¿Controlador o controlado?

Desde que el ser humano pisa el planeta, ha tratado de controlar el medio que le rodea, para garantizarse un ambiente favorable y con ello, la supervivencia. A lo largo de esa trayectoria, ha usado su capacidad creativa para mejorar ese ambiente, mediante diversos inventos que ha ido perfeccionando a través de la historia, hasta llegar a los avances tecnológicos y científicos de los que hoy dispone y que solo son un atisbo de lo que pueden llegar a ser.

En su carrera tecnocientífica, el ser humano ha ido incrementando el control, no solo sobre  su medio, sino sobre sobre su propio cuerpo, apuntando hacia el aumento del promedio de vida y  su calidad. El desciframiento del genoma humano abre muchas posibilidades, entre otras la de predecir el riesgo de padecer enfermedades, diseñar farmacológicamente tratamientos según las características de cada persona,  manipular genéticamente a los  animales y a los vegetales, en busca de mejores especímenes.

Según algunos medios de comunicación, en Suecia se han venido implantando “microchips” en las manos de los jóvenes, para facilitar el acceso a fiestas y  a  cajeros automáticos entre otras actividades, buscando en principio aumentar la comodidad del usuario. En otros medios se ha publicado que  se está diseñando un robot para dar abrazos a los enfermos de covid-19,  con la finalidad de compensar la carencia afectiva que puedan estar padeciendo durante la enfermedad, a causa del aislamiento obligatorio. Al margen de la veracidad o falsedad de tales noticias, todo lo que en el pasado se consideraba producto de la ciencia ficción, hoy en día es perfectamente posible.

Desde este ángulo, la tecnociencia está destinada a mejorar nuestra   vida y hacerla más cómoda al  ahorrarnos trabajo y tiempo;  aunque en teoría nos permite  tener un mayor control sobre los problemas  de la dinámica cotidiana y los avatares vitales, en la práctica no es así necesariamente, pues la tecnociencia también tiene sus propios  inconvenientes, que dependen de su uso y pueden implicar  serios  riesgos.

En nuestra vida diaria cuando se daña la computadora, parece que nos volvemos inútiles para ejecutar casi cualquier tarea, desde la más simple hasta la más exigente; quedamos incapaces de realizar transacciones económicas, investigar, estudiar,  escribir, ya que “todo está en la Internet”. Si se daña el celular, nos sentimos perdidos e imposibilitados incluso de salir a la calle  por quedar incomunicados,  ya que es ese nuestro principal y casi único instrumento para contactar a los otros.  Si dejamos de tener televisión por cable, no somos capaces de imaginar siquiera, qué hacer con el tiempo libre.

Al parecer vivimos en una gran  paradoja, pues dueños y señores de cuanto nos rodea al  usar la tecnología, más bien parece  ser ella la que nos posee a nosotros  y por su intermediación, sus propietarios terminan siendo un poco nuestros dueños.  Ciertamente, la tecnología nos da comodidad y en buena medida  control, pero puede terminar sometiéndonos; sin embargo,  todo depende de nuestra actitud frente a ella.

Las ventajas de los avances tecnológicos son innegables y no es cuestión de  desaprovecharlas, pero su utilidad y valor pierden  sentido si dependemos de ellas hasta el punto de volvernos sus esclavos.

De ningún modo se trata de regresar al pasado y prescindir de  los beneficios que nos brinda la tecnología en la actualidad;  pero tampoco es aceptable convertirnos en seres incapaces de actuar sin depender de un aparato, en individuos  sin imaginación, cuyo comportamiento se asemeja al de un robot,  programado para desarrollar conductas predeterminadas, perdiendo así, progresiva e inadvertidamente la libertad de desear, de  sentir, de actuar e incluso de pensar para terminar careciendo de todas las cualidades que nos hacen seres humanos .

Mariela Ferraro
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