Los juegos del hambre

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En esta ciudad apocalíptica, el hambre juega a la ruleta rusa. No hay garantía para la vida. Gente con empleo y profesión buscando comida en los basureros, indigentes que se pelean por territorios en el mercado de Quinta Crespo, mujeres que se van a las manos por un rollo de papel toalet y los ancianos enflaquecidos, lloran porque saben que sus vidas terminarán antes de tiempo. No es ciencia ficción, es una realidad paralela a la que muestra el canal tricolor, una especie de Matrix que nadie comprende,  ¿Cómo si en la pequeña pantalla del televisor aparecen toneladas de arroz, arepas humeantes, y gente feliz,  al asomar la cabeza a la ventana, la calle nos grita que el arroz es un buen recuerdo y que la harina de maíz  se convirtió en una utopía?

Pero el espectáculo del hambre tiene sus etapas;  al principio se jugaba a la candelita, aparece el café y desaparece, aparece el arroz y desaparece y así, sucesivamente, era por pequeños ciclos. Luego las capta huellas en farmacias y supermercados para  hacer equitativa la entrega de los productos. Después vino la expropiación por acaparamiento de los establecimientos proveedores de alimentos y medicinas. Más adelante, la venta de productos por terminal de cédula y ahora, las bolsitas CLAP.

¡Las transnacionales tienen al pueblo pasando hambre!, ¡los empresarios son los culpables del desabastecimiento! vociferaban los líderes de la revolución y su coro de subalternos. Mientras los jugadores incrédulos pero resignados, seguían levantándose a las 3 de la madrugada para buscar un número que  les garantizara la sobrevivencia. Al tiempo,  las ministras del hambre hacían propuestas para una solución efectiva: sembrar yuca en los balcones de los apartamentos, criar gallinas en las azoteas de los edificios,  no cepillarse los dientes tres veces al día, pero nada de esto surtió efecto, los jugadores continuaban restando talla a su ropa mientras el estómago no paraba de sonar.

La búsqueda de medicinas es parte del juego, porque el hambre tiene sus consecuencias. Si no te alimentas se te bajan las defensas. La angustia por conseguir alimentos te desata un cáncer, por eso, la meta de los juegos del hambre es la muerte, pero antes, debes pasar por la infección sin antibióticos, la deshidratación sin sueros. Aunque  hay soluciones, la ayuda humanitaria que nos ofrecen desde el exterior,  pero el patrocinador de los juegos la rechaza, sus colaboradores niegan que exista el hambre porque sus despensas están llenas y sus estómagos también. Y sigue el periplo, la odisea por las medicinas. Los familiares buscan en todo el país desesperadamente y quieren enviar lo poco que consiguen pero no pueden, el patrocinador también ha prohibido el traslado de medicinas por el territorio nacional. No es fácil ver a un bebé de meses morir de inanición, tampoco lo es, ver a un niño sacándole del plato la comida a los clientes de un restaurant con los ojos, mientras vende bolibomba.

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El patrocinador del hambre habla en cadena nacional, dice que existe una guerra económica, que los enemigos no quieren el bienestar de su pueblo al que él ama profundamente pero luego,  cuando el público está adormecido por el hambre, lanza cualquier decreto que adicione una traba más para alimentarse. Así, la carrera de obstáculos se intensifica, los controles son lo único que abunda en el país, cada día es más difícil comerse un plato de caraotas,  porque los granos, ya no son para los pobres.

Éramos felices y no lo sabíamos, dice la gente en las colas, mientras que los que juegan con las armas tratan de contener la furia a culatazos y gritos. Todos juegan, nadie se queda sin su parte. El patrocinador inventa cualquier historia de aventuras en un afán por exculparse y darle esperanza a los jugadores, él sabe que la esperanza es el alimento del hambre y ahí sigue, noche tras noche, en la pantalla del televisor, como Sherezade, echando cuentos, divirtiéndose con la épica para distraer al hambre, pero los jugadores, simplemente  languidecen.

Al final de la jornada, el patrocinador del hambre sale al escenario acompañado de su séquito  verde oliva, satisfecho de haber cumplido con su deber: menguar la vida, destruir los sueños, no sin antes desearles a los jugadores: felices juegos del hambre y que la suerte, esté siempre de su lado.

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Francia Andrade
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