El Monagato

Desde principios de 1848 hasta marzo de 1858, año de la caída del segundo gobierno de José Tadeo, predominó en el país la hegemonía de los hermanitos Monagas. Época en la que florecieron nuevos políticos, ideólogos, militares, y personajes, que comenzaron a surgir entre sombras bajo la luz del Partido Liberal, entidad creada por Tomás Lander y Antonio Locadio Guzmán en 1840. Nacida con la primera publicación de un periódico llamado “El Venezolano”, rotativo de oposición al gobierno que bautizaron “conservador”.

Al llegar al poder, el único cambio experimentado por la nación fue que la oligarquía se cambió el apellido de Conservadora a Liberal. Claro está, sorteando los tramites engorrosos de reformar la constitución nacional, que mantenía reducido el número de ciudadanos con capacidad de ser elegidos o participar como electores en los comicios. Grupo ínfimo de la población que, poco a poco, se fue reduciendo gracias a decretos y detenciones.    

Dos años después del golpe al congreso, inició la década de los cincuenta, perfilando grandes dificultades económicas en el horizonte. La prolongada situación de escasez y especulación, así como la baja de precios de los productos exportables como el café, cacao, cuero de res y ganado en pie, sembraron en el territorio un clima de intranquilidad.

El malestar social se comenzó a reflejar en la multiplicación de bandas de cuatreros, gente sin tierra y sin oficio, que iba uniéndose a los ladrones de ganado y contrabandistas. La incapacidad del gobierno para proteger adecuadamente provincias y derecho a la propiedad privada, así como la falta de confianza en la política vigente, aceleraron el paso de la desintegración social. Eso de controlar el bandolerismo y criminalidad se fue convirtiendo en tarea ilusoria con el paso del tiempo, gracias al creciente deterioro de la moral ciudadana y autoridad.

Cuenta la leyenda que algunas de las más prestigiosas familias de los llanos llegaron hasta proteger a los ladrones de ganado y repartirse con ellos las ganancias. Eso mientras uniformados se hacían de los ciegos, y los comerciantes de mudos, a sabiendas que el negocio de nuevos ricos era traficar mercancía robada.

A pocos, gracias al bozal de arepas y morocotas, les pareció curioso que funcionarios corrompidos del gobierno tardaran más tiempo en capturar a los malhechores que dejarlos en libertad. O existiese poco incentivo para que la policía se arriesgase a perseguirlos y apresarlos.

Naturalmente, los jueces dictaban sentencias pagadas, colaborando con la fechoría. Cosa que hacía peligroso cualquier acto de formular cualquier denuncia ante los tribunales, por temor a represalias. La ley apoyaba la empresa de los bandidos. Fue por eso que la frase “Por dinero baila el mono” se tornó popular en la época del “Monagato”.

En 1851 José Gregorio, el hermano menor, sucedió al mayor. Como acto memorable, robándole banderas a una revolución a punto de estallar, firmó el decreto de liberación de los esclavos en 1854, justo antes de regresarle la banda presidencial a José Tadeo, quien volvió al poder con la intención de promover una reforma constitucional en 1857. La primera que se realizó a la promulgada en 1830, en la cual, con el pretexto de crear un cuarto poder, el municipal, buscaba ampliar el periodo presidencial a seis años y permitir la reelección. Toda una novela.

Sirve como texto premonitorio palabras escritas por un personaje bastante pintoresco de aquellos tiempos, conocido como “El Monstruo Literario”, debido a su mal aspecto y hábil prosa, hombre de espíritu rebelde, tormentoso y apasionado, enamorado de las letras, pero seducido por la política, que formó parte de la tribuna informativa de “El Venezolano” en sus inicios.  

En 1848, cuando resultó electo José Tadeo Monagas, apoyado por el voto de José Antonio Páez, el presidente llegó a Caracas acompañado de una horda de orientales.  Por primera vez en la historia del país, se manifestó en la capital un gran número de soldados y personajes de influencia en la región nativa del nuevo gobernante, todos listos para instalarse de manera definitiva frente al Ávila, prestos a conformar la clientela política provincial y mezclarse con los caraqueños.

Al referirse a este episodio de la entrada de los orientales a Caracas, escupiendo tabaco mascado frente a la catedral, celebrando el ascenso a la magistratura de su líder con espectáculo de toros coleados, parranda de bandola, maraca, tambor y contrapunteo de borrachos cantarines, Juan Vicente González no tardó en calificar a los amigos de los Monagas como: “una tribu vandálica”. Quizás por eso, desapareció de la vida política y dejó de escribir en la prensa durante el “Monagato”, para dedicarse a ejercitar actividades pedagógicas. Fundó su propio colegio entre la esquina de Veroes a Jesuitas,  institución que bautizó con el nombre “El Salvador del Mundo”, en la cual se concentró en educar a nuevas generaciones para que no se asemejaran a los bárbaros de sus gobernantes. 

Jimeno Hernández
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