La Pasajera

Durante la pandemia de COVID-19, viví a lo largo de varios meses dentro de un barco que quedó con algunos tripulantes que esperábamos regresar a nuestras casas en algún momento. En medio de aquella convivencia, a medio camino entre el sueño y la realidad me tocó vivir una situación muy peculiar. Se trata de la pasajera, una mujer de unos 68 años, con cabello blanco amarrado en una cola, aspecto robusto y voz grave, como de una fumadora empedernida.

Durante algunas semanas, me sentaba  a comer con un par de compañeras con las cuales hablábamos de temas cotidianos. Un día, una de ellas, se refirió a la mujer  con mucha gravedad diciendo:

“Ella es “la pasajera”, hay que tener cuidado. De hecho, es una mujer transexual. Por eso es que su voz es así, porque las hormonas nunca pudieron modificársela. Anda siempre tapada y con audífonos, para que nadie se dé cuenta”…

Honestamente, me  pareció extraña su explicación, pero de cualquier manera, respondí: “bueno, tiene sentido lo de que sea transexual, puesto que la voz es demasiado grave”. Pero no le di mayor importancia. Sin embargo, otro día, la misma compañera espetó: 

“Hay que tener cuidado con esa mujer. Ella no pertenece a la tripulación, es una pasajera a la cual le pagan por estar aquí y la rotan de barco en barco para que diga lo que le gusta y lo que no sobre los servicios de la marca. Está contratada en una posición especial y además, ha tenido problemas con las drogas, por lo cual no la pueden dejar en tierra, incluso en esta pandemia, puesto que volvería a caer en ellas”.

Esta vez, la historia me pareció inaudita. ¿Por qué esta línea de barcos habría de hacer semejante acto altruista con una sola persona en el mundo? ¿Y los demás drogadictos en tierra? ¿Por qué no los meten en un barco? ¿Debo recurrir a las drogas para vivir dentro de estas comodidades por siempre?  ¿Y los demás transexuales? ¿Por qué ella específicamente? ¿Y qué es lo que evalúa ahorita en medio de esta pandemia con un montón de tripulantes comiendo, durmiendo y haciendo ejercicio en un barco apagado?

Francamente, me pareció bastante ilógico todo. Sin embargo, le empecé a coger un poco de miedo a esta enigmática persona, no fuera  a ser verdad lo que decían, que se fijara en mí y se le antojara hacer algo malo. 

Al cabo de unas semanas,  volví a comer con las mismas compañeras. Esta vez, la menor de ellas señaló casi en modo de víctima:

La pasajera hoy me estaba viendo desde un piso superior. Pude observar como sus ojos penetrantes seguían cada uno de mis movimientos. Digo yo, a ver si estaba cumpliendo con las normas del barco. Hay que tener mucho cuidado”… Un escalofrío recorrió mi espalda.

Cabe destacar que durante la pandemia el barco tenía un programa interno de televisión, en donde se daban los avisos del día respecto al coronavirus, las medidas que estaba tomando la marca y las restricciones de viaje de cada uno de los buques. En este había un buzón de sugerencias que se leían a vox populi. También los tripulantes podían escribir de forma anónima lo que deseaban que se mejorara dentro del barco, así como oraciones y mensajes motivacionales. Sin embargo, había  una persona anónima que casi siempre estaba quejándose del comportamiento de los demás tripulantes: “no se ponen las máscaras”, “hacen Yoga en lugares prohibidos”, “se congregan mucho”, etc. Entonces, como un acto automático, las dos compañeras del almuerzo atribuyeron estos anónimos a “la pasajera”, a pesar de que éramos más de 200 personas.

