¿Monogamia o poliamor?

En las últimas décadas se han sucedido una serie de cambios que han transformado rápidamente el mundo y consecuentemente, la forma de vivir de sus habitantes.

Algunos sostienen que los cambios son planificados por un grupo, otros afirman que suceden cuando lo existente no responde a la satisfacción de necesidades de manera más o menos espontánea; intencionalmente o no, es innegable que las transformaciones han afectado las esferas más privadas de los individuos y con ello, la manera de relacionarse.

Desde la década de los noventa del siglo pasado, se han venido desarrollando nuevos esquemas  de las relaciones amorosas,  aunque muchas de estas existen desde la Antigüedad.

Uno de estos esquemas propuestos tiene los siguientes componentes: en primer lugar la monogamia, subdividida en tradicional y en serie; la primera compuesta por un amor para toda la vida y la segunda por amores sucesivos a quienes se les guarda fidelidad total, mientras dura la relación.

Como categoría opuesta está la relación abierta,  que permite vínculos paralelos  con el conocimiento y aprobación de ambos miembros de la pareja. Dentro de este grupo se ubican  los “swingers”, quienes asisten a clubes u otros lugares donde  intercambian parejas para tener un contacto sexual en el mismo momento, pero sin involucrarse afectivamente.

El poliamor como otra categoría de relaciones abiertas,  si incluye lo afectivo y se  subdivide en jerárquico e igualitario. En el primer subtipo se encuentran las parejas cuya relación es  la más importante de todas las otras que puedan tener. Por el contrario, en el grupo igualitario  ninguna relación amorosa es más significativa que las demás.

El esquema contempla también la llamada  anarquía relacional en la que todas las relaciones, sean amistosas, familiares o amorosas, tienen la misma importancia.

Por último está la agamia, en la que no hay relaciones de pareja o en todo caso,  solo existen contactos sexuales ocasionales.

La filósofa Brigitte Vasallo afirma que hemos sido educados en la idea de que solo la monogamia  es aceptable y quien no se ajuste a este modelo se considera en falta. Vasallo señala que la monogamia es un  sistema que nos organiza los afectos desde el punto de vista social en orden de importancia; así en el tope se encuentra la relación de pareja, luego la familia sanguínea, después las amistades y por último, vecinos y otros conocidos.

Ella cuestiona  esa jerarquía que le da la mayor importancia a la relación de pareja, subvalorando las otras relaciones, pues si ese vínculo amoroso finaliza,  la persona puede terminar sin una red afectiva que la sostenga, por haber dedicado todo su tiempo y energía a la pareja, lo que se agrava en el caso de las mujeres que son víctimas de violencia doméstica.  

La exclusividad que implica la monogamia, está fundada en el ideal de la unión del sexo  y el amor, de manera que solo es válido  tener contacto sexual con quien se ama; sin embargo este ideal de exclusividad sexual no ha existido desde siempre, siendo más bien un producto cultural.

Según investigaciones realizadas por Vasallo, incluso dentro del cristianismo anterior al Medioevo, se  practicaba el sexo litúrgico, es decir, como parte ceremonial de la misa y  el sexo no reproductivo  entre otras modalidades; con la llegada de la Inquisición, esas prácticas quedaron eliminadas.

Por otra parte la poligamia, que consiste en la unión formal de un individuo con varias personas al mismo tiempo, ha existido desde la  Antigüedad en diferentes culturas y en sus dos versiones: la poliginia o lazo de un hombre con varias mujeres y la poliandria o unión de varios hombres con una mujer, observándose que la poliginia ha sido la más frecuente a través de la historia. La diferencia con el poliamor es que para los cónyuges del polígamo no existe el derecho de tener otras relaciones.

Algunos opinan que el poliamor y las demás formas opuestas a la monogamia, son solo  promiscuidad y conducen a una eventual  pérdida de vínculos reales; otros sostienen  que la criminalización de la sexualidad, su limitación a fines exclusivamente reproductivos y la unión impuesta de sexo y amor, han forzado una visión que no responde a la naturaleza del ser humano.

Es un hecho que cualquier persona,  con pareja o sin ella, puede sentir deseo sexual  por otra, sin que el amor esté presente; que llegue a concretar el contacto sexual  es otro asunto.  En este caso surge la pregunta: ¿Incurre en infidelidad quien solo desea? La  respuesta   dependerá  del concepto de fidelidad que la pareja tenga y de los acuerdos que haya  establecido; sin embargo, la exclusividad más que acordarse se construye, al igual que el  amor, que tampoco se decreta sino que nace y se va desarrollando.

También puede presentarse otra  interrogante: ¿Qué pierde el deseador si no logra ese contacto sexual? La respuesta dependerá de lo que ese deseo y la relación sexual no realizada, representen para él.  

La fidelidad es frecuente y natural en la etapa del enamoramiento, cuando ninguno de los dos miembros de la pareja tiene interés sexual en un tercero por estar embelesados recíprocamente; pero una vez pasada esta fase, la fidelidad queda sustentada por el compromiso asumido, el afecto, los  valores e incluso la presión social, lo que puede implicar una renuncia a los deseos sexuales fuera de la dupla amorosa.

Con frecuencia, las parejas asisten a consulta psicológica por problemas en su relación y los celos son el motivo habitual.  El tema es complejo, carece de una solución universal,  cada uno tendrá su visión personal que deberá encontrar mediante una exploración de sí mismo que lo lleve a un verdadero autoconocimiento. Lo que no debe hacerse en ningún caso es pretender imponer esa visión al otro miembro de la pareja, ni actuar de manera irresponsable convirtiendo al otro en un simple objeto. La libertad de elegir un modo de relación exige igualmente la responsabilidad de no dañar. En todo caso, las reglas siempre deben comunicarse con claridad, para no dejar lugar a malos entendidos que causen sufrimiento.

Mariela Ferraro
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