El perro y la gata

«Con trágicos resultados, el animal humano nunca cesa de esforzarse para ser algo que no es. Los gatos no hacen ese esfuerzo. Ellos poseen, al nacer, una felicidad que los humanos generalmente fracasan en alcanzar». (John Gray, «Los gatos y el significado de la vida»).

Hace unos años, cuando vivía a solas en una isla apacible de familias acomodadas, Barclays, escritor frustrado de novelitas menores, charlatán de televisión, odiaba a los perros y los gatos. Ahora vive con un perro y una gata.

De niño había crecido en una casa muy grande, con muchos perros. Los fines de semana, su padre, un déspota pistolero, le ordenaba recoger los excrementos de los perros. Era una tarea humillante para el niño Barclays. Odiaba a su padre, odiaba a los perros.

Barclays tenía una tía muy rica que pasaba la mayor parte del año en Londres. La mujer viajaba con un perro caniche, iba a todas partes con él, se daban besos apasionados lengua con lengua. Barclays veía a la viejita ricachona dándose lengüetazos con el caniche y pensaba: qué asco, qué inmundicia, qué cochina la tía Elsa.

También tenía un tío muy rico, soltero, homosexual, que vivía con un gato. Ese tío no podía entrar en la casona de los Barclays porque el padre de Barclays decía que a su casa «no entraban mariquitas». El niño Barclays admiraba a su tío con fama de «mariquita». Alguna vez su tío, que hacía alarde de una lengua viperina, le dijo en la playa:

-Mi gato es mucho más inteligente que tu papá y tu mamá. Tu papá necesita pistolas para sentirse importante: mi gato no. Tu mamá necesita creer en Dios: mi gato no. Todos los gatos son ateos. Cualquier gato es más inteligente que tú.

Tal vez porque en su fuero íntimo sabía que los gatos eran en efecto más inteligentes que él, Barclays, al crecer, al vivir solo, en hoteles, viajando, solía ver a los gatos con recelo o rencor, como si fuesen superiores a él, más felices que él.

Cuando Barclays ya vivía a solas en la isla de las familias acomodadas, el gato del vecino se aparecía por las noches, revolvía las bolsas negras de basura que había dejado el escritor, comía los restos de ciertos alimentos y dejaba los residuos y los desechos desperdigados en un entrevero maloliente. A veces Barclays lo pillaba en esa operación de rapiña, le arrojaba vasos de agua y lo insultaba. Odiaba a ese gato. Eran enemigos.

Barclays pensaba que vivir con un perro o varios perros era condenarse a vivir en un caos ruidoso y que vivir con un gato o varios gatos era condenarse a vivir con la perfidia en casa, con intrusos felones. No sabía cuán equivocado estaba, de qué mansos placeres se estaba perdiendo.

Cuando cumplió siete años casado con una mujer bastante menor que él, una mujer que en realidad parecía su hija, Barclays se llevó un gran disgusto: una noche, en el cine, aburrida de la película, mirando su celular, su esposa, sin pedirle permiso ni consultarle, compró un perro que llegó por avión una semana después. Ella lo llamó Leo, en honor al futbolista Leo Messi. Era pequeñito, de pelo ensortijado, marrón, y su mirada estaba impregnada de inocencia, ternura y bondad. Sus padres, un poodle y una bichón frisé, habían procreado una criatura estéticamente perfecta, éticamente insuperable.

En pocos días, Barclays dejó de regañar y se rindió de amor al perro. Ahora, tres años después, no imagina ya la vida sin él: lo deja dormir en su cama, se dan besos apasionados a lengüetazos, le acaricia largamente la panza, lo lleva de viaje con la familia, lo considera su hijo mimado. Es verdad que a veces Leo puede ser un tanto exigente en pedir atenciones y afectos. No es menos cierto que el caos que provoca es un desorden feliz, una behetría jubilosa.

Tiempo después, cuando ya el perro había conquistado a Barclays, la gata del vecino comenzó a aproximarse a lo lejos, curioseando, desconfiada. Vivía en la casa de unos vecinos uruguayos. En general, cuando veía a Barclays, olía el peligro y corría a esconderse. Barclays ignoraba que en cuestión de meses terminaría rindiéndose ante la gata del vecino y recibiéndola en casa como si fuese parte de la familia.

Fue la esposa de Barclays, amante de los gatos, quien sedujo a la gata del vecino, dejándole comida en el jardín de la casa, o en la puerta de calle. Poco a poco fue sirviéndole la comida más cerca de la casa, de modo que la gata perdiese el miedo. Le dejaba una comida de la mejor calidad, que tal vez superaba a la que le servían los vecinos. Por eso, la gata, llamada Gati, o así decía su collar, fue aproximándose cautelosa y sagazmente a la casa de los Barclays. Fue cuestión de tiempo para que se dejase acariciar por la esposa de Barclays, que le servía las más refinadas comidas enlatadas o envasadas, como distintos tipos de paté que la gata parecía apreciar.