Por esos días hubo un incidente menor asociado a una foto que se colocó en las redes sociales. En dicha imagen salían 15 personas reunidas muy sonrientes y sin los tapabocas, puestos que uno de  los integrantes de ese grupo se regresaría a su hogar. En seguida hubo gran revuelo, debido a que la foto llegó a manos de una de las autoridades  y ardió Troya. Casi todos culpabilizaron en seguida a la pasajera, y dijeron que la imagen había llegado hasta ahí debido a que ella husmeaba en todas nuestras redes sociales de forma secreta. Así pues, me producía terror tener que conseguir a la pasajera por los pasillos. Si la veía a lo lejos, volteaba hacia otra zona, porque no quería ser una víctima más de su siniestra misión. Sin embargo, un tiempo después, nos enteramos de  quién fue realmente la persona que llevó la foto de las redes sociales a manos de las autoridades del barco pero todos permanecimos callados.

 Al cabo de unas semanas, dejé de frecuentar a estas dos compañeras de almuerzo  por razones personales y estuve sola haciendo mis propias actividades. Sin embargo, un día decidí buscar café  y ahí estaba la temible espía sentada en la barra. Para mi sorpresa, estaba sin máscara y al verme, me sonrió, puesto que la que yo llevaba puesta tenía  por motivo una boca de tiranosaurio rex, que resultaba bastante graciosa. Cabe destacar que los dientes de la pasajera eran verdaderamente increíbles, blancos y perfectos, como retocados con Photoshop. Le sonreí de vuelta y regresé a mi cabina, un poco confundida. Si era tan negativa y cruel como decían… ¿Cómo es que me había sonreído con tanta luz y sinceridad?

Cierta noche me fui a comprar algunos dulces, para hacer una actividad diferente. Ahí se encontraba de nuevo la pasajera, que había tenido la misma idea que yo. Al subir a las habitaciones coincidimos juntas en el ascensor y noté que me estaba viendo. Dejé el miedo atrás y volteé a verla también. En seguida me dijo, “-Me encanta tu máscara”, y yo le respondí “Muchas gracias”. Al salir del ascensor me di cuenta de que su cabina quedaba a poca distancia de la mía, así que continuamos el recorrido juntas un rato más. Al llegar a su puerta  se detuvo y preguntó por mis actividades en el barco, a lo que respondí  “Soy baterista”. Sus ojos se iluminaron y señaló: “No puede ser, yo soy saxofonista de la orquesta”… Menos mal que yo tenía la máscara, porque mi cara debió haber sido muy rara en ese momento.  Continuamos hablando y preguntó por mi país de procedencia. Le comenté que soy de Venezuela. Con mucha emoción señaló “¡Qué gran ciudad! Yo estuve en Caracas en 1976”… Hice silencio, porque sé que ella conoció un lugar que no existe. Sin embargo, para no hablar mal de mi país le respondí, “Si, bueno, está un poco deteriorada ahorita, pero ahí vamos”… La pasajera asintió emocionada y dijo su nombre, cerrando  la conversación con una frase: “Nice to meet you”.

Regresé a mi cabina con muchas preguntas en la cabeza. Aquella espía parecía ser solo una tripulante, ¡Y además músico! Al cabo de unos días, me la volví a encontrar en el comedor. Rápidamente comenzamos a hablar de jazz y sorpresivamente, de entre tantos ejecutantes famosos en el mundo me brindó  el nombre de una baterista que yo llevaba semanas  buscando, porque la había visto en un video anónimo y quería saber quién era para estudiarla. Hablamos durante una media hora mientras comía y así me dejó saber que estaba en el barco porque no quiere regresar a su país de origen, debido a que “todos están locos ahí”. Y así, a lo largo de sucesivos encuentros como este, me di cuenta de que era una mujer  como cualquier otra, que lleva años tocando en las orquestas y que simplemente está ahí buscándole sentido a su vida, como todos en esta pandemia.

¿De dónde había sacado la gente que ella era una pasajera con problemas de drogas, contratada por los barcos como espía?  No lo sé, hasta ahora no me lo he podido explicar. Pero es que las leyendas urbanas siempre serán parte del ser humano, en los barcos y en el mundo.

Paola Sandoval
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