Teatro: terapia para los venezolanos

Masks with the theatre concept

Al lidiar con la sórdida cotidianidad se pueden asumir las más diversas actitudes y esto consta en la cartelera teatral caraqueña. Un recorrido a través de cualquier autopista o avenida arroja luz sobre la táctica que, si no posee la mayor popularidad tiene, cuando menos, mayor visibilidad: la evasiva. Así, diariamente los afiches nos invitan con mayor o menor desparpajo a reír de los enredos matrimoniales (uno o ambos cónyugues cornudos) o por obra y gracia del ingenio de algún comediante. Todo esto resulta comprensible y absolutamente legítimo; sin embargo, el presente artículo no pretende ser exhaustivo y lidiará con una aproximación enteramente distinta.

Claudia Salazar, responsable de poner sobre las tablas caraqueñas y venezolanas La novicia rebelde, Godspell y Casi normal, considera que el poder visualizar una situación, social o personal, desde una butaca constituye una “herramienta de comunicación valiosa”. “Cuando la ves escenificada puedes lograr una perspectiva distinta y particular que te permite ser un poquito más objetivo”, explica la productora.

Esta idea la corrobora el director de teatro Daniel Dannery, cuya más reciente puesta en escena, Postales de Caracas, dista mucho de ofrecer un oasis de entretenimiento despreocupado al espectador. Dannery atribuye al ser humano “una necesidad por verse, por escucharse” y, por lo tanto, concibe su teatro como una suerte de espejo. Sin embargo, el director afirma que Postales de Caracas no se corresponde con la ambición de elaborar un reflejo totalizante de la situación venezolana; más bien, explica, responde a una necesidad de explicarse a sí mismo. En su opinión, “el teatro no modifica realmente al espectador, modifica a sus creadores” y añade que “el espectador es simplemente un testigo de este cambio”.

Por otro lado, más de un dramaturgo no se contentaría con la noción del espectador como receptor pasivo a las interrogantes del creador. En un apartado denominado “‘Espectador, ¡qué mala palabra!” de Teatro del oprimido, Augusto Boal expresa que

el espectador es menos que un hombre y hay que humanizarlo y restituirle su capacidad de acción en toda su plenitud. Él debe ser también un sujeto, un actor, en igualdad de condición con los actores, que deben ser también espectadores. (1974: 190)

¿Cómo empoderar al espectador? Dotándole con el dominio del lenguaje teatral y, con esto, “de una nueva forma de conocer la realidad, y de transmitir ese conocimiento a los demás” (146). El lenguaje teatral sintetiza en sí muchos otros (color, luz, movimiento, etc.); no obstante,

la primera palabra del vocabulario teatral es el cuerpo humano, principal fuente de sonido y movimiento. Por eso, para dominar los medios de producción del teatro, el hombre tiene en primer lugar que dominar su propio cuerpo, conocer su propio cuerpo para tornarlo más expresivo. Estará entonces habilitado para practicar formas teatrales en que por etapas se libera de su condición de “espectador” y asume la de “actor”, en que deja de ser objeto y pasa a ser sujeto, en que de testigo se convierte en protagonista. (152)

Al dominar el propio cuerpo, adquirimos el poder que implica el control sobre nuestra manera de presentarnos al mundo, de representarnos.

 

Armando Álvarez, director de teatro y músico, ha percibido en sus talleres que, mientras que el estrés y la rutina poco a poco merman nuestra capacidad de apreciar lo que nos ofrece el instante, “el arte, en general, te obliga a observar, a escuchar, a sentir, a saborear… Y, a veces el problema esté en que vivimos con veinte mil cosas alrededor y no nos detenemos, como dicen a veces, a oler las flores un rato”. Cuenta Álvarez que en alguna ocasión acudió a su taller un escolta, quien leía Hamlet escondido de sus compañeros.

Una alfabetización teatral contribuye, entonces, a revertir la automatización creciente de nuestras acciones, la alienación que nos separa de nosotros mismos. Para Álvarez, el beneficiario de un buen taller actoral “puede ser que no salga un gran actor, pero seguramente saldrá una gran persona”.

Referencias:

Boal, A. (1974). Teatro del oprimido y otras poéticas políticas. Buenos Aires: Ediciones de la flor.

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