Díaz Ayuso, la Isabelita española

A sus 42 años es joven para ser política y no descartemos que un día llegue a tener una proyección similar a figuras como Jair BolsonaroAndrés Manuel López ObradorCristina Kirchner o Donald TrumpIsabel Díaz Ayuso, la presidenta de la región de Madrid, posee el inestimable don de conectar con los votantes.

Resuena en los corazones de las masas. Trafica en emociones, canaliza aspiraciones y resentimientos, goza de una admirable capacidad para reducir la infinita complejidad de la vida a consignas simplistas. La posible futura líder del Partido Popular español no tiene miedo a decir lo que piensa. Intuye, correctamente, que muchos de sus compatriotas piensan igualito que ella.

Esta semana se enfrentó con el Papa Francisco, a primera vista una jugada peligrosa ya que un núcleo importante de sus seguidores son fervientes devotos de la Iglesia. Pero la Isabelita española sabe lo que hace. Ser católico de verdad en España significa casi siempre pensar a la derecha. El pontífice argentino les inquieta. Es lo que algunos fieles de Ayuso llamarían un “rojillo”, percepción que Su Santidad alimentó el 16 de septiembre cuando pidió perdón en una carta por “los pecados” históricos cometidos por el catolicismo en México. O sea, durante la Conquista. O sea, no solo rojillo sino antiespañol.

La Defensora de la Patria entró en acción.

A mí me sorprende,” declaró Ayuso el martes, “que un católico que habla español hable así a su vez de un legado como el nuestro, que fue llevar precisamente el español, y a través de las misiones, el catolicismo y, por tanto, la civilización y la libertad al continente americano”.Play VideoVideo: Isabel Díaz Ayuso critica al papa Francisco

¡Wow! ¡Civilización y libertad, ni más ni menos! Un conocimiento elemental de las hazañas de Hernán Cortés en el siglo XVI indicaría que la proposición es, digamos, discutible. Leer sobre el épico encuentro entre españoles y aztecas, dos culturas que ni sabían que la otra existía, revelaría la alarmante ignorancia de la lideresa madrileña acerca de un acontecimiento que tanto Adam Smith como Karl Marx llamaron “el más grande de la historia”.

En mi más humilde y menos informada opinión, también lo es. He devorado libros sobre Cortés, Montezuma, Francisco Pizarro y los Incas desde los 14 años. Del total de libros que he leído en mi vida, La historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, entra en el top ten de los que más me han impactado. El relato del soldado de Cortés, testigo ocular de aquella extraordinaria aventura, cuenta lo más parecido que se ha conocido en este mundo a un encuentro con extraterrestres.

Cuáles fueron los civilizados y cuáles los civilizadores: esto no queda claro. Díaz del Castillo reacciona así la primera vez que ve la capital azteca de Tenochtitlán, hoy Ciudad de México: “Nos quedamos admirados…por las grandes torres y cúes [templos] y edificios que tenían dentro en el agua, y todos de calicanto. Algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían, si era entre sueños…”.

Compañeros de Díaz del Castillo más viajados que él decían que Venecia se quedaba corta en comparación. El propio Cortés dijo que Tenochtitlán era “la cosa más bella del mundo”.

En cuanto a la conquista de lo que hoy es Perú, yo me inclino a pensar que los españoles eran los bárbaros y los Incas los civilizados.

Francisco Pizarro, un tipo tan bestia como audaz, ordenó que el tesoro monumental que encontró de obras religiosas o artísticas de oro -estatuas, copas, platos, anillos- fuese fundido en Cuzco y convertido en barras para enviar a España y vender a los banqueros europeos.

Manco Cápac II, uno de los líderes de la resistencia inca, dijo de los españoles que “si toda la nieve de los Andes se convirtiera en oro aún no estarían satisfechos”.

La libertad fue la otra bendición que España dio al continente americano, dice Ayuso. Bueno no y sí, y especialmente complicado en el caso mexicano.

Por un lado, millones de personas obligadas a convertirse al Dios que es todo amor bajo pena de torturas o muertes escalofriantes, y quién sabe cuántos esclavizados para atender al hambre de oro y plata de la Corona y sus súbditos; por otro, los aztecas tampoco eran exactamente monjitas de la caridad.

El Imperio Azteca, que se extendía a lo que hoy llamamos América Central, persuadía con el terror. Los objetivos eran tres: alimentos, impuestos y presos para aplacar a las divinidades con sacrificios humanos.

Su apetito por la sangre era tan insaciable como el de los españoles por el oro. Los soldados españoles capturados durante la batalla final en México sufrieron horrores inimaginables hoy en día.

Y he aquí la cuestión. Aplicar juicios morales en base a los valores de hoy sobre cosas que ocurrieron hace 500 años es otra cosa más para sumar al catálogo de la imbecilidad humana.

Utilizar la antigua historia, encima, para ganar votos ─o almas─ es tan cínico como ridículo. Exigir perdón, como ha hecho el actual presidente mexicano, por lo que hicieron Cortés y compañía en 1521 es igual de fatuo que exigírselo a los franceses por Napoleón, a los mongoles por Gengis Kan, a los romanos por Julio César, o a los mexicanos por Montezuma.

Como si en el año 2521 se pidiera la expiación por lo que han hecho en tiempos recientes Eisenhower, la Thatcher, Perón o Isabel Díaz Ayuso.

La gran lección de la historia es que no aprendemos nada de ella. Ahí está ella para entretener a los que le interesa y dar fe de la riqueza del ser humano en toda su barbarie, nobleza, mezquindad, inteligencia, valentía e inagotable imaginación.

Miren los curiosos lectores”, dice Bernal Díaz del Castillo, “si esto que escribo si había bien que ponderar en ello. ¿Qué hombres ha habido en el universo que tal atrevimiento tuviesen?”. Ningunos. Ya está. Los políticos de hoy, de derecha e izquierda, Díaz Ayuso y el Papa, que se callen. 

Fuente: Clarin

JOHN CARLIN
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