¿Cuánto más esfuerzo, sacrificio y penuria hay que soportar y por cuánto tiempo más?
Gratificación desagradecida

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Si no sabemos a dónde vamos, al menos sabemos de dónde venimos. Escribo esto asumiendo que para cuando se sitúe, no habrá reventado la estirada liga. Sabemos, hace rato, que va a reventar. Todos lo sabemos. La naturaleza parece saberlo. Hasta los chaburros lo saben.

Los venezolanos pretendíamos que nos devolvieran algo. Los demagogos populistas saben ofrecer gratificaciones. Carlos Andrés no tuvo que promover el regreso a tiempos de abundancia grosera “tá’barato” para la segunda campaña porque era implícito que eso era lo que representaba. Por eso elegimos a esta necia camada de la oposición a la Asamblea Nacional. Las campañas de los candidatos de “Unidad” le ofrecieron a la gente gratificación instantánea si ganábamos. Si sabes que no sabes nada, sabes. Pero si no sabes que no sabes, nunca sabrás.

Ya la cínica maquinaria de propaganda del régimen ha trabajado esta imagen tratando de voltear la carga de la culpa por las colas y el desabastecimiento. Se suponía que todo mejoraría y que pronto podríamos dejar de sentirnos humillados, acosados y encerrados. Entonces, sabiendo que la maquinaria-trampa electoral no permitiría sino una victoria limitada, escuchamos que podíamos ganar una mayoría simple con lo que no sería tan fácil, pero ya era al menos un paso en la dirección contraria al precipicio. Algo. Si lográbamos una mayoría absoluta, que era improbable, el fin de esta pesadilla estaba a la vuelta de la esquina. Leopoldo y los presos políticos serían liberados al instante.

En las elecciones parlamentarias, no es fácil juzgar quién se arrimó con más fiereza a la demagogia—si la pandilla gubernamental, por no asumir alguna responsabilidad y siempre culpar a otros, o si la oposición por hacernos creer que con la victoria parlamentaria todo se acomodaría rápido, y que pronto nos sentiríamos confiados y nos felicitaríamos por habernos librado de este narco-despotismo. Obtendríamos la seguridad y la prosperidad que nos merecemos. Nadie tendría que pagar las consecuencias por esta demencial y longeva borrachera socialista.

Si le hablas a alguien que no te escucha, cállate y escúchalo; quizás entenderás porque no te escucha. En la plataforma política electoral nadie (o casi nadie) nos dijo que el país entero, igual que PUDREVAL, nos estábamos descomponiendo. Pudriendo. Que el Estado omnipresente estaba mucho más que en crisis, quebrado, hipotecado hasta las muelas.

Hoy las personas que estaban al margen de la pobreza, están arruinados. Venezuela está viviendo masivamente la paradoja de la “chochardisation” de quien por estar desempleado no tiene con qué comprase una camisa nueva para ir a la entrevista de trabajo. Quien tiene que vender la nevera para poder pagar la carne. Quienes eran pobres ahora son indigentes. De las carencias que hemos vivido al hambre solo hay un paso. De tener frenos chillando a perder los frenos, solo hay un paso. De tener los contadores en rojo y las alarmas encendidas por falta de repuestos, a dejar a otra sección del país sin electricidad, sin agua, solo hay un paso.

El líder supremo durante una década nos hizo creer (y se lo permitimos) que podía utilizar los recursos del Estado para comprase lo que le diera la gana, empresas, bancos, países vecinos, tierras y nos dejó un país tan endeudado que ya no podrá ni pedir crédito para ocuparse de las necesidades más básicas de sus ciudadanos. Seguridad ciudadana, alimentación y salud. El imbécil nunca reconoce su imbecilidad. Para un imbécil, la imbecilidad siempre proviene de otros. Y se reconoce a un imbécil porque insiste en reiterar o repetir las mismas imbecilidades.

A veces pienso que vivimos en dos países. Está la Venezuela territorial, llena de benditas condenaciones; de fertilidad perpetua, con recursos envidiables y potencial incalculable. El otro país es de una nación filistea, derrochadora, superficial, alejada de sí misma. Cuando el atraso es endémico, el pueblo se hace dócil, se disculpa de toda culpa. Se consuela con cualquier líder vivaracho, supersticioso y desconfiado, provisto de ambición sin estrategia ni preparación. No aprendemos de errores y caminos andados. Un régimen que anuncia que el pueblo se merece todo sin tener que hacer nada. Pero el populismo informa que ser gratificado es un derecho revolucionario. Sabe que la democracia son votos y dirige sus mentiras comunistas y resentidas a las masas de nómadas asentados en lodazales, encaramados en colinas inestables, en arrimados en quebradas secas les reiteran. Los valores del socialismo saudita se hacen enclenques, materiales, burgueses y sensuales. El trabajo, la constancia y la creatividad no tienen nada que ver con las recompensas de la vida.

