La crisis de Cuba y los ídolos con pies de barro

Estábamos hace mil años, una noche, en la terraza del Habana Libre, charlando con una chica que quería salir de ahí. Quiero decir: salir de Cuba. Ella estaba estudiando una carrera universitaria que no recuerdo y no quería salir para vivir en Miami, sino salir para conocer y volver. Y me dio esa noche la mejor definición sobre el régimen que yo había escuchado jamás.

Ella dijo: “Parece que no nos tuvieran confianza”. Las dictaduras nunca confían en la gente. Es más, les temen, y por eso tratan de aplastarlas metiéndose en su vida.

En aquella Cuba, de hace treinta años, existían las “diplotiendas”, las tiendas con productos importados a los que nadie accedía en la isla. En las diplotiendas ─copia de las berioshkas rusas─ había shampoo, jeans, buenos perfumes, hasta artículos para el hogar. En teoría estaban pensadas para los turistas, pero también podían acceder algunos cubanos.

La diplotiendas de El Vedado era la más grande de La Habana y allí concurrían los funcionarios del partido. En aquella Cuba de los años noventa, las chicas se prostituían por un shampoo. Otras lo hacían metiéndose de polizones en los hoteles, donde los cubanos tenían prohibido entrar.

Estuve cinco o seis veces en Cuba y en una de esas visitas comí los mejores langostinos que comí en mi vida: fue en el Palacio de la Revolución, en una cena en la que estaban Fidel Castro y Gabriel García Márquez.

Era divertido ver a los dos pavos reales, celándose, buscándose en medio de los comensales. Apenas uno de ellos acaparaba la atención de un grupo de asistentes, el otro se colaba dentro del semicírculo ajeno, tratando de ganar protagonismo.

En aquella Cuba descubrí en un recital de Santiago Feliu que también había clase media; que cambiaban dólar paralelo en la plaza de Copelia y que los “niños pioneros” parecían robots vestidos de rojo. “Seremos como el Che”, coreaban.

Otra noche, después de la Feria del Libro en Buenos Aires, fuimos a comer José Saramago, Manuel Vázquez Montalbán, Martín Caparrós, Nacho Iraola y yo a una parrilla de Palermo. Ya había caído el Muro y los viejos ídolos comenzaban a tener pies de barro.

“¿Por qué nos mintieron tanto?”, le pregunté a Saramago, a quien, para colmo, tenía enfrente. Se hizo un silencio, todos se pusieron blancos y los tenedores quedaron a mitad de camino hacia la boca. Saramago dio una respuesta extensa, burocrática y olvidable. Lo que podía esperarse de un hombre del Partido.

Años después, cuando la salud de Fidel empeoraba, quise volver a Cuba y me lo prohibieron, en silencio, invocando un libro: “Muertos de amor”, donde relato el primer experimento guerrillero en la Argentina. Me sentí ofuscado y orgulloso.

Pertenezco a una generación en la que el amor a Cuba era incondicional o no era nada. Cuestionar a Cuba era “darle pasto a la derecha”. Pero “Antes que anochezca”, la vertiginosa novela de Reynaldo Arenas, muerto de Sida en Nueva York, mostraba el martirio gay en Cuba como nadie antes lo había mostrado. “La Revolución no es para los peluqueros”, había dicho Fidel.

Ahora los que se rebelan, allá, son artistas. Una revuelta organizada por poetas. La chispa se encendió en San Antonio de los Baños, donde se encuentra la escuela de cine. Una canción, ”Patria y vida” ─por oposición a “Patria o muerte”, la consigna oficial─ se transformó en un himno prohibido. Y los chicos que la cantan nunca vivieron la Cuba que les conté.

Ellos ─como mi chica del Habana Libre─ tampoco quieren irse. Quieren quedarse ahí y cambiar las cosas.

Ya entonces había bloqueo. La que conocí era la Cuba del CUC, el peso cubano convertible oficialmente por uno a un dólar y en la vida real por seiscientos o más a un dólar, la Cuba de la libreta alimenticia y del desabastecimiento y la Habana del cartel que miraba al mar y decía “señores imperialistas, no les tenemos ningún miedo”.

Aquella Cuba, que ya era despareja, burocrática y autoritaria, ahora se desplomó. El PBI del país cayó 11% el año pasado, la inflación estará entre el 500% y el 900% para fin de año, hay brotes de sarna, en las salas y hospitales faltan hasta aspirinas, hay continuos cortes de electricidad y los alimentos escasean como nunca antes.

El gobierno cortó internet y la isla cumple con su definición: está aislada. El agua, de todos modos, se les filtra entre los dedos. Recuerdo otra vez, en Moscú, al comienzo de la Glasnot, que un día todos comentaban algo que les sonaba inverosímil: alguien había escrito un grafiti en la pared del subterráneo. Alguien había desobedecido. Después todo fue cuestión de tiempo.

Me avergüenza Alberto Fernandez cuando dice que no sabe de qué se trata.

Se trata de una nueva generación que siente que no tiene que vivir de esa manera.

Fuente: Clarín

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