derechas liberales, que, en efecto, entró en la escuela de periodismo en Madrid e hizo una descollante carrera periodística.

Cuando Vargas Llosa lanzó su candidatura presidencial, a despecho del escritor mexicano Octavio Paz, quien le aconsejó que no lo hiciera, una televisora de Lima fichó a Barclays y le dio un programa diario para apoyar la candidatura del escritor. Barclays volvió en olor de multitud a la televisión de su país. El programa fue un éxito. Todas las noches, cavaba una trinchera imaginaria, apuntaba con el fusil de su lengua viperina y disparaba tiros de grueso calibre contra los enemigos de Vargas Llosa, que eran también sus enemigos. A pesar de sus esfuerzos para que Vargas Llosa ganase la presidencia, a pesar de que entrevistó hasta a la esposa de Vargas Llosa para conseguirle más votos, a pesar de que cada noche salía en televisión con la vincha del partido de Vargas Llosa, el periodista Jimmy Barclays no pudo evitar que su admirado Vargas Llosa perdiera, y la derrota les resultó tan insoportable a ambos que decidieron irse del Perú, un país que les parecía suicida. Pocos días después de la derrota, Vargas Llosa invitó a Barclays a comer en su casa en Barranco, le agradeció con emoción y le dio un abrazo, para enseguida dirigirse al aeropuerto y abordar un vuelo a París. Meses más tarde, apenas expiró su contrato con la televisión, Barclays vendió su apartamento y su auto y se fue a vivir en Madrid.

Mientras Vargas Llosa se lamía las heridas y escribía sus memorias políticas en Berlín, Barclays escribía a mano, en un cuaderno, su primera novela. La comenzó en Madrid, donde vivió un año como turista, sin trabajar, y la terminó en Washington, donde vivió dos años más de sus menguantes ahorros, ya casado y padre de una hija que nació en esa ciudad. Cuando por fin concluyó aquella novela, se la envió por correo a Vargas Llosa, quien se encontraba dando clases en la universidad de Princeton, en las afueras de Nueva York. De nuevo, Vargas Llosa actuó con desusada generosidad: leyó el mamotreto de quinientas páginas, dijo que le había gustado y habló con sus amigos editores en España, hasta que, infatigable, convenció a los jefes de la editorial Seix Barral para que publicasen la novela de Barclays, a la que además apadrinó con una frase elogiosa que apareció en el cintillo promocional de la novela. Desde entonces, Barclays dijo que le debía a Vargas Llosa su carrera como escritor en España, que por suerte comenzó con buen pie, pues aquella novela vendió quince ediciones el primer año. Siempre que pasaba por Madrid, saludaba a Vargas Llosa, y a veces salían a cenar o al cine, y lo mismo ocurría cuando Vargas Llosa visitaba Washington, donde Barclays vivía. Vargas Llosa tuvo el buen tino de hacerse español. Barclays, tan pronto como pudo, se hizo ciudadano de los Estados Unidos, en uno de los días más felices de su vida.

Cuando cayó la dictadura de Fujimori, tanto Vargas Llosa como Barclays apoyaron la candidatura presidencial de Toledo, que había sido valiente en oponerse a los abusos de Fujimori. Pero, poco después, Barclays, de regreso en Lima, haciendo un programa de televisión, «El Francotirador», se peleó con Toledo, a quien acusó de no reconocer a su hija biológica de trece años, Zaraí, quien le escribió a Barclays, contándole su caso y pidiéndole una entrevista, y a quien Barclays entrevistó y pasó a apoyar sin rodeos. El escándalo de la hija negada de Toledo provocó entonces la primera guerra del fin del mundo entre Vargas Llosa, que continuó apoyando a Toledo, y Barclays, que le declaró la guerra a Toledo, a quien acusó de canalla, tramposo y mentiroso, y exigió en vano hacerse una prueba genética, a fin de reconocer a esa hija que negaba con tanta desvergüenza. Así las cosas, Vargas Llosa fustigó a su antiguo protegido Jimmy Barclays, llamándolo «chismoso, intrigante y snob», y Barclays defendió la candidatura de una señora puritana de derechas, que no pasó a la segunda vuelta. Ya en el balotaje, Vargas Llosa siguió apoyando resueltamente a Toledo, mientras Barclays, puesto a elegir entre dos candidatos que no le gustaban para nada, Toledo y Alan García, anunció que votaría en blanco, y lo mismo hizo el hijo mayor de Vargas Llosa, Álvaro, íntimo amigo y colaborador de Toledo, su seguro ministro de exteriores, quien tuvo la decencia de romper con Toledo por el escándalo de la hija negada. Debido a ello, el hijo mayor de Vargas Llosa se distanció de su padre y dejó de verlo dos o tres años largos. Vargas Llosa culpó a Barclays de haber envenenado a su hijo contra él. Toledo ganó la presidencia, mandó a sus sicarios a tirarle huevos y pintura amarilla a Barclays y a enjuiciar con trampas y amaños al hijo de Vargas Llosa, que tuvo que escapar clandestinamente del Perú, escondido en el baúl de un auto, y marcharse al exilio en California.