Los seres vivos estamos predispuestos a buscar recompensas. Querer cosas puede incitar a la gente a aprender y prevalecer pero también puede corromper, llevarlos a actuar en contra de su propia racionalidad. Quien no entiende, sea instintivamente o académicamente, lo poderoso que puede ser la oferta de la gratificación mejor no aspire a la política, el comercio, el sacerdocio o la publicidad.

Esperar gratificaciones no es malo en sí pero es saludable es asumir que no son siempre instantáneas. Es normal aspirar a obtener recompensas por nuestro trabajo, por ejemplo, o por nuestras experiencias, aprendizajes, adquisiciones, etc. De hecho trabajar en algo que produzca un disfrute comprendido es una bendición. Si te gusta manejar hay muchos oficios que ofrecen esa posibilidad. Si te apasiona la ciencia, la matemática, la literatura o lo que sea, hay todo tipo de profesiones y oficios en cada línea. No creo que cada uno de nosotros tenga un propósito particular. Prefiero creer que cada uno de nosotros puede encontrar un propósito particular. Cuando sentimos que lo que hacemos nos recompensa, se disminuye la tensión y la ansiedad.  

Digo esto para reiterar el concepto de que la Asamblea Nacional fue electa bajo parámetros de grandes expectativas. El elector promedio ese 6D estaba dispuesto a cualquier sacrificio, a ignorar cualquier amenaza y soportar cualquier cosa con tal de votar. Y esperábamos que al día siguiente, a la semana de la inauguración de la nueva AN, un aire de esperanza, de libertad, de inversión, de productividad ingresaran al país cual dique reventado. La alegría sería pasmosa. Estos deseos son loables pero irreales al punto de ser infantiles.

Han pasado casi tres meses y, hubris aparte, aunque produce mucha satisfacción ver a un Diosdado descalabrado y balbuceante, ya no se trata de ellos. La crisis llega a niveles de ayuda humanitaria. Muchos han vaticinado un golpe inminente, y en efecto, el golpe se estaba fraguando pero no era militar. El golpismo es la madre de esta pandilla y los especialistas de ese arte, aun sin el Comandante Supremo, siempre fueron y siguen siéndolo ellos. Por ahora, este golpe es político-jurídico y probablemente con toques cubanos, –como lo es eso de sembrar en los balcones (idiotez calcada del “período especial” en Cuba luego del retiro de los subsidios tras el colapso de la URSS).

Nuestras expectativas por muy loables que sean, rara vez son satisfechas. Nada es lo que quisiéramos. Pero la mayoría de la ciudadanía quiere algún tipo de gratificación, no necesariamente inmediata pero al menos puesta en perspectiva. En los planes. Algo. Lo que sea. El concepto cronológico es crítico. Ya Capriles, el candidato eterno, nos anuló la inercia de indignación civilista con su “tiempo de Dios” y al hacerlo probablemente se anuló a sí mismo.

Pero hoy necesitamos algo que nos diga claramente que—igual que hubo un “¡por ahora!” también hay un “¡¡hasta aquí!!”. La oposición nos sigue relatando (aunque ciertamente con menos autocensura) los horrores de las garras, colmillos, escamas y pelos que tiene esta fea bestia que nos devora. Ya lo sabemos. Hay peores y mejores, pero dictadura es dictadura. Lo sabemos. Tenemos sus ganchos clavados en la piel succionándole la vida a la nación.

¡Necesitamos liderazgo! Buscar resultados, justicia, retribución o gratificación tiene una propiedad dinámica y una calidad cronológica. Es economía básica. ¿Cuánto más esfuerzo, sacrificio y penuria hay que soportar y por cuánto tiempo más? Ya el mandato de lo que quiere la mayoría lo conocemos. Lo sabemos no por un sondeo de opinión pagado sino en elecciones…entonces, si ya sabemos a dónde quiere ir la mayoría del país y si sabemos también que el gobierno no puede, no quiere o no sabe cómo hacerlo, repito, ¿cuánto tiempo más? Y por tiempo digo, ¿Cuánto…20mil o 26mil muertos más?

Por ahora la única gratificación que exijo es esto; información, franca, clara, sin ataduras. Información que nos trate no como niños malcriados o mendigos asustados sino como adultos que requieren información para tomar decisiones.

Jorge Olavarría
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