El malo de la película es China

China inspira poco amor. No me refiero al grueso de los chinos. Tendrán sus alegrías y sus penas como todos. Tampoco me refiero a la muy respetable contribución histórica china a la civilización. Inventaron, entre otras cosas, el papel, la imprenta y (gracias) la pólvora. Cuando digo China me refiero al régimen chino de hoy. El Partido Comunista Chino no es un motor para el bien en planeta Tierra. No olvidemos, ni hoy ni nunca, su enorme cuota de culpa por el dolor y la miseria que ha causado el coronavirus.

Olvidando China, los demás países se han centrado en los errores de sus propios gobiernos en la gestión de la pandemia. Y sin duda muchos gobiernos merecieron ser el objeto de ira de sus electorados. Se tomaron medidas tardías, o exageradas, o no lo suficientemente rigurosas. Fácil decirlo cuando uno no tiene que tomar las decisiones pero así es la vida: aceptas la responsabilidad, acepta las consecuencias.

A no ser que seas el gobierno chino, el malo más malo de esta película, el que se merece más rabia. China fue donde originó la pandemia, esto no está en cuestión. La única duda es si el bicho se escapó de un laboratorio en Wuhan o si emergió de la selva a la ciudad. El gobierno chino niega la versión de que todo partió de un accidente en el Instituto de Virología de Wuhan. Pero eso no significa nada. Si fuera verdad obviamente lo negarían. Si fuera verdad el gobierno chino sería el responsable de uno de los encubrimientos criminales más atroces de la historia.

Pero aunque Dios mismo confirmara que el virus llegó a un mercado en Wuhan a través de un animal salvaje, no cuela el argumento de que el gobierno chino fue otra inocente víctima más del azar o de la naturaleza.

Primero, el régimen comunista chino tiene un sistema educativo al que definiríamos mejor como un lavado colectivo de cerebro. ¿No podrían enseñar en los colegios la elemental verdad científica de que comer pangolines no dota a los hombres de poderes mágicos sexuales?

Segundo, sea la que sea la verdad de cómo el virus dio el salto al mundo, encubrimiento criminal sí hubo. El gobierno chino respondió al brote inicial del virus más como un problema de relaciones públicas que como una emergencia sanitaria. Escondieron el riesgo que representaba. Silenciaron a los médicos que intentaron revelar lo que estaba pasando; detuvieron a otros que se atrevieron a contarla.

Si a finales de 2019, durante las primeras tres semanas de la pandemia las autoridades hubieran priorizado contener el virus en la región de Wuhan, y alertar al mundo de lo que estaba ocurriendo, se hubieran tomado medidas para frenar a los viajeros que transportaron la covid desde China a todos los continentes.

La sorpresa, claro, hubiera sido si el gobierno chino se hubiera comportado con un mínimo de decencia hacia el resto de la humanidad, ya que de humanidad sabe poco. No olvidemos que hace medio siglo el Partido Comunista impuso una política económica que mató de hambre a millones de sus ciudadanos.

Hoy, sin cambiar de nombre, ha cambiado el comunismo por un capitalismo feroz, pero sin abandonar el principio de control de la población que ha caracterizado al partido desde tiempos de Mao. El estado policial chino fue descrito una vez como “una anaconda en el candelabro”. Te observa desde arriba y, si discrepas de la autoridad que te exige, cae y te devora.

Para ser justos, el régimen chino no solo abusa de los suyos. Mantiene un salvaje aparato represivo contra los millones de creyentes musulmanes que habitan el noreste del país; está descaradamente suprimiendo las libertades democráticas en Hong Kong; amaga con irse a la guerra para recuperar el control, perdido en 1949, de Taiwan.

Y el resto del mundo ni pío. Lo previsible ahora sería lamentar la cobardía de nuestros gobiernos democráticos occidentales. Una vez más es fácil criticar y difícil saber qué diablos hacer. Medio mundo está endeudado con China. China ofrece mano de obra barata para las multinacionales y es el mercado más grande del mundo. Le damos un palo a China y nos lo damos a nosotros también.

Si China no fuera China, si tuviese el poderío económico de Perú o Ucrania o Tayikistán, hace rato que se le hubiera impuesto una montaña de sanciones. Pero nada de eso. Al contrario. China no solo no pagará ningún precio por la catástrofe que ha provocado sino que saldrá beneficiada. Mientras los demás nos lamemos las heridas la economía china ha crecido en un 18,3% en el primer trimestre de este año. Iremos a China a rogar, con más urgencia que nunca, que hagan negocios con nosotros.

Pero la riqueza china no es lo único que juega a su favor. Su sistema político ofrece otra arma. Si el coronavirus hubiese originado en Estados Unidos o en Francia o en Alemania, y si cualquiera de esos gobiernos hubiese reaccionado con la misma mendacidad que China, se habría armado un escándalo histórico. Los médicos y los científicos hubieran clamado al cielo; los medios se hubieran lanzado contra los culpables; el gobierno hubiera caído.

En China alguien asoma la cabeza y se la cortan; aparece el máximo líder Xi Jinping en la calle y todo el mundo aplaude, como también le aplaudiría cualquier dirigente occidental que viajara hoy a Pekin a reunirse con él. Nos pegan pero seguimos sonriendo, asintiendo con la cabeza y dando las gracias.

¿Qué pasaría en el poco probable caso de que se confirmara la teoría de que la pandemia tuvo su origen en el laboratorio de Wuhan? Nada. La imagen china sufriría otro revés, pero poco les importa eso a sus gobernantes, claramente. La resignación es lo único que nos queda. Bueno, quizá haya una cosa más. No dejemos pasar la oportunidad, ya que no somos chinos y la tenemos, de chillar que el régimen comunista de Xi Jinping representa una vergüenza para la humanidad.

Fuente: Clarin

JOHN CARLIN
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