La caída de los ídolos

En el año 1876 Venezuela vivió el apogeo político del general Antonio Guzmán Blanco. En esa Caracas parisina del Ilustre Americano el Congreso Nacional resolvió levantar dos estatuas de su persona como tributo a su grandeza y vanidad. La primera, ecuestre, de bronce y más de dos toneladas, fue erigida en el boulevard, entre el Capitolio y la Universidad. La segunda, del mismo metal, mayor masa y peso, pedestre y colosal, pasó a ocupar la cúspide del cerro El Calvario. Los caraqueños, propensos a los chascarrillos, bautizaron dichas esculturas como “El saludante” y “El manganzón”.
Al ausentarse de Venezuela luego de culminar el Septenio, su compadre Francisco Linares Alcántara, elegido a dedo por él, quedó libre para desarrollar sus tendencias conspirativas. Inmediatamente la prensa procedió a desbordar páginas con ataques e insultos contra Guzmán Blanco y sus “muñecos”, mediante artículos vehementes que proponían echar abajo aquellos gigantescos monigotes.
-Los ojos del caudillo ausente observan los callejones de Caracas, con mirada arisca, como símbolo de advertencia para nadie se atreva a lanzar la primera piedra contra su nombre o el de su afamada revolución.
El gobierno nada hizo por silenciar las voces que hablaban de tumbar las estatuas. En enero de 1878, la desfachatez de Linares Alcántara llegó a tal punto que perdió uno de sus más importantes aliados. El general Joaquín Crespo dimitió a su cargo de ministro de Guerra y Marina y se ausentó del país. Desde el exilio publicó documento titulado “Un deber cumplido”, defendiendo el Septenio y su autor, justificando la existencia de los monumentos.
Al poco tiempo de la renuncia del llanero al ministerio de Guerra y Marina, en el curso de la reacción antiguzmancista, los más exaltados enemigos del régimen se ensañaron contra el saludante y el manganzón, mofándolos en las crónicas publicadas por distintos rotativos. Una mañana apareció la ecuestre adornada con una cobija sucia remendada con parches, un enorme sombrero de palma y un gran mandador en la mano. Esa tarde comenzaron a decir que los transeúntes que pasaron esa mañana entre el Capitolio y la Universidad pudieron escuchar diálogo entre ambas estatuas, cuando Saludante dijo algo al Manganzón, también conocido como el “coloso pigmeo”.
-Vale, lo llamo para decirle adiós porque estoy de viaje para el Guárico a unirme con mi compinche Crespo.
Al momento que sucedió aquello, Linares Alcántara estaba en Maracay, visitando a sus hermanos naturales de apellido Valera, pasando una temporada en la finca “El Castaño”, propiedad de la familia. Recibió telegrama del doctor Laureano Vallenilla informándole con todo lujo de detalle lo acontecido en Caracas. El presidente, al terminar de leer la misiva, sulfurado, le ordenó inmediatamente a su secretario que respondiera el mensaje al doctor Vallenilla.
-Nada en contra de los muñecos de mi compadre, porque mientras yo se los cuide y se los alumbre, él no se mete conmigo.
En septiembre de 1878, ensamblado su proyecto reformista, Linares Alcántara dictó decreto convocando una Asamblea Nacional Constituyente para principios de diciembre, primer paso para consumar el continuismo en el cargo, buscando alargar el periodo presidencial de dos a cuatro años y permitir la reelección inmediata.
Crespo, residenciado en Puerto España en la isla de Trinidad, fue el primero en manifestarse contra los designios de Linares Alcántara. Firmó una carta pública, que, brillantemente redactada por Diego Bautista Urbaneja, tituló “Golpe de Estado”.
Todos los astros parecían alinearse para que ese año de 1879 sirviese de corolario a la hegemonía de Guzmán Blanco e inauguración de una distinta, la de un personaje que solía comentar, en tono jocoso, pero con seriedad maquiavélica, que su plan de gobierno consistía en lanzar morocotas desde la torre y campanario de la catedral a todo que pasara por ahí, y, a quién no le gustara, tendría que ponerle un zamuro de prendedor. El presidente esperaba con ansias esa fecha pactada para la reunión de la Asamblea Nacional Constituyente, armando una quimera que desapareció con los últimos aguaceros de noviembre, cuando lo abrasó una extraña fiebre y comenzó a padecer de unos agudos dolores de barriga que hicieron aguas de sus tripas.
Conocemos lo sucedido luego de la repentina muerte de Linares Alcántara y la leyenda que le atribuye su fallecimiento a un dulce de lechosa envenenado. Las estatuas de Guzmán Blanco, al igual que su influencia sobre la política nacional continuaron en pie durante el Quinquenio, el bienio de Joaquín Crespo, y el bienio conocido como “Aclamación Nacional”. Pero no se ha narrado lo acontecido en Venezuela después que el Ilustre Americano desapareciera del panorama político del país, observando desde lejos y acomodado en la capital francesa, con cierta indiferencia, el desempeño de su sucesor como cabeza del ejecutivo.
El doctor Juan Pablo Rojas Paúl era un civil carente de mando y destreza castrense. Sin embargo, Guzmán Blanco confió ciegamente en el abogado, pues el general Joaquín Crespo, único militar que representaba amenaza a su indiscutible liderazgo como principal caudillo, le había devuelto el cargo sin contratiempos cuando inició la Aclamación Nacional, gesto que agradeció al distinguirlo con el título de “Héroe del Deber Cumplido” y regalarle una espada.