Unos años después, Vargas Llosa y Barclays se encontraron en la feria del libro de Guadalajara, México. Vargas Llosa le dio un abrazo y le dijo cosas cálidas y elogiosas, dando por zanjada la querella. Como era él quien había atacado a Barclays en los periódicos, y Barclays, guardando prudente silencio, no lo había vapuleado en represalia, Vargas Llosa no tuvo grandes dificultades en perdonarlo y hacer las paces con él. Además, ya se había reconciliado con su hijo mayor. Además, Toledo, desde el poder, había reconocido por fin a su hija negada. El tiempo, en cierto modo, le había dado la razón a Barclays, y se la daría definitivamente unos años después, cuando se conocería que Toledo, siendo presidente, recibió sobornos por más de treinta y cinco millones de dólares. Aquella noche en Guadalajara, Vargas Llosa y Barclays fueron a cenar juntos. No sabían que sería la última vez que se verían.

Porque, lamentablemente, volverían a pelearse, y de nuevo por culpa de los políticos. En unas elecciones presidenciales, Vargas Llosa apoyó al candidato de la izquierda chavista, el excapitán Humala, acusado de asesinar extrajudicialmente a sospechosos de terrorismo, y Barclays, enemigo radical de toda forma de izquierda chavista desembozada o encubierta, adversario bilioso de Humala desde que este comenzara su aventura política financiado por el espadón venezolano Chávez, anunció que votaría por la hija del exdictador, la señora Fujimori. De nuevo, Vargas Llosa y Barclays se fueron a la guerra del fin del mundo: uno decía que el mundo se acabaría si ganaba la señora Fujimori y el otro, no menos apocalíptico, gritaba en televisión que el mundo se acabaría si ganaba el señor Humala. Barclays acusó a Vargas Llosa de rencoroso, de odiar a la señora Fujimori solo por ser la hija del dictador, algo que ella no había elegido. Vargas Llosa, a su turno, declaró que Barclays era un desleal y un malagradecido, y recordó que él había apadrinado la primera novela de Barclays, quien ahora, ingrato, lo llamaba rencoroso por oponerse a la señora Fujimori. Al final, ganó Humala y, por supuesto, el mundo no se acabó. Pero la amistad entre Vargas Llosa y Barclays pareció sepultada por tantas palabras cargadas de vitriolo y acrimonia que se dijeron ambos, en medio de la guerra de guerrillas que fue aquella campaña electoral.

Han pasado más de diez años y no han vuelto a verse ni seguramente se verán. Barclays se arrepiente de haberse peleado de nuevo con Vargas Llosa, solo para defender a una jefa política y atacar a un fantasmón político. Esa jefa está presa y el fantasmón a buen seguro volverá a la cárcel porque ambos recibieron dineros indebidos. Barclays piensa ahora que es una pena y una estupidez que dos escritores se peleen por razones políticas. ¿Se pelearían dos políticos por razones literarias, porque uno defiende a un escritor y otro defiende a una escritora? La política, piensa Barclays, es un veneno, y no debería envenenar la amistad de dos escritores. No debió llamar rencoroso a Vargas Llosa. De hecho, Barclays no es menos rencoroso que su maestro. Y la literatura y el arte, piensa ahora Barclays, probablemente se originan en esa zona oscura llamada rencor.

Crédito: La Nación

Jaime Bayly
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