Conocimiento versus incertidumbre

Pocas cosas son más atemorizantes que lo desconocido; la incertidumbre no es fácil de enfrentar y puede abarcar desde la situación más cotidiana, hasta la más trascendental.  Para aminorar ese temor, algunos acuden al conocimiento de especialistas, mediante el asesoramiento; otros buscan refugio en la fe y los demás prefieren buscar en internet, ya que allí la información está al alcance de todos. 

Sin embargo, la incertidumbre es un elemento  inevitable, presente no solo en el mundo real sino también en el virtual. La red contiene todo lo que se desee buscar,  pero eso no la convierte en  portadora de verdades inamovibles; además, investigar de modo eficiente implica tener conocimiento sobre la fuente y realizar interpretación acertada de la información encontrada. Cualquiera puede publicar sus opiniones y saberes sobre un tema, bien sea por encargo o de manera espontánea; las falsas informaciones y los pseudo-conocimientos también circulan diariamente en el cyberespacio y  sin duda ejercen su influencia, se quiera o no.

En relación con lo anterior, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han ha acuñado la frase “Hipermercado del saber y la información”, donde hay de todo y para todos los gustos, a la manera de una gigantesca tienda por departamentos.  Este  filósofo se basa en la concepción de Ted Nelson, el inventor del hipertexto, que como todo  usuario de internet sabe, es un texto que contiene enlaces a otros textos, sin una secuencia, de modo que se puede acceder a la información desde cualquier ítem relacionado y cada uno de estos ítems permite que los demás se reflejen, de modo que no hay un elemento aislado. 

Nelson indica que el hipertexto no se aplica solamente al texto digital, ya que el mundo es hipertextual  y afirma que todo está interconectado, sin estructuras lineales ni jerarquías, una red sin centro, sin un orden específico; él sostiene que la estructura del pensamiento es también hipertextual, es decir, no secuencial. 

Han señala que la cultura igualmente, está perdiendo esa estructura que compara con un libro de texto convencional, es decir, organizado  por un inicio, un desarrollo y una conclusión; indica que ni la historia, ni la teología ni la teleología logran darle a la cultura, unidad con un sentido ni homogeneidad, que las fronteras determinadas por una originalidad o autenticidad cultural se están borrando, con lo que se libera de limitaciones abriéndose hacia la hipercultura, con nuevos enlaces y conexiones que organizan el nuevo y gran espacio cultural. 

En este sentido, el filósofo señala que la globalización y el avance tecnológico eliminan las distancias culturales; los contenidos de las diferentes sabidurías se acumulan, se superponen, se atraviesan y esa pérdida de límites incide sobre el lugar y el tiempo. En ese proceso de yuxtaposición de lo distinto, se acercan los diferentes lugares y períodos en el  tiempo, surgiendo una apropiación recíproca entre los diferentes elementos; así nace la hipercultura.

Para el usuario del  internet, lo precedente se traduce en una sensación de lo ilimitado; a todo conocimiento se tiene acceso en ese “hipermercado del saber”,  alojado en el mundo virtual.   Por eso, podría pensarse que  el mencionado  problema de la incertidumbre se resuelve; el ciberespacio es un campo infinito, lleno de información y de saberes para todos los gustos y necesidades, de modo que  parece imposible que alguna pregunta quede sin respuesta. Pero esta infinitud de  opciones lejos de aclarar, puede conducir al extravío.

Paradójicamente lo ilimitado en primera instancia puede llevar a la perplejidad, hay tantas opciones que resulta difícil escoger una;  las personas suelen  buscar certezas, lo que puede empujarlas a quedar encerradas en el “círculo” de un opinador, experto  o influencer  y con eso más aisladas mentalmente; aceptar un solo punto de vista sobre determinado tema, es quedar  incapacitado para   sopesar, confrontar  y valorar las distintas informaciones, opiniones y saberes.

Aparecen así los fundamentalismos, por lo que  cada quien elige la información o el saber,  según sus inclinaciones, rechazando con vehemencia cualquier idea que los contradiga, con lo que esas posibilidades infinitas quedan reducidas a un claustro mental; esto sin contar con el riesgo que implica el seguir opiniones de personas poco o nada preparadas, que pueden resultar nocivas, especialmente tratándose de temas delicados como el de la salud.

Ante este panorama, es conveniente no irse a los extremos; tener una actitud lo suficientemente  flexible,  abierta al análisis y al contraste de los diferentes pareceres, bien sea en el mundo real o en el virtual, conservando el sentido común y evitando caer en  fanatismos; no aferrarse al dictamen del “sabio de moda”,  que puede no ser el mejor preparado u obedecer a  intereses inciertos,  pretendiendo imponer determinadas tendencias o modos de conducta.

La incertidumbre es un elemento presente de manera permanente en la vida, difícilmente exista un área libre de su influencia; ni siquiera las llamadas ciencias duras pueden escapar de ella, pues con la teoría de la relatividad de Einstein, el principio de incertidumbre de Heisenberg y la teoría del caos de Lorenz, entre otros,  quedan  cuestionados los principios del pensamiento, fundados en el control absoluto de la realidad, con base en la certeza.

Lo recoge el filósofo francés Edgar Morin con este pensamiento: “Conocer y pensar no es llegar a una verdad absolutamente cierta, sino que es dialogar con la incertidumbre”

Mariela Ferraro
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