¿La amistad corrompe más que el dinero?

Tal es la soberbia de los ingleses que se creen de repente campeones de la corrupción. Es a raíz del descubrimiento a principios de mes que un diputado conservador abusó de su poder al haber ayudado a empresas privadas por dinero. El organismo regulador de estándares del parlamento británico recomendó la suspensión del diputado. Boris Johnson irrumpió en el escenario como un toro en una cristalería.

El primer ministro propuso reformar el organismo regulador para poder bloquear el castigo a su correligionario, algo así como si un referí pretendiese cambiar las reglas del fuera de juego en pleno partido. La rabia del partido de oposición laborista se extendió al propio entorno conservador y el sistema político británico entró en crisis. Johnson dio marcha atrás. Abandonó la iniciativa de reforma y el diputado acusado, Owen Paterson, renunció, denunciando lo que llamó “el cruel mundo de la política”.

Lectores argentinos no se quedarán exactamente boquiabiertos ante semejante “escándalo”. Pero la interpretación que se ha hecho en los medios británicos es que este torpe episodio marca el principio del fin de Johnson como fenómeno estelar de la política electoral. Muchos pronostican el naufragio del buque Boris.

Lo más interesante que he leído sobre el caso fue una columna en The Times escrita hace un par de semanas por un feroz crítico de Johnson llamado Matthew Parris. El columnista acabó crucificando a Johnson pero no sin antes señalar sus buenas intenciones. Según Parris, hizo lo que hizo en parte por intereses propios pero en parte también por amistad y por compasión. Paterson y Johnson se conocen hace mucho tiempo y tienen buenos amigos en común. Johnson tampoco olvida que la mujer de Paterson se suicidó el año pasado.

Pero lo que más se me quedó grabado de la columna de Parris no fue este generoso reconocimiento sino una frase que soltó: “En la política y el periodismo la amistad corrompe más que el dinero”. No voy a hablar sobre los políticos, pero sí sobre los periodistas.

No pasa un día sin que se acuse a uno de los nuestros de haberse vendido a un partido político, o a una empresa, o a un club de fútbol. Lo han dicho sobre mí muchas veces, con cierta frecuencia en los comentarios que se publican al pie de las paginas digitales. Mi actitud es que la vida es demasiado corta como para darles a estos infelices la atención que ansían. No puedo hablar por otros pero me limitaré a contestar que nunca en mi carrera he recibido un peso de nadie a cambio de favores.

La amistad es otra cosa. Tiendo a estar de acuerdo con el columnista del Times. Sospecho que en este campo pocos periodistas estamos sin pecado. Aquí entramos en las tierras escurridizas entre lo personal y lo profesional, entre el supremo valor humano de la lealtad y el supremo valor periodístico de la honradez (De la la quimera de “la objetividad”, no me hablen. Hasta que robots poseídos de inteligencia artificial tomen el control de los medios nunca existirá).

El problema surge cuando individuos que empiezan siendo fuentes de información acaban siendo amigos. Si son fuentes de información casi siempre van a ser actores políticos, o personas con poder o influencia en los mundos de la economía, o de la cultura, o de los deportes. He conocido a pocos buenos periodistas que no hayan tenido buenas relaciones con semejantes personajes. Es la condición necesaria de estar bien informado y poder hacer el trabajo bien. Pero tarde o temprano te va a llegar el dilema.

El amigo/fuente hace o dice algo que consideras estúpido, deshonesto o ruin. O te enteras de que ha hecho algo corrupto, como aceptar, u ofrecer, un soborno; o de que ha hecho algo perfectamente ético que quiere mantener en secreto pero si lo publicas representaría para ti como periodista el golazo y la gloria y el honor de una súper exclusiva. El dilema entonces es callar o contar, mirar para otro lado o denunciar. El periodista que diga que no entiende de lo que hablo o miente o no sabe dónde está.

Me cuento entre los pecadores. Recuerdo en particular la vez hace muchos años cuando me enteré, debido a la indiscreción de un amigo asociado al brazo político de la guerrilla salvadoreña, de una nueva iniciativa de paz que estaban tramando los británicos en Centroamérica. Portada asegurada precisamente en The Times, donde entonces trabajaba. Me callé la historia. Si la hubiera contado, el amigo hubiera sido expulsado de su organización. Otro amigo, un diplomático, también hubiera perdido su trabajo. Y el embrión del plan de paz se hubiera abortado. ¿Hice bien o mal? No sé, pero lo que es seguro es que falté en la estricta definición de mi misión como periodista.

En mi actual condición de columnista-opinador se me presentan situaciones complicadas, aunque menos dramáticas, sin vidas en juego. Es probable que cuando he estado en desacuerdo con algo que ha dicho o hecho un amigo que ocupa el espacio público he medido mis palabras más de lo que haría en similares circunstancias con gente lejana como Donald TrumpJosé Mourinho o Nicolás Maduro. Aunque también es verdad que en ocasiones, obligado a elegir entre mantener o perder una amistad, he respirado hondo, apelado a mi obligación profesional y escrito cosas que de golpe han transformado a un amigo en enemigo. Esto también creo que lo conocen muchos periodistas. Por otro lado, si me entero con total seguridad de que un amigo ha cometido un delito grave quiero creer que no dudaría en publicarlo.

Así que sí, pienso que el columnista del Times acierta. La amistad corrompe más que el dinero, lo que no deja de reforzar, dado a elegir, mi visión obstinadamente optimista de la humanidad, entre la que se encuentra una político por lo demás sin principios como Boris Johnson y también, para sorpresa de algunos quizá, la gran mayoría de nosotros los periodistas.

Fuente: Clarin

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