El problema era que el perro, al ver a la gata comiendo en el jardín o en la terraza, le ladraba frenéticamente, con hostilidad, tratando de espantarla y ahuyentarla. Pero la gata, tan elegante, tan superior, ni lo miraba, lo ignoraba por completo.

En algún momento, la gata decidió entrar en la casa de los Barclays. El perro quiso atacarla y ella dio un par de zarpazos al aire que lo asustaron. Barclays se atrevió a acariciarla y la gata condescendió, se lo permitió. Ese fue el principio de un enamoramiento sin remedio. Ahora la gata pasa los días en la casa de los Barclays, comiendo a ratos, principalmente durmiendo. Mientras Barclays escribe, ella se echa a sus pies o salta y se tiende sobre las piernas del escritor, que la acaricia, rendido de amor por ella.

Por suerte, el perro se va a las ocho de la mañana con una cuidadora chilena y regresa a las cuatro de la tarde. Esas son las horas en que la gata del vecino gobierna a su antojo en casa de los Barclays. Cuando llega el perro, ella tiene la inteligencia de esconderse y luego salir, así lo evita y elude la confrontación y las peleas, en las que, como ha quedado en evidencia, el perro lleva las de perder. La gata nunca quiere pelear con el perro, más bien lo evita. El perro, en cambio, siempre quiere buscarse líos con la gata, aunque la confronta con miedo, porque sabe que puede llevarse un arañazo y quedar lastimado. Intelectualmente, manda la gata, prevalece la gata. Posee una astucia, un sigilo y una intuición que la hacen más inteligente que el perro y que el dueño de casa, Barclays: el tío de Barclays tenía entonces razón, cualquier gato elegido al azar tiene un IQ superior al de su sobrino, el escritor.

Enamorado ya de la gata del vecino, Barclays le ha preguntado a la empleada doméstica de los vecinos uruguayos qué edad tiene la gata. La mujer, que es peruana, que reconoce a Barclays de la televisión, le ha dicho que la gata lleva seis años viviendo con ellos, pero probablemente tiene ocho o diez años de existencia. No es ya una jovencita. Por eso, a menudo, cuando duerme, deja caer gotas de orina sobre las piernas de Barclays: quizás, como las viejitas, sufre de incontinencia urinaria y se orina dormida.

La esposa de Barclays, que ama a la gata de los vecinos, tiene los brazos con marcas y rasguños que le ha hecho la gata cuando ambas juegan y la mujer le acaricia la panza, lo que al parecer no le gusta a la gata o le provoca reacciones inesperadas, arañazos en los brazos de la mujer. Más cauteloso, Barclays solo la acaricia en la cabeza y el lomo. Por suerte, la gata nunca lo ha arañado, aunque a veces se echa sobre él, sobre su pecho, y aproxima su rostro tan cerca al de Barclays que ambos pueden sentir el aliento del otro, Barclays olisqueando el espeso aliento de la gata.

Tanto quiere Barclays a la gata, que a veces, de noche, le invita caviar, pero ella no lo come, y tampoco come salmón ahumado. Le gusta el salmón, pero cocido. Le gustan los jamones, los pavos y los quesos, sobre todo el queso fresco y el queso mozzarella.

El perro se ha resignado a tolerar la presencia de la gata en la casa de los Barclays. Ya no le ladra, ya no la ataca, deja que ella se esconda en el primer piso, detrás de los muebles, y no la acosa ni la incordia ni la atormenta. Pero cuando la gata sube al segundo piso y trepa de un salto a alguna de las camas, el perro enloquece de celos y ladra frenéticamente hasta que la esposa de Barclays carga a la gata y la lleva de regreso al primer piso. Probablemente en unas semanas o unos meses el perro aprenderá a convivir con la gata también en el segundo piso.

Cuando Barclays regresa a medianoche a su casa, el perro le da la bienvenida con ladridos chillones, histéricos, entusiastas, y no se cansa de saltar sobre él, celebrando la amistad entre ambos. Entonces Barclays se sienta en el piso de la cocina y se entrega a la ceremonia de lengüetazos con el perro, su hijo consentido. Más tarde, calculadora ella, sagaz y sigilosa, aparece la gata, cuando ya el perro se ha cansado de hacer cabriolas y festejar a su amo. Barclays acaricia a la gata, le da de comer pedacitos de jamón, pavo y queso, y el encuentro entre ambos es más sosegado y sereno, más sutil y delicado, más lento y moroso, como si Barclays fuese un humano de la familia de los gatos, como si la gata reconociera en Barclays a un gato gordo que sin embargo habla el lenguaje de los humanos.

Gracias a su esposa, cuando a Barclays le sorprenda el tiempo de morir, podrá decirse a sí mismo: conocí el amor de una mujer, el amor de un perro, el amor de una gata; no conocí el amor de mi padre, pero el perro y la gata vinieron a sanar aquella herida.

Fuente: La Nación

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