Hora de ayudar a Putin

Ya que Putin ha demostrado estar tan desquiciado que bombardeó el reactor nuclear más grande de Europa hay que tomar en serio su amenaza de lanzarse a una tercera guerra mundial. Los que defendemos la democracia nos hemos despachado a gusto contra el Kremlinator, pero como lo que está en juego de repente es la continuidad de la vida humana en planeta Tierra toca aparcar el deleite de la indignación moral y pensar con sangre fría.

Hay dos caminos que están examinando los gobernantes de los países democráticos, caminos aparentemente opuestos que podrían converger. Uno, intentar precipitar una revuelta rusa contra Putin. Dos, ayudarle a buscar lo que su frágil ego interpretaría como una salida digna al lío en el que se ha metido.

Putin no puede ganar, si ganar se define como la conquista de Ucrania. Suponiendo que algo de racionalidad le queda lo tiene que saber. Ucrania se convertiría para Rusia en lo que Vietnam e Irak fueron para los Estados Unidos. Un pantano, un callejón cerrado.

Puede derrotar al enemigo, puede tomar Kiev, puede asesinar o capturar al presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski. Pero resultaría intolerable el coste de la ocupación militar necesaria para evitar que la inevitable resistencia armada ─“guerrilla”, dirían en Occidente; “terrorismo” en Moscú─ dé paso a una insurrección popular en un país de 44 millones de habitantes.

Las sanciones internacionales irían in crescendo; la economía rusa, en picado. Rusia se convertiría, si no lo es ya, en un estado leproso, tan aislado como Corea del Norte.

El desenlace más seductor es que Putin caiga, las tropas se retiren y Rusia vuelva a la comunidad civilizada de naciones. Mucho se especula sobre el tema. Que si habrá un clamor popular contra la ruina de la guerra, que si la nomenclatura rusa se rebelará contra el dictador. No se sabe, pero lo que sí está claro es que Putin teme a su pueblo.

Su pesadilla es acabar linchado, como Gadafi, videos de cuyo atroz final ha mirado compulsivamente. Por eso esta semana liquidó a los pocos medios de información independientes que quedaban en Rusia tras proclamar que divulgar noticias que discreparan con la versión oficial de la guerra conllevaría 15 años de prisión.

Lo que a Putin le costará ocultar es la llegada de los ataúdes rusos del frente ucraniano. La situación es volátil y nada es descartable. Hoy todo indica, sin embargo, que apostar por el camino uno, el de la segunda revolución rusa, es lo que en inglés llaman “wishful thinking” ─creer que lo que uno desea que ocurra ocurrirá.

El camino dos es el de la zanahoria después del palo. Consume las mentes de los amos en Estados Unidos, Europa y, posiblemente, China. ¿Existe un premio lo suficientemente apetecible para que a cambio Putin retirara sus tropas y permitiera que Ucrania siga siendo un país soberano?

Una opción que se está considerando en las capitales de algunos de los 30 países de la OTAN es proponer que Ucrania ceda la independencia a la región contestada de Donbás, al este del país, de Crimea, ya en manos rusas al sur, más un estrecho corredor que uniera a los dos a lo largo del Mar de Azov. Todo este territorio se convertiría en un de facto protectorado ruso.

Si Putin dudase, la eficacia del camino uno le podría convencer. Acá es donde convergería con el camino dos. La presión internacional más la presión interna serían difíciles de resistir. Y más si se prometiera levantar las sanciones y se llegase a un acuerdo según el cual Ucrania renunciase a pedir acceso a la bestia negra de Putin, la OTAN.

El problema es que sería una propuesta nada fácil de vender a Zelenski y al pueblo ucraniano. Putin tiene su orgullo; ellos también, a lo que se suma el rencor por el precio en destrucción y muerte que los rusos han ocasionado. Zelenski ya pide que se juzgue a Putin por crímenes de guerra. Convencer a los ucranianos requeriría un importante esfuerzo internacional. La zanahoria en este caso, además de declarar el fin a la guerra, podría ser la promesa de acceso rápido a la Unión Europea.

Putin, tan paranoico él, tan convencido de que su país vive bajo la amenaza permanente del malévolo “Occidente”, objetaría. Acá es donde China podría entrar en juego.

China firmó una alianza con Rusia justo antes de la invasión, es de los pocos países que no ha condenado a Putin y nadie la puede acusar de pertenecer al bando de la OTAN. La poderosa economía china ofrece casi la única salida comercial que le queda a Rusia. Xi Jinping puede apretar a Putin. ¿Querrá hacerlo? Tal vez. Lo que más le interesa a China es vender sus productos. Un mundo inestable no le conviene.

Hay motivos también para pensar que Putin estaría receptivo al plan Donbas-Crimea. Esta es la zona general donde ha concentrado sus ofensivas más letales y sus mejores tropas. El haber dictado que los medios rusos se refieran a la invasión no como “invasión”, a la guerra no como “guerra”, sino como “operación especial” le permite la oportunidad de vender a su gente una conquista parcial de territorio ucraniano como un triunfo.

Quizá este embrión de plan resulte ser una quimera. Quizá se dé con otra fórmula que permita pensar tanto a Putin como a Zelenski que ganaron. Lo que está claro es que la diplomacia y la negociación son una urgente necesidad.

La alternativa es más carnicería a corto plazo, o una guerra mucho más larga de lo que Putin había anticipado, o la caída de Kyiv seguida por una guerra de guerrillas de indefinida duración.

En los tres casos siempre late la posibilidad de una escalada imprevista. El escenario catastrófico, aunque hoy no lo vean así los ucranianos, sería que Rusia implosionara, que Putin se sintiera arrinconado, que se le apareciera el fantasma de Gadafi y que antes de caer apretase el botón nuclear.

Gente que conoce a Putin no descarta la posibilidad. Que los amos de la Tierra nos protejan.

Fuente: Clarin

John Carlin
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