Al jurisconsulto caraqueño le tocó manejar un país polarizado entre dos bandos. Por un lado, los partidarios del Ilustre Americano que reclamaban mantener intacto su legado, y, por el otro, aquellos quienes ofrecían apoyo para terminar con la influencia del autócrata, seguros de que jamás regresaría al país.
Fue así que, el 26 de octubre de 1889, durante el gobierno del doctor Juan Pablo Rojas Paúl, los monumentos volvieron a figurar como protagonistas del cuento. A las diez de la mañana de aquella fecha se reunió un grupo de estudiantes frente a la Iglesia de San Francisco. Antes del mediodía, la cantidad de gente aumentó hasta colmar el espacio entre la Universidad y el Capitolio. Se trataba de una protesta pacífica, manifestando públicamente su descontento con el régimen guzmancista, hasta que, de repente, comenzó una gritería. Irritados por la existencia de aquellas imágenes, decidieron pedir a coro derrumbar al Saludante.
-¡Abajo la tiranía! ¡Tumbemos las estatuas de Guzmán!
El gobernador del Distrito Federal envió al general Giuseppe Monagas para disolver el tumulto, pero este fracasó en su objetivo. No se atrevió a dar la orden de abrir fuego contra la multitud y las descargas de sus carabinas al aire sólo terminaron de animar a los agitadores. Alguien enlazó la estatua por el cuello del hombre, dos más por el pescuezo del caballo, muchos echaron mano a las sogas para templarlas. Jinete y bestia se bambolearon antes de precipitarse al suelo estruendosamente.
El ruido pudo escucharse por toda la ciudad y los caraqueños comenzaron a preguntar qué sucedía. El chisme circuló rapidito gracias a los correveidiles. Al enterarse, abandonaron sus quehaceres, saliendo alegres para unirse al disturbio, ansiosos de ser testigos de los hechos o integrantes de la turba. Para esos minutos ya el Saludante estaba siendo destruido y sus partes eran arrastradas por las calles, sus pedazos de bronce repartidos entre la gente como recuerdo aquel instante memorable.

Aún quedaba en pie la estatua del Calvario y hacia allá se enfiló el gentío, sin represión alguna de los cuerpos de la Guardia Municipal. Más de dos mil personas escalaron la colina con paso acelerado, cantando estrofas del himno nacional, emocionados por formar parte de tan magno espectáculo. Varios audaces treparon la base y gran pedestal. Ataron distintos cabos alrededor de la cabeza y hombros del muñecote. Requirió más fuerza, manos y tiempo derribar al Manganzón que al Saludante, pero el coloso pigmeo cayó ante la mirada incrédula de la multitud, que después de pasada una hora en la faena llegó a pensar jamás lograrían semejante proeza.
El rugido de aplausos, gritos de algarabía, consignas y celebraciones, reventaron al mismo tiempo que oyeron el eco del trueno retumbando en todo el valle, causando un ligero temblor bajo sus pies en la cima del Calvario. Cumplido el ritual de despedazarlo, igual que hicieron con el otro cacharro, el éxtasis de la muchedumbre la llevó a realizar una procesión hasta la Plaza El Venezolano, donde fue derribada una tercera estatua, la de Antonio Leocadio Guzmán, fundador del Partido Liberal y padre de Guzmán Blanco.
-¡Viva la Republica! ¡Viva la Libertad! ¡Viva Rojas Paul!
La prensa no demoró en imprimir crónicas sobre aquel acontecimiento. Esa misma tarde, antes del anochecer y el encendido del alumbrado público, escritores de varios periódicos plasmaron sus opiniones al respecto del evento. El primero fue Rómulo Guardia en “La Libertad”.
-La justicia nacional se ha cumplido. Gloria al gobierno de Juan Pablo Rojas Paúl que ha sabido respetar el sentimiento público.
Miguel Eduardo Pardo escribió en “La Guillotina” lo siguiente: -Hoy el pueblo soberano, reunido en la plaza San Francisco, se dispuso a tumbar el vergonzoso muñeco que se erguía como una blasfemia ante el Capitolio. No hubo quien los detuviera; ni los consejos de los ancianos, ni la presencia de la Guardia Municipal; ni el temor de muchos que allí suplicaban a los valientes jóvenes que se detuvieran. Enseguida corrieron al Calvario y se desahogaron pisoteando al “coloso pigmeo”, que estuvo impasible levantado por tantos años sobre las colinas más bellas de Caracas.
Luis Correa Flinter en “El Despertar” agrega: -Las estatuas de Guzmán Blanco, que simbolizaban la tiranía y abyección de un pueblo, han caído de manera satisfactoria para la república, para la altiva juventud de Caracas y el gobierno que nos rige. La conducta de la autoridad y esta arrojada acción de los jóvenes universitarios merecen aplauso franco y espontáneo de toda la nación. Lo acontecido hoy en Caracas es prueba patente que nunca se luchó en vano por la libertad de los pueblos.
La caída de los ídolos puso punto y final al corolario del guzmancismo en Venezuela. El principal caudillo del Liberalismo Amarillo, al enterarse de lo sucedido, más nunca se volvió a interesar en la política de su tierra natal. El fuego de su vanidad quedó reducido a cenizas, y, aunque vivió diez años en París de feliz retiro, flotando en los salones de la rancia aristocracia francesa, en tertulias de ambiente principesco, disfrutando de las comodidades más exigentes de la época, jamás pudo recuperarse del trago amargo que significó leer el telegrama participando la destrucción de sus estatuas en Caracas.
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