Epílogo

La muerte siempre llega demasiado temprano y como lo advierte el evangelio hay que estar atentos y en vela, porque no sabemos el día ni la hora. Y no se trata de vivir el tiempo presente como si no existiera ni pasado ni futuro. Pero sí de aprovechar cada momento para agradecer la inmensa suerte de contar con la presencia del otro, ese que nos complemente y nos da sentido.

Cuando yo nací ya mi hermana vivía hacía unos ocho años. Abrí los ojos y ella ya estaba allí, ejerciendo de hermana mayor y tratando de lidiar con un hermanito tremendo y más que curioso. El vacío del dolor bloquea muchos recuerdos. Tal vez porque nunca estuve preparado para una separación tan abrupta. Nadie se prepara para organizar el recuerdo y llegado el momento queda solamente un algo indescriptible que cuesta mucho dolor darle forma.

La recuerdo joven, bella y alegre. La vi enamorarse y vivir la emoción de esa primera canción de amor que hizo suya. También fue mía de muchas maneras. Yo era el niño que invadía su espacio, jugaba con su ropa que me servía de capas de Superman o el Zorro, y recuerdo también la irritación que le provocaba mi irrefrenable curiosidad. El amor entre hermanos es indescriptible e incondicional.

Recuerdo el muchacho de La Candelaria que, guitarra en mano, le dedicaba “palabras de amor”. Y cómo siempre supe que esa era la canción fundacional. Y cómo en mi duelo, entre sollozos, llamé a Soledad Bravo para decirle cuanto me unía a ella, en mi intenso dolor por la pérdida, que la canción de mi hermana era de las primeras que ella interpretó.

Sin dudas era la niña de los ojos de mi papá. La amaba con locura y una insuperable lealtad. Ella le correspondió con la misma moneda y lo acompañó con insuperable ternura hasta el mismo momento de su muerte. Así era ella. Médico al fin, tenía en los genes ese amar desde la disposición sin condiciones a estar presente y encargarse de esos momentos difíciles. Amaba con el ejemplo.

Yo aprendí a amarla con necesidad. Ella era la que siempre me dio seguridades cuando necesitaba aprender que el mundo iba más allá de la casa. Recuerdo la tristeza y la rasgadura emocional que significó para mi aquella tarde que se fue para Valencia a estudiar medicina. Una tristeza terrible, una desolación insoportable, porque al fin y al cabo sabía que no iba a volver a la casa, y que me tocaba a mi encarar la realidad sin su asidero, sin saber que ella estaba allí para atajarme. Mi hermana menor y yo quedábamos “huérfanos de hermana mayor”.

Crecimos. Ella se casó y también viví con cercanía su apoteosis conyugal y el dolor de la traición. Supe de su soledad y sus silencios. Tuve conciencia de los inmensos esfuerzos emocionales para terminar sus estudios de medicina y lidiar con sus dos hijos, que estaban siendo criados por mi papá y mi mamá, que hicieron equipo perfecto para compensarla en lo que podían. Mientras tanto yo estaba en mis propias turbulencias. Pero yo sabía, siempre supe, que ella estaba allí, y ella podía saber que yo estaba siempre disponible para ella.  Mis dos sobrinos, sus hijos. Yo soy su tío. Los amo.

Me gusta la música de los 70´s porque era su música y yo ejercí de acompañante obligado a sus fiestas de adolescente. Me llevaban, no sé cómo me soportaban, probablemente porque era una condición no negociable si quería salir con su novio de la época. Entonces yo también soy su música.

Yo no puedo definir este tipo de amor fraterno. Solamente puedo decir que está hilvanado de esa presunción de que nunca vas a caer al vacío, nunca te vas a quedar sin respuestas, nunca vas a estar totalmente solo, nunca vas a ser totalmente imperfecto porque se supone que allí va a estar esa hermana que todo lo resuelve, que todo lo tolera, que todo lo da por bueno.

Y es que Miriam era nuestra médico. Era la memoria de las vacunas de nuestros hijos. La que de inmediato respondía a cualquier consulta. La red de soluciones a mano. Y la compañera insustituible en cada operación u hospitalización. Ella era la traductora de mis angustias. Ella estuvo en el nacimiento de mis dos hijos. Ella me avisó que mi hijo menor, con horas de nacido, debía ir de inmediato a terapia intensiva. Ella respondió que no se iba a morir, aunque sus ojos denotaban esa preocupación, pero también ese compromiso de hacer todo lo posible para que ese no fuera el resultado. Ella me atajaba todos los miedos.

Ella y yo cuidamos a mi mamá. Ella se encargó de la agonía de mi papá. Y para mí era indestructible, eterna, infalible, infaltable. La pandemia marcó una distancia física que ella misma decidió para evitar toda posibilidad de contagio de mi mamá. En 2020 solamente la vi dos veces. Llegaba a mi casa y no entraba. Una de esas veces se aventuró al patio y desde allí le hizo la visita a mi mamá. Luego nos dejamos de tontería y le dije que viniera cuando quisiera.

La última vez que vino a casa se fue llorando. Yo no la vi porque decidí dormir una larga siesta. Sentí cuando llegó y cuando se fue. Pero ella era mi ficha invencible. No pasaba nada. La llamé y le pregunté por qué se había ido llorando. Me dijo que le dolían las despedidas.

Yo no estaba preparado. La mañana de un sábado de octubre me dice mi esposa “vístete, que Miriam se cayó y hay que llevarla a la clínica”. Mi hijo mayor, mi esposa y yo nos fuimos de inmediato a su casa. Yo creía que era un detalle menor. Llegué y la vi en el piso y comencé a bromear con ella, “pero chica, mueve un pie”. Ella me oía y sonreía, pero no se movía.

La verdad se fue desplegando. Y me tocó reconocer que la batalla estaba perdida de antemano. Y que solo me correspondía honrar toda una vida de amar desde la presencia en los momentos más difíciles. Ella acompañó a mi padre en su agonía, y ahora yo debía estar allí. Cada minuto lo invertí en decirle que la amaba. Una y otra vez le dije que la quería y que la encomendaba a Dios. Mientras tanto ella daba la batalla que sabía perdida. Era médico y probablemente sabía que había perdido su cuerpo. Había perdido la voz, trataba de decirme algo. Le pedí que no lo hiciera. Que yo no le entendía. Que se lo dijera a mi esposa. Que yo solamente quería decirle que yo estaba allí, que la amaba. Y rezaba con ella, para que Dios tuviera compasión.

La última vez que la vi viva fue cuando sus hijos conversaron con ella desde el teléfono del médico tratante. Uno en Perú y otro en Australia, le dijeron que la amaban tanto, pero que no podían estar allí. Ella entendió, sonrió, y se llenó de paz. Todavía me quedé con ella y le dije, vamos a rezar. Y rezamos. Mientras yo la bendecía caí en cuenta todo lo que se parecía a mi papá. Su mirada y su respiración agitada me insinuaron el final cercano.  Al final pedimos que Dios hiciera su voluntad.

¿Cómo explicarle a mi mamá que Miriam había muerto? ¿Cómo avisarles a sus hijos? Su muerte me destrozó. Dejé de escribir. Y me enfermé. Y me sentí desolado, pero incapaz de gritar al cielo y preguntar las razones. No hay respuestas a los por qué. Solo un “hágase tu voluntad” y la esperanza de contar con fortaleza para seguir adelante.

Han pasado ya cuatro meses y es hora de restaurar el camino, sabiéndonos más solos, más frágiles. Nada será igual. Lo cierto es que la historia terminó como comenzó. Un par de hermanos juntos hasta el momento preciso en que no hay más ruta que recorrer y es imposible postergar la despedida.

La verdad es que estos tiempos que nos ha tocado vivir nos ha arrebatado muchas cosas. Pero nunca nos podrá quitar el inmenso privilegio de amar y ser amados. Mi hermana Miriam y yo recorrimos la vida cincuenta y ocho años, muy poco. Y no me conformo con su recuerdo. Ni me resigno a su silencio. Una sola vez he soñado con ella. Vestía un rojo sangre, destellante. Le pregunté cómo estaba. Me respondió que estaba bien. Eso fue todo. La vida es complicada, pero vale la pena vivirla.

Por eso, con humildad elevo mi oración y le pido a Dios que siga haciendo su voluntad entre nosotros, nos mire con compasión y nos de fuerzas para seguir adelante.

Víctor Maldonado